martes, 6 de enero de 2015

"La casa de la alegría" de Edith Wharton



No había novedades en torno a ella y, sin embargo, nunca podía verla sin sentir cierto interés: suscitarlo era una característica de Lily Bart, así como el hecho de que sus actos más sencillos parecieran el resultado de complicadas intenciones.

—No sabe hasta qué punto necesito a un amigo así —continuó—. Mi tía rebosa de axiomas convencionales, todos inventados para regir una conducta propia de los años cincuenta. Siempre tengo la impresión de que vivir de acuerdo con ellos supondría llevar brocado y mangas con esclavina. Y las demás mujeres —mis mejores amigas—, bueno, hacen uso o abuso de mí, pero les tiene sin cuidado lo que pueda ocurrirme. Ya estoy demasiado vista y la gente se está cansando de mí y empieza a decir que debería casarme.
Hubo un silencio momentáneo durante el cual Selden meditó una o dos respuestas con la intención de añadir un efímero incentivo a la situación, pero las rechazó en favor de la sencilla pregunta:
—Bueno, ¿y por qué no lo hace?
Ella se ruborizó y soltó una carcajada.
—¡Ah! Veo que es un amigo, después de todo, ya que me ha dicho una de las cosas desagradables que necesitaba oír.
—Yo no la considero desagradable —respondió él en tono amistoso—. ¿No es su vocación el matrimonio? ¿Acaso no nos educan a todos para casarnos?
Ella suspiró:
—Sí, supongo que sí. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

Se había aburrido toda la tarde con Percy Gryce —el mero recuerdo parecía despertar un eco de su monótona voz—, pero no podría rehuirle al día siguiente, tendría que cimentar su éxito, someterse a más aburrimiento, estar dispuesta a hacer más concesiones, a seguir adaptándose, y todo por la remota posibilidad de que al final él se decidiera a hacerle el honor de aburrirla para toda la vida.

Pero la mezquindad es capaz de adoptar toda clase de disfraces, y Lily no tardó en descubrir que estaba tan latente en la lujosa rutina de la vida de su tía como en la mísera existencia de una pensión europea.

Ni ella misma podría haber explicado la sensación de vitalidad que parecía elevarla y columpiarla sobre el mundo soleado que tenía delante. ¿Sería amor, se preguntó, o una mera y fortuita combinación de pensamientos y sensaciones felices? ¿En qué proporción se debía al hechizo de aquella tarde perfecta, a la fragancia de los bosques, a la idea de haber escapado del aburrimiento? Lily carecía de experiencias anteriores por las que medir la calidad de sus sentimientos. Había estado enamorada varias veces de fortunas o carreras, pero sólo una vez de un hombre.

—No, pero pasear conmigo es sólo otra forma de usar su material. Usted es una artista y da la casualidad de que hoy me toca a mí ser el color que usa. Parte de su inteligencia reside en la capacidad de producir efectos premeditados de manera improvisada.

Lily meditó unos momentos.
—¿No cree —preguntó después— que las personas que critican a la sociedad tienen demasiada tendencia a considerarla un fin y no un medio, del mismo modo que la gente que desprecia el dinero habla como si sólo sirviera para guardarlo en bolsas y contemplarlo con avaricia? ¿No es más justo considerar ambas cosas como oportunidades que pueden ser aprovechadas con inteligencia o estupidez, según la capacidad del consumidor?

Fue este momento de amor, esta efímera victoria sobre sí mismos, lo que les había redimido de la atrofia y la extinción: lo que, en ella, había tendido una mano hacia él en cada batalla contra la influencia de su entorno, y lo que, en él, había conservado viva la fe que ahora le llevaba, penitente y reconciliado, a su lado.

Los sentimientos de Lily por ella oscilaban entre la piedad por sus limitaciones y la impaciencia por su modo de aceptarlas. Para la señorita Bart, al igual que para su madre, la conformidad con la pobreza era una prueba de estupidez y había momentos en que, consciente de la propia capacidad de parecer y ser exactamente lo que la ocasión requería, llegaba casi a pensar que las otras chicas eran feas e inferiores por elección.

Ningún insecto cuelga su nido de hilos tan frágiles como los que sostienen el peso de la vanidad humana; y la sensación de ser importante entre los insignificantes era suficiente para devolver a la señorita Bart la aduladora conciencia del poder.

Nadie habría podido hacer un informe más exacto de las fluctuaciones sociales o señalado de modo más infalible las características propias de cada temporada: su aburrimiento, su extravagancia, su falta de bailes o su exceso de divorcios. Tenía una memoria especial para las vicisitudes de la «gente nueva», que emergía con cada nueva pleamar y o bien volvía a sumergirse bajo las aguas o se afianzaba triunfalmente en tierra, fuera del alcance de envidiosos escollos; y solía hacer gala de una notable intuición para su destino final, hasta el punto de que, una vez cumplido este destino, podía decirle casi siempre a Grace Stepney —recipiente de sus profecías— que todo se había desarrollado de acuerdo con sus predicciones.

Ella había aceptado siempre con calma filosófica que existencias como la suya transcurrieran sobre un pedestal cimentado en segmentos oscuros de la humanidad. Un deprimente limbo de pobreza yacía alrededor y por debajo de aquel pequeño círculo iluminado en que la vida alcanzaba su más hermosa florescencia, del mismo modo que el fango y la aguanieve de una noche de invierno rodean un invernadero lleno de flores tropicales. Todo esto era parte del orden natural de las cosas y la orquídea que tomaba el sol en esta atmósfera creada artificialmente podía redondear las delicadas curvas de sus pétalos ajena a la escarcha de las ventanas.

Sacar algo a la luz supondría ventilar tan ingente acumulación de trapos morales que, cuando su visitante se hubo marchado, Selden se quedó con la impresión de que debía abrir las ventanas de par en par y mandar barrer la habitación.

Pero lo que más le llamó la atención fue cómo se distinguía, mediante cien indefinibles matices, de las personas que más gala hacían de poseer su propio estilo. Era precisamente en tal compañía, la flor y nata y la expresión completa del estado al que aspiraba, donde las diferencias destacaban con especial intensidad, y su gracia volvía vulgar la elegancia de las otras mujeres del mismo modo que sus silencios, finamente discriminados, hacían aburrido su parloteo.

La fuerza del contraste prestaba una mayor intensidad al lujo de descansar otra vez en una cama blanda, desde la que se veía una espaciosa y soleada habitación con una chimenea y, al lado, una tentadora mesa con el desayuno preparado. El análisis y la introspección vendrían después; de momento ni siquiera la turbaban los excesos del tapizado ni las recargadas molduras de los muebles. La sensación de estar una vez más rodeada y protegida por la comodidad, como en un medio templado y denso, impenetrable a todo género de molestias, eliminaba hasta el menor asomo de crítica.

Tendencias heredadas se habían unido a una precoz educación para convertirla en el producto altamente especializado que era en realidad: un organismo tan indefenso fuera de su reducido territorio como la anémona de mar arrancada de la roca. La habían formado para adornar y deleitar; ¿para qué otro fin redondea la naturaleza los pétalos de la rosa y pinta el pecho del colibrí? ¿Y era culpa suya que la misión puramente decorativa se cumpla con menos facilidad y armonía entre los seres sociales que en el mundo de la naturaleza y que tropiece a menudo con el obstáculo de necesidades materiales y escrúpulos morales?