sábado, 6 de diciembre de 2014

"Qué fue de Sophie Wilder" de Christopher R. Beha



Mientras caminábamos y fumábamos, de vez en cuando nos tropezábamos con alguien que conocíamos. Uno de los dos se paraba a charlar y el otro esperaba, y así dejamos de ser dos personas que se habían encontrado por casualidad al salir de clase y nos convertimos en dos personas que iban juntas a alguna parte. Si pudiera ser ahora una sola cosa, sería esta: alguien que va a alguna parte con Sophie Wilder.

El artista era libre para trabajar en soledad, incluso para cultivarla. Pero el crítico era alguien que tenía que explicarse. Su trabajo se basaba en el público, y el público iba al cine. Y eso decía Max durante aquellas veladas, cuando un juez invisible nos invitaba a defender la manera en que pasábamos los días.

Todo eso terminó después de que mi libro se sumiera silenciosamente en el anonimato. Fuera del mundo de los blogs malintencionados nadie tenía ni idea de quiénes éramos. En secreto, Max me culpaba por ello, aunque lo cierto es que la gente simplemente estaba cansada de los jóvenes blancos neoyorquinos acomodados. Yo no podía culparlos; yo también estaba harto de nosotros.

Deseábamos tanto creer que todavía era posible vivir de las ideas, excepto cuando deseábamos con todas nuestras fuerzas creer que ya no era posible, pues entonces el fracaso, cuando lo consiguiéramos, ya no sería nuestro, ni provocado por la falta de disciplina o talento, ni por el hecho de que en el fondo no deseábamos las cosas con tanto empeño como pensábamos.

No experimenté ninguna sorpresa al cruzar ese espacio vacío que ocupaba casi toda la primera planta de la casa, solo un temblor de satisfacción y la conciencia de la elegancia narrativa del hecho. Lo que se suponía que tenía que ocurrir había ocurrido.

Dio un paso hacia atrás y dejó la mano izquierda posada con descuido en mi clavícula, como si la hubiera olvidado allí y pensara en la pregunta. Era un detalle de ella que solo entonces recordé: su costumbre de tomarse en serio todo lo que yo decía, incluso las conversaciones sin importancia, de manera que, cuando estaba en su compañía, siempre quería dar lo mejor de mí. También recordé que esa costumbre a veces resultaba asfixiante, igual que cuando constantemente tienes que dar lo mejor de ti.

Me dije que encontrarla tan atractiva indicaba una suerte de refinamiento por mi parte, como si fuera capaz de apreciar algún relato discretamente elegante que aburriese al resto de la clase. Nadie la habría calificado de «bombón», que era como se llamaba universalmente en el campus a las chicas deseables. Pero a su lado los bombones parecían horteras.

Yo no conocía a nadie —desde luego no de nuestra edad— que hablara así de los libros. Ella hacía que ese tipo de conversación pareciera una de las cosas más emocionantes de nuestra nueva vida de casi adultos, como poder pasar los días y las noches como nos diera la gana.

De repente me sentí muy cansado de esas fiestas que ocupaban una parte tan grande de mi vida. O quizá de repente me di cuenta de que hacía mucho que estaba harto de ellas. No estaba seguro de si ya no quería saber nada más de ellas porque Sophie había aparecido o si Sophie había aparecido porque ya no quería saber nada más de ellas y estaba totalmente preparado para su vuelta.

Pero casi siempre se pasaba el día sentada en su escritorio, igual que antes, y no quería quedar a completa disposición del mundo. Le resultaba necesaria cierta desconexión, aunque era incapaz de explicarle a Tom el porqué.

La voz que la impulsaba a hacerlo, reconoció con cierta sorpresa, era una voz que hacía tiempo que no oía: no la voz de la conciencia, sino la voz de la curiosidad. Esa voz que decía: Esto sería una historia estupenda.

Durante la primavera de nuestro primer año, cuando llevábamos solo unos meses siendo íntimos, pero ya teníamos la certeza de que nuestras vidas estaban unidas, Sophie me habló de una costumbre que tenía el joven Henry James. Durante sus primeros años en Londres, James iba invitado a cenar cada noche y escuchaba hablar a los demás convidados. Cuando alguien comenzaba una historia que parecía prometedora, que le proporcionaba una donnée, como denominaba a esos gérmenes iniciales de sus libros, le pedía al narrador que parara. Si sabía cómo iba a acabar el relato, todo su potencial quedaba en nada. Pensé que estaba insinuando que había alguna relación entre nosotros y ese joven aparentemente ocioso que se convertiría en el Maestro al que no se le escapaba detalle.

Ahora creo que estábamos equivocados. Lo que ha ocurrido sí que importa, aunque solo podamos saberlo cuando es demasiado tarde para hacer nada al respecto.

Es lo que echo de menos de aquellos días: la libertad de desear; la creencia de que nuestros deseos nunca nos decepcionarían, siempre y cuando permaneciéramos fieles a ellos; la sensación de que podíamos escoger nuestro destino, como si el destino no fuera exactamente la falta de elección.

A veces se le presentaba alguna idea, hermosa y prometedora. Pero cuando intentaba transmitirla, una especie de afasia se apoderaba de ella. Los objetos e ideas más simples se volvían inefables. Era incapaz de darle nombre a un personaje, de describir si alguien era alto o bajo, por no hablar de participar en la alquimia mediante la cual tales descripciones se convertían en algo parecido a la vida.

Todo había ocurrido en poco menos de tres años, y a medida que iba pasando el tiempo nada de ello tenía por qué significar nada. Pero para mí sí que tenía un sentido. Aquellos días con Sophie vinieron a ser la piedra de toque con la que medía el paso del tiempo, mis relaciones, lo que escribía, y todo me parecía muy poca cosa. No era solo nostalgia: aunque es posible que hubiera idealizado nuestra relación, no quería recuperar el pasado. Lo que me obsesionaba era que la historia hubiera quedado incompleta, que no hubiera terminado.

Después de comer, íbamos a pasear.
Henry James, hablando de sus días en Londres, de cuando volvía a casa caminando cada noche después de la cena, describió una de sus novelas como «el fruto maduro y redondo de los paseos». Creo que nuestra relación era esa.

En días posteriores llegué a desear que Sophie nunca hubiera vuelto a mi vida. Tampoco es que antes fuera especialmente feliz, pero me sentía bastante cómodo en mi infelicidad. Había alcanzado cierta paz. Ahora la paz había desaparecido. La presencia de Sophie en mi vida —aunque fuera como una sombra— suponía un reto. Me di cuenta entonces de que siempre había sido un reto. Y hacía falta un gran esfuerzo para enfrentarse a ese reto, y yo no sabía si todavía sería capaz.

Creo que le gustaba trabajar así porque pensaba que, si se agotaba, su mente se calmaría un poco. Creo que su cerebro le torturaba. Todo esto, naturalmente, lo pensé después. En aquella época simplemente me resultaba desagradable estar a su lado. A lo mejor había hecho algo que realmente lamentaba. A lo mejor solo quería olvidar. Ojalá hubiera sido más comprensiva.

En Nueva York podía dormir hasta mediodía y seguir estando cansado, pero aquella mañana me sentía como nuevo, como si el permanente cansancio de la ciudad fuera una especie de agotamiento espiritual del que comenzaba a recuperarme.

Entonces sucedió algo extraño. La máscara de Max se derrumbó, y quedó a la vista lo que había debajo de ella. La última vez que lo había visto había sido en la muerte de mi padre, y contemplarlo fue horroroso. Su actuación se basaba en su solidez, en la creencia de que nada podía penetrarla jamás. Por mucho que eso exasperara, también era un consuelo. Una vez que Max se derrumbaba, no había duda alguna de que la pérdida era real.

—Ojalá las cosas fueran de otra manera.
Se inclinó hacia mí y me besó.
—Entonces escríbelo de otra manera.

Y tendría que ser la obra de una vida: hasta la última página no podía saber si había sido redimida.


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