martes, 29 de mayo de 2018

"Departamento de especulaciones" de Jenny Offill



Faltaban meses para que empezásemos a contarnos todas nuestras historias. Incluso entonces, algunas nos parecían demasiado insignificantes para tenerlas en cuenta. Pero si de verdad lo eran, ¿por qué se empeñan en volver ahora a mí? Justo ahora, cuando ya estoy tan cansada de todo aquello.

Fue ese verano en que no paró de llover. Recuerdo el triste olor a perro mojado de mi jersey y el ruido frenético que hacían mis zapatos al chapotear. En todas las ciudades se veía la misma escena. Un chico salía a la calle y abría un paraguas para una chica que esperaba a cubierto en el umbral.

Durante muchos años tuve un post-it en mi escritorio. ¡TRABAJO SÍ, AMOR NO!, decía. Me parecía la fórmula más segura de la felicidad.

Mi plan consistía en no casarme nunca. En vez de casarme me iba a convertir en un gigante del arte. Las mujeres casi nunca acaban convertidas en uno porque los gigantes del arte solo se preocupan del arte y nunca prestan atención a las cosas prosaicas. Nabokov no era capaz ni de cerrar el paraguas. Vera tenía que pegarle los sellos.

Aquella noche, en la tele, vi el tatuaje con el que me habría gustado poder justificar mi vida. Si no conoces aún el sufrimiento, ámame. Un criminal ruso se me había adelantado.

Aquel chico era tan guapo que lo miraba mientras dormía. Si tuviera que resumir lo que hizo conmigo, diría lo siguiente: hizo que yo me pusiera a cantar todas las canciones malas que sonaban en la radio. Mientras me quiso y cuando dejó de hacerlo.

Los budistas dicen que hay ciento veintiún estados de conciencia. Y entre estos, solo tres están relacionados con la desgracia y la tristeza. Pero la mayoría de nosotros nos pasamos la vida yendo y viniendo de uno a otro de esos tres estados.

Tú me llamaste por teléfono. Yo te llamé por teléfono. Ven a verme, ven a verme, dijimos los dos.

Nos alojamos en un hotel barato que tenía la vista más hermosa que yo había visto nunca. El agua era extraordinariamente azul. Un promontorio rocoso se adentraba en el mar. Me entraron ganas de llorar porque estaba segura de que nunca iba a volver a estar en un sitio así.

Si existe el hogar es para meter a cierta gente dentro y dejar fuera a toda la demás. Un hogar tiene un perímetro. Pero a veces los vecinos, las scouts o los testigos de Jehová violaban nuestro perímetro de seguridad. Nunca me gustaba oír el timbre de la puerta. Las personas que me gustaban nunca se presentaban así.

Cuando te ibas al trabajo, me quedaba mirando la puerta como si fuese a abrirse de nuevo.

Y la frase «dormir como un bebé». El otro día, en el metro, la dijo una rubia muy risueña. Me hubiera gustado tenderme a su lado y gritarle al oído cinco horas seguidas.

Mi marido es universalmente conocido por su bondad. Siempre está enviando dinero a los afligidos por misteriosas enfermedades, o limpiando el camino de entrada del vecino loco, o saludando efusivo a la chica gorda de Rite Aid. Es de Ohio. Eso significa que nunca se olvida de darle las gracias al conductor del autobús o que nunca empuja a quien espera delante de él en la recogida de equipajes. Tampoco lleva una lista de toda la gente que lo ha enfurecido en un mismo día. La gente tiene buenas intenciones: eso es lo que cree. Pero entonces, ¿cómo es posible que se haya casado conmigo? Porque yo odio mucho y con gran facilidad.

Siguen aconsejándome que me apunte a yoga. Una vez probé, fui al local que hay al final de la calle. Lo único que me gustó fue la última parte de la clase, cuando el profesor te tapa con una manta y, durante diez minutos, tienes que fingir que estás muerta.

Lo que dijo Keats: No existe la posibilidad de que el mundo se convierta en un lugar apacible donde uno pueda salvar su alma.

Un consejo para las esposas, fechado en torno a 1896: La lectura indiscriminada de novelas es uno de los hábitos más perniciosos en los que puede incurrir una mujer casada. Además de las falsas ideas sobre la naturaleza humana que pueda inducir (…), dicha lectura suscita indiferencia por la realización de las tareas domésticas y desdén por las realidades cotidianas.

Unas cuantas noches después, tengo la secreta esperanza de ser un genio. ¿Cómo es posible, si no, que ni un frasco entero de pastillas para dormir pueda calmar mi mente? Pero por la mañana mi hija me pregunta qué es una nube y no sé explicárselo.

Querida familia y queridos amigos:

Es el año de las chinches. Es el año del cerdo. Es el año de perder dinero. Es el año de ponerse enfermo. Es el año de no haber escrito un libro. Es el año de la no música. Es el año en que hemos cumplido cinco y treinta y nueve y treinta y siete. Es el año de la Mala Vida. Así es como vamos a recordarlo si alguna vez conseguimos dejarlo atrás.

Con todo nuestro amor y los mejores deseos para estas fiestas.

Voy a comer con una amiga a la que que no he visto en años. Pide unas cosas de las que nunca he oído hablar. Devuelve un pescado que no está muy bueno. Le cuento mis planes para redimir mi vida. «Tengo demasiados compromisos», me contesta.

Hay 60 segundos en un minuto, 60 minutos en una hora, 24 horas en un día, 7 días en una semana, 52 semanas en un año y X años en una vida.
Despeje la X.

No hay ningún sitio donde llorar en esta ciudad. Pero un día la esposa tiene una idea. Hay un cementerio a medio kilómetro de su piso. Y tal vez uno pueda pasear por allí sollozando sin poner nervioso a nadie.

La esposa lee en internet acerca de una cosa llamada «la niebla del marido infiel». La persona que tiene la aventura se queda atrapada en ella. Su antigua vida y su mujer se vuelven insoportablemente irritantes. Su hipotética nueva vida le parece un sueño refulgente.

La esposa lleva veinte años dando clase. No es la primera vez que está junto a la cama de alguien con las muñecas vendadas.

Eres una bomba de la verdad, le dijo una vez un tío muy guapo en una fiesta. Antes de excusarse y dejarla para ir a flirtear con otra chica.

Su hermana ha hecho un trato con su marido. Pase lo que pase, haz como en los años cincuenta. Ni una palabra en toda la vida. Y asegúrate de que ella sea una don nadie.

Los estudios de diagnóstico por imágenes han demostrado que el dolor resultante de una ruptura amorosa no es únicamente emocional. Las mismas áreas que procesan las agresiones físicas se iluminan en el cerebro de las personas que han sido abandonadas.

Cuando están juntos siempre acaban fabricando teorías sobre cualquier cosa. El aire parece cargado de electricidad. A ella le gustaría preguntarle si él también tiene esa sensación o si no será algo relacionado con el tiempo atmosférico que se le ha metido en la cabeza.

De modo que se toma las pastillas que le ha recetado el médico. Las manos dejan de temblarle. Ya no siente ese impulso de tirarse al suelo en plena calle. Pero su cerebro sigue en caída libre. En el aparcamiento de una tienda que queda a dos pueblos de allí, se echa a llorar como un payaso, con el rostro apoyado contra el volante.

Lo que dijo Rilke: La obra artística siempre es el resultado de haber estado en peligro, de haber llegado hasta el final en una experiencia, hasta donde ya nadie puede ir más lejos.

El único amor que sentimos como verdadero es el que está condenado al fracaso.


lunes, 30 de abril de 2018

"La casa de Bernarda Alba" de Federico García Lorca



LA PONCIA: (A voces) ¡Ya viene! (A la Criada) Limpia bien todo. Si Bernarda no ve relucientes las cosas me arrancará los pocos pelos que me quedan.
CRIADA: ¡Qué mujer!
LA PONCIA: Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara. ¡Limpia, limpia ese vidriado!

CRIADA: Contigo se portó bien.
LA PONCIA: Treinta años lavando sus sábanas; treinta años comiendo sus sobras; noches en vela cuando tose; días enteros mirando por la rendija para espiar a los vecinos y llevarle el cuento; vida sin secretos una con otra, y sin embargo, ¡maldita sea! ¡Mal dolor de clavo le pinche en los ojos!
CRIADA: ¡Mujer!
LA PONCIA: Pero yo soy buena perra; ladro cuando me lo dice y muerdo los talones de los que piden limosna cuando ella me azuza; mis hijos trabajan en sus tierras y ya están los dos casados, pero un día me hartaré.
CRIADA: Y ese día...
LA PONCIA: Ese día me encerraré con ella en un cuarto y le estaré escupiendo un año entero. "Bernarda, por esto, por aquello, por lo otro", hasta ponerla como un lagarto machacado por los niños, que es lo que es ella y toda su parentela. Claro es que no le envidio la vida. La quedan cinco mujeres, cinco hijas feas, que quitando a Angustias, la mayor, que es la hija del primer marido y tiene dineros, las demás mucha puntilla bordada, muchas camisas de hilo, pero pan y uvas por toda herencia.

BERNARDA: (A la Criada) ¡Silencio!
CRIADA: (Llorando) ¡Bernarda!
BERNARDA: Menos gritos y más obras. Debías haber procurado que todo esto estuviera más limpio para recibir al duelo. Vete. No es éste tu lugar. (La Criada se va sollozando) Los pobres son como los animales. Parece como si estuvieran hechos de otras sustancias.
MUJER 1ª: Los pobres sienten también sus penas.
BERNARDA: Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos.

CRIADA: ¡Ya quisiera tener yo lo que ellas!
LA PONCIA: Nosotras tenemos nuestras manos y un hoyo en la tierra de la verdad.
CRIADA: Ésa es la única tierra que nos dejan a las que no tenemos nada.

BERNARDA: Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que al oficiante, y a ése porque tiene faldas. Volver la cabeza es buscar el calor de la pana.

BERNARDA: (Arrojando el abanico al suelo) ¿Es éste el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.
MARTIRIO: Tome usted el mío.
BERNARDA: ¿Y tú?
MARTIRIO: Yo no tengo calor.
BERNARDA: Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordaros el ajuar. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas.
MAGDALENA: Lo mismo me da.
ADELA: (Agria) Si no queréis bordarlas irán sin bordados. Así las tuyas lucirán más.
MAGDALENA: Ni las mías ni las vuestras. Sé que yo no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar sentada días y días dentro de esta sala oscura.
BERNARDA: Eso tiene ser mujer.
MAGDALENA: Malditas sean las mujeres.
BERNARDA: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles. (Sale Adela.)

BERNARDA: (A la Criada.) Déjala que se desahogue en el patio.
CRIADA: Ha sacado del cofre sus anillos y los pendientes de amatistas, se los ha puesto y me ha dicho que se quiere casar. (Las hijas ríen.)
BERNARDA: Ve con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo.
CRIADA: No tengas miedo que se tire.
BERNARDA: No es por eso... Pero desde aquel sitio las vecinas pueden verla desde su ventana. (Sale la Criada.)

LA PONCIA: Hablaban de Paca la Roseta. Anoche ataron a su marido a un pesebre y a ella se la llevaron a la grupa del caballo hasta lo alto del olivar.
BERNARDA: ¿Y ella?
LA PONCIA: Ella, tan conforme. Dicen que iba con los pechos fuera y Maximiliano la llevaba cogida como si tocara la guitarra. ¡Un horror!
BERNARDA: ¿Y qué pasó?
LA PONCIA: Lo que tenía que pasar. Volvieron casi de día. Paca la Roseta traía el pelo suelto y una corona de flores en la cabeza.
BERNARDA: Es la única mujer mala que tenemos en el pueblo.

MAGDALENA: Vengo de correr las cámaras. Por andar un poco. De ver los cuadros bordados en cañamazo de nuestra abuela, el perrito de lanas y el negro luchando con el león, que tanto nos gustaba de niñas. Aquélla era una época más alegre. Una boda duraba diez días y no se usaban las malas lenguas. Hoy hay más finura. Las novias se ponen velo blanco como en las poblaciones, y se bebe vino de botella, pero nos pudrimos por el qué dirán.

MARÍA JOSEFA: Bernarda, ¿dónde está mi mantilla? Nada de lo que tengo quiero que sea para vosotras, ni mis anillos, ni mi traje negro de moaré, porque ninguna de vosotras se va a casar. ¡Ninguna! ¡Bernarda, dame mi gargantilla de perlas!
BERNARDA: (A la Criada.) ¿Por qué la habéis dejado entrar?
CRIADA: (Temblando.) ¡Se me escapó!
MARÍA JOSEFA: Me escapé porque me quiero casar, porque quiero casarme con un varón hermoso de la orilla del mar, ya que aquí los hombres huyen de las mujeres.
BERNARDA: ¡Calle usted, madre!
MARÍA JOSEFA: No, no callo. No quiero ver a estas mujeres solteras, rabiando por la boda, haciéndose polvo el corazón, y yo me quiero ir a mi pueblo. ¡Bernarda, yo quiero un varón para casarme y tener alegría!

LA PONCIA: Luego se portó bien. En vez de darle por otra cosa, le dio por criar colorines hasta que murió. A vosotras, que sois solteras, os conviene saber de todos modos que el hombre a los quince días de boda deja la cama por la mesa, y luego la mesa por la tabernilla. Y la que no se conforma se pudre llorando en un rincón.

ADELA: Me sigue a todos lados. A veces se asoma a mi cuarto para ver si duermo. No me deja respirar. Y siempre: "¡Qué lástima de cara! ¡Qué lástima de cuerpo, que no va a ser para nadie!" ¡Y eso no! Mi cuerpo será de quien yo quiera!

ADELA: Métete en tus cosas, ¡oledora! ¡pérfida!
LA PONCIA: ¡Sombra tuya he de ser!
ADELA: En vez de limpiar la casa y acostarte para rezar a tus muertos, buscas como una vieja marrana asuntos de hombres y mujeres para babosear en ellos.
LA PONCIA: ¡Velo! Para que las gentes no escupan al pasar por esta puerta.

LA PONCIA: No hay alegría como la de los campos en esta época. Ayer de mañana llegaron los segadores. Cuarenta o cincuenta buenos mozos.
MAGDALENA: ¿De dónde son este año?
LA PONCIA: De muy lejos. Vinieron de los montes. ¡Alegres! ¡Como árboles quemados! ¡Dando voces y arrojando piedras! Anoche llegó al pueblo una mujer vestida de lentejuelas y que bailaba con un acordeón, y quince de ellos la contrataron para llevársela al olivar. Yo los vi de lejos. El que la contrataba era un muchacho de ojos verdes, apretado como una gavilla de trigo.
AMELIA: ¿Es eso cierto?
ADELA: ¡Pero es posible!
LA PONCIA: Hace años vino otra de éstas y yo misma di dinero a mi hijo mayor para que fuera. Los hombres necesitan estas cosas.
ADELA: Se les perdona todo.
AMELIA: Nacer mujer es el mayor castigo.
MAGDALENA: Y ni nuestros ojos siquiera nos pertenecen.

BERNARDA: Habla. Te conozco demasiado para saber que ya me tienes preparada la cuchilla.
LA PONCIA: Nunca pensé que se llamara asesinato al aviso.
BERNARDA: ¿Me tienes que prevenir algo?
LA PONCIA: Yo no acuso, Bernarda. Yo sólo te digo: abre los ojos y verás.
BERNARDA: ¿Y verás qué?
LA PONCIA: Siempre has sido lista. Has visto lo malo de las gentes a cien leguas. Muchas veces creí que adivinabas los pensamientos. Pero los hijos son los hijos. Ahora estás ciega.

BERNARDA: ¡Ya estamos otra vez!... Te deslizas para llenarme de malos sueños. Y no quiero entenderte, porque si llegara al alcance de todo lo que dices te tendría que arañar.
LA PONCIA: ¡No llegará la sangre al río!
BERNARDA: ¡Afortunadamente mis hijas me respetan y jamás torcieron mi voluntad!
LA PONCIA: ¡Eso sí! Pero en cuanto las dejes sueltas se te subirán al tejado.
BERNARDA: ¡Ya las bajaré tirándoles cantos!

BERNARDA: Es un verdadero hombre. ¿Y con tu hija...?
PRUDENCIA: No la ha perdonado.
BERNARDA: Hace bien.
PRUDENCIA: No sé qué te diga. Yo sufro por esto.
BERNARDA: Una hija que desobedece deja de ser hija para convertirse en una enemiga.

BERNARDA: ¿Qué cuenta Pepe?
ANGUSTIAS: Yo lo encuentro distraído. Me habla siempre como pensando en otra cosa. Si le pregunto qué le pasa, me contesta: «Los hombres tenemos nuestras preocupaciones.»
BERNARDA: No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo cuando te mire. Así no tendrás disgustos.
ANGUSTIAS: Yo creo, madre, que él me oculta muchas cosas.
BERNARDA: No procures descubrirlas, no le preguntes y, desde luego, que no te vea llorar jamás.
ANGUSTIAS: Debía estar contenta y no lo estoy.
BERNARDA: Eso es lo mismo.

ADELA: Tiene el cielo unas estrellas como puños.
MARTIRIO: Ésta se puso a mirarlas de modo que se iba a tronchar el cuello.
ADELA: ¿Es que no te gustan a ti?
MARTIRIO: A mí las cosas de tejas arriba no me importan nada. Con lo que pasa dentro de las habitaciones tengo bastante.
ADELA: Así te va a ti.

MARÍA JOSEFA: Cuando mi vecina tenía un niño yo le llevaba chocolate y luego ella me lo traía a mí, y así siempre, siempre, siempre. Tú tendrás el pelo blanco, pero no vendrán las vecinas. Yo tengo que marcharme, pero tengo miedo de que los perros me muerdan. ¿Me acompañarás tú a salir del campo? Yo quiero campo. Yo quiero casas, pero casas abiertas, y las vecinas acostadas en sus camas con sus niños chiquitos, y los hombres fuera, sentados en sus sillas. Pepe el Romano es un gigante. Todas lo queréis. Pero él os va a devorar, porque vosotras sois granos de trigo. No granos de trigo, no. ¡Ranas sin lengua!

LA PONCIA: Cuando una no puede con el mar lo más fácil es volver las espaldas para no verlo.


viernes, 2 de marzo de 2018

"El guardián entre el centeno" de J.D. Salinger



Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane.

Dormían en habitaciones separadas y todo. Debían tener como setenta años cada uno y hasta puede que más, y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas. Un poco a lo tonto, claro. Pensarán que tengo mala idea, pero de verdad no lo digo con esa intención. Lo que quiero decir es que solía pensar en Spencer a menudo, y que cuando uno pensaba mucho en él, empezaba a preguntarse para qué demonios querría seguir viviendo.

Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. Es terrible. Si voy camino del quiosco a comprar una revista y alguien me pregunta que adónde voy, soy capaz de decirle que voy a la ópera. Es una cosa seria. Así que eso que le dije a Spencer de que tenía que ir a recoger mi equipo era pura mentira. Ni siquiera lo dejo en el gimnasio.

Había como diez lavabos, todos en fila contra la pared. Stradlater se había instalado en el de en medio y yo me senté en el de al lado y me puse a abrir y cerrar el grifo del agua fría, un tic nervioso que tengo. Stradlater se puso a silbar Song of India mientras se afeitaba. Tenía un silbido de esos que le atraviesan a uno el tímpano. Desafinaba muchísimo y, para colmo, siempre elegía canciones como Song of India o Slaughter on Tenth Avenue que ya son difíciles de por sí hasta para los que saben silbar. El tío era capaz de asesinar lo que le echaran.

Los sábados por la noche siempre cenábamos lo mismo en Pencey. Lo consideraban una gran cosa porque nos daban un filete. Apostaría la cabeza a que lo hacían porque como el domingo era día de visita, Thurmer pensaba que todas las madres preguntarían a sus hijos qué habían cenado la noche anterior y el niño contestaría: «Un filete». ¡Menudo timo!

Hay cosas que cuesta un poco recordarlas. Estoy pensando en cuando Stradlater volvió aquella noche después de salir con Jane. Quiero decir que no sé qué estaba haciendo yo exactamente cuando oí sus pasos acercarse por el pasillo. Probablemente seguía mirando por la ventana, pero la verdad es que no me acuerdo. Quizá porque estaba muy preocupado, y cuando me preocupo mucho me pongo tan mal que hasta me dan ganas de ir al baño. Sólo que no voy porque no puedo dejar de preocuparme para ir.

Cuando me iba, ya con maletas y todo, me paré un momento junto a las escaleras y miré hacia el pasillo. Estaba a punto de llorar. No sabía por qué. Me calé la gorra de caza roja con la visera echada hacia atrás, y grité a pleno pulmón: «¡Que durmáis bien, tarados!» Apuesto a que desperté hasta al último cabrón del piso. Luego me fui.

Por lo general me gusta mucho ir en tren por la noche, cuando va todo encendido por dentro y las ventanillas parecen muy negras, y pasan por el pasillo esos hombres que van vendiendo café, bocadillos y periódicos. Yo suelo comprarme un bocadillo de jamón y algo para leer. No sé por qué, pero en el tren y de noche soy capaz hasta de tragarme sin vomitar una de esas novelas idiotas que publican las revistas. Ya saben, esas que tienen por protagonista un tío muy cursi, de mentón muy masculino, que siempre se llama David, y una tía de la misma calaña que se llama Linda o Marcia y que se pasa el día encendiéndole la pipa al David de marras. Hasta eso puedo tragarme cuando voy en tren por la noche.

Lo primero que hice al llegar a la Estación de Pennsylvania fue meterme en una cabina telefónica. Tenía ganas de llamar a alguien. Dejé las maletas a la puerta para poder vigilarlas y entré, pero tan pronto como estuve dentro no supe a quién llamar.

Me fui del Salón Malva poco después de que ellas salieran. De todos modos estaban cerrando y hacía rato que la orquesta había dejado de tocar. La verdad es que era uno de esos sitios donde no hay quien aguante a menos que vaya con una chica que baile muy bien, o que el camarero le deje a uno tomar alcohol en vez de coca-cola. No hay sala de fiestas en el mundo entero que se pueda soportar mucho tiempo a no ser que pueda uno emborracharse o que vaya con una mujer que le vuelva loco de verdad.

Era una chica rara, Jane. No puedo decir que fuera exactamente guapa, pero me volvía loco. Tenía una boca divertidísima, como con vida propia. Quiero decir que cuando estaba hablando y de repente se emocionaba, los labios se le disparaban como en cincuenta direcciones diferentes. Me encantaba. Y nunca la cerraba del todo. Siempre dejaba los labios un poco entreabiertos, especialmente cuando se concentraba en el golf o cuando leía algo que le interesaba. Leía continuamente y siempre libros muy buenos. Le gustaba mucho la poesía. Es a la única persona, aparte de mi familia, a quien he enseñado el guante de Allie con los poemas escritos y todo.

Era un taxi viejísimo que olía como si acabara de vomitar alguien dentro. Siempre me toca uno de ésos cuando voy a algún sitio de noche.
Pero más deprimente aún era que las calles estuvieran tan tristes y solitarias a pesar de ser sábado. Apenas se veía a nadie. De vez en cuando cruzaban un hombre y una mujer cogidos por la cintura, o una pandilla de tíos riéndose como hienas de algo que apuesto la cabeza a que no tenía la menor gracia. Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia y le hace sentirse a uno aún más triste y deprimido.

Al final se fue. El oficial de marina y yo nos dijimos que estábamos encantados de habernos conocido, que es una cosa que me fastidia muchísimo. Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas.

Me di un baño como de una hora, y luego volví a la cama. Me costó mucho dormirme porque ni siquiera estaba cansado, pero al fin lo conseguí. Lo único que de verdad tenía ganas de hacer era suicidarme. Me hubiera gustado tirarme por la ventana, y creo que lo habría hecho de haber estado seguro de que iban a cubrir mi cadáver enseguida. Me habría reventado que un montón de imbéciles se pararan allí a mirarme mientras yo estaba hecho un Cristo.

Por el tono de la pregunta se le notaba que lo que quería era averiguar si yo era católico o no. De verdad. No es que fuera un fanático ni nada, pero quería saberlo. Lo estaba pasando muy bien hablando de tenis, pero se le notaba que lo habría pasado mucho mejor si yo hubiera sido de la misma religión que él. Todo eso me fastidia muchísimo.

Era aún muy pronto cuando llegué, así que decidí sentarme debajo del reloj en uno de aquellos sillones de cuero que había en el vestíbulo.
En muchos colegios estaban ya de vacaciones y había como un millón de chicas esperando a su pareja: chicas con las piernas cruzadas, chicas con las piernas sin cruzar, chicas con piernas preciosas, chicas con piernas horrorosas, chicas que parecían estupendas, y chicas que debían ser unas brujas si de verdad se las llegaba a conocer bien.
Era un bonito panorama, pero no sé si me entenderán lo que quiero decir. Aunque por otra parte era también bastante deprimente porque uno no podía dejar de preguntarse qué sería de todas ellas. Me refiero a cuando salieran del colegio y la universidad. La mayoría se casarían con cretinos, tipos de esos que se pasan el día hablando de cuántos kilómetros pueden sacarle a un litro de gasolina, tipos que se enfadan como niños cuando pierden al golf o a algún juego tan estúpido como el ping-pong, tipos mala gente de verdad, tipos que en su vida han leído un libro, tipos aburridos…

Lo más gracioso es que tenía al lado a una señora que no dejó de llorar en todo el tiempo. Cuanto más cursi se ponía la película, más lagrimones echaba. Pensarán que lloraba porque era muy buena persona, pero yo estaba sentado al lado suyo y les digo que no. Iba con un niño que se pasó las dos horas diciendo que tenía que ir al baño, y ella no le hizo ni caso. Sólo se volvía para decirle que a ver si se callaba y se estaba quieto de una vez. Lo que es ésa, tenía el corazón de una hiena.
Todos los que lloran como cosacos con esa imbecilidad de películas suelen ser luego unos cabrones de mucho cuidado. De verdad.

Les juro que si hay otra guerra, prefiero que me saquen a un patio y que me pongan frente a un pelotón de ejecución. No protestaría nada.
Lo que no comprendo es por qué D. B. me hizo leer Adiós a las armas si odiaba tanto la guerra. Decía que era una novela estupenda. Es la historia de un tal teniente Harry que todo el mundo considera un tío fenómeno. No entiendo cómo D. B. podía odiar la guerra y decir que ese libro era buenísimo al mismo tiempo. Tampoco comprendo cómo a una misma persona le pueden gustar Adiós a las armas y El gran Gatsby. D. B. se enfadó mucho cuando se lo dije y me contestó que era demasiado pequeño para juzgar libros como ésos. Le dije que a mí me gustaban Ring Lardner y El gran Gatsby. Y es verdad. Me encantan. ¡Qué tío ese Gatsby! ¡Qué bárbaro! Me chifla la novela.
Pero, como les decía, me alegro muchísimo de que hayan inventado la bomba atómica. Si hay otra guerra me sentaré justo encima de ella. Me presentaré voluntario, se lo juro.

Me estaba metiendo en sus asuntos personales. Lo reconozco. Pero eso era una de las cosas que más me molestaban de Luce. Cuando estábamos en el colegio te obligaba a que le contaras las cosas más íntimas, pero en cuanto le hacías a él una pregunta personal, se enfadaba. A esos tipos tan intelectuales no les gusta mantener una conversación a menos que sean ellos los que lleven la batuta. Siempre quieren que te calles cuando ellos se callan y que vuelvas a tu habitación cuando ellos quieren volver a su habitación.

Cuando hace buen tiempo, mis padres suelen ir a dejar flores en la tumba de Allie. Yo fui con ellos unas cuantas veces pero después no quise volver más. No me gusta verle en el cementerio rodeado de muertos y de losas. Cuando hace sol aún lo aguanto, pero dos veces empezó a llover mientras estábamos allí. Fue horrible. El agua empezó a caer sobre su tumba empapando la hierba que tiene sobre el estómago. Llovía muchísimo y la gente que había en el cementerio empezó a correr hacia los coches. Aquello fue lo que más me reventó. Todos podían meterse en su automóvil, y poner la radio, y después irse a cenar a un restaurante menos Allie. No pude soportarlo.
Ya sé que lo que está en el cementerio es sólo su cuerpo y que su espíritu está en el Cielo y todo eso, pero no pude aguantarlo. Daría cualquier cosa porque no estuviera allí. Claro, ustedes no le conocían. Si le hubieran conocido entenderían lo que quiero decir. Cuando hace sol puede pasar, pero el sol no sale más que cuando le da la gana.

—Puede que a los treinta años te encuentres un día sentado en un bar odiando a todos los que entran y tengan aspecto de haber jugado al fútbol en la universidad. O puede que llegues a adquirir la cultura suficiente como para aborrecer a los que dicen «Ves a verla». O puede que acabes de oficinista tirándole grapas a la secretaria más cercana. No lo sé. Pero entiendes adónde voy a parar, ¿verdad?
—Sí, claro —le dije. Y era verdad. Pero se equivocaba en eso de que acabaré odiando a los que hayan jugado al fútbol en la universidad. En serio. No odio a casi nadie. Es posible que alguien me reviente durante una temporada, como me pasaba con Stradlater o Robert Ackley. Los odio unas cuantas horas o unos cuantos días, pero después se me pasa. Hasta es posible que si luego no vienen a mi habitación o no los veo en el comedor, les eche un poco de menos.

Entre otras cosas, verás que no eres la primera persona a quien la conducta humana ha confundido, asustado, y hasta asqueado. Te alegrará y te animará saber que no estás solo en ese sentido. Son muchos los hombres que han sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que tú. Felizmente, algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si sabes dejar una huella. Se trata de un hermoso intercambio que no tiene nada que ver con la educación. Es historia. Es poesía.

—La educación académica te proporcionará algo más. Si la sigues con constancia, al cabo de un tiempo comenzará a darte una idea de la medida de tu inteligencia. De qué puede abarcar y qué no puede abarcar. Poco a poco comenzarás a discernir qué tipo de pensamiento halla cabida más cómodamente en tu mente. Y con ello ahorrarás tiempo porque ya no tratarás de adoptar ideas que no te van, o que no se avienen a tu inteligencia. Sabrás cuáles son exactamente tus medidas intelectuales y vestirás a tu mente de acuerdo con ellas.

Mucha gente, especialmente el psiquiatra que tienen aquí, me pregunta si voy a aplicarme cuando vuelva a estudiar en septiembre. Es una pregunta estúpida. ¿Cómo sabe uno lo que va a hacer hasta que llega el momento? Es imposible. Yo creo que sí, pero ¿cómo puedo saberlo con seguridad? Vamos, que es una estupidez.

De lo que estoy seguro es de que echo de menos en cierto modo a todas las personas de quienes les he hablado, incluso a Stradlater y a Ackley, por ejemplo. Creo que hasta al cerdo de Maurice le extraño un poco. Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.