sábado, 22 de noviembre de 2014

"Yo soy fulana de tal" de Alvaro de Laiglesia



Gaudencia fue la que me aconsejó el viaje a Madrid, para exigir a Ignacio que reparase su marranada.
—Puesto que esa clase de diversiones no te gusta y lo tomas por la tremenda, es la única solución que te queda —me aseguró—. Si no tienes madera de golfa, es mejor que te largues. Porque aquí, con tu madre y la tendera en contra tuya, no tienes nada que hacer. Pronto sabrá todo el mundo lo que te ha pasado, y no podrás entrar a servir en ninguna casa de personas decentes. O que presuman de serlo, aunque en el fondo hayan hecho muchas más sinvergonzonerías que tú. Tampoco podrás echarte novio de los que se casan, porque todo el que se te arrime lo hará para abusar de ti pensando que eres facilona.
—¿Tú crees? —me asusté.
—Naturalmente. Las mujeres en España somos como las botellas: a los hombres les gusta echar un trago de una botella abierta por otro. Pero cuando compran una para llevársela a su casa, prefieren que esté sin abrir. Hazme caso y márchate a Madrid.

El dependiente se llamaba Afrodisio, y tenía una verruga en el cogote. Pero la verruga sólo se le veía mirándole de espaldas. Y de espaldas los hombres, para las mujeres, no valen nada. Aunque no tengan verrugas.

Rodolfo tardó bastante tiempo en darse cuenta de que estaba colado por mí. Claro, como era un intelectual, resultaba más bien frígido para captar las llamadas de su libido. Así al menos es como se ha explicado Nati la tardanza del gachó en darse cuenta de sus sentimientos hacia mí.
Por lo visto, esto de manejar demasiado el intelecto es peligroso, pues hay tíos que se abstraen tanto en sus pensamientos, que no se fijan por dónde andan y van a parar sin darse cuenta a la acera de enfrente.

Madre pensaba lo mismo que yo, y antes de que padre estuviera en paz descanse le decía siempre a Esteban:
—¡Trabaja en algo productivo, haragán! ¿No te da lástima ver a tu padre chuzando como un condenado para sacarnos adelante, mientras tú pierdes el tiempo estudiando sin parar la carrera de ingeniero?
Pero Esteban era tan bruto, que los reproches maternos le entraban por un oído y le salían por el otro. Y menos mal que, poco después del aplastamiento de padre, le escribió una carta el ejército diciéndole que se presentara en la capital porque le habían conseguido un puesto en la guerra. El puesto era bueno para un inútil como él, que sólo servía para leer libros de texto: a cambio de cargar con un fusil, le daban gratis dos comidas y una manta. (Gracias a esto, Esteban llegó a ser un sargento chusquero de provecho, y se le curaron completamente sus estúpidas chaladuras por la ingeniería.)

En las cuestas abajo el triciclo se embalaba, y la velocidad me hacía dar los mismos grititos que doy ahora cuando salgo con algún juerguista en un coche deportivo.
Merendamos en el camino un chorizo, una lata de sardinas y varias galletas que Afrodisio había ido mangando en la tienda durante el sesteo del señor Aniceto.
Madre se puso muy contenta de verme llegar en un vehículo, y presumió ante todo el vecindario de que su hija no fuera peatona. Porque aquel triciclo en nuestro «barrio de las latas», equivalía a un «Cadillá» en los «bungalós» de «Holigú».

Gaudencia, la cuarta, era una chica fea tirando a rara. Mística por parte de padres, pues era hija de sacristán y beata, tenía la piel amarillenta como la cera de las velas que encendía su padre en la iglesia. Hablaba poco y estaba en general como ausente de nuestros juegos. En su casa la llamaban Gau. Y cuando su padre salía a la plaza llamándola a gritos, para que fuera a cenar, parecía que estaba ladrando un perro:
—¡Gau!… ¡Gau!… ¡Gau!…
Esta niña, además de dar pena a causa de lo canija que estaba, daba también un poco de miedo. Ella nos decía con voz misteriosa que de mayor quería estudiar para santa.
—¿Y dónde se estudia eso? —le preguntaba la Chivata, que era la más torpona.
—Pues, en un santoral —decía Gau muy seria.

—Me duele herir sus sentimientos —continuó ella—, porque es usted un hombre bueno y le aprecio. Además, siempre le estaré agradecida por lo bien que se ha portado con nosotros desde la muerte de mi difunto. Pero no puedo casarme con usted.
—¿Por qué no?
—Porque yo soy lo que suele llamarse una viuda inconsolable. Mi marido dejó un hueco en mi corazón que nadie podrá llenar. ¡Si usted supiera cómo me quería y con cuánta abnegación luchó para sacarnos adelante! Mientras otros al salir de su trabajo se iban a la taberna a beberse parte del jornal, mi difunto venía directamente a casa con todas las perras que le había proporcionado la chapuza. Jamás bebió ni me pegó, costumbres muy frecuentes en las familias tan humildes como la nuestra. Y hasta ahorraba en secreto durante todo el año, para hacerme un modestísimo regalo el día de mi santo: un año me regalaba una media de seda, al año siguiente la otra…

Al domingo siguiente, el Juanón de la Gaudencia se presentó con un chico. Al presentármelo me puse algo colorada, pues el chico era muy alto y a su lado yo parecía una retaca. Pero a él no le importó y estuvo muy simpático conmigo durante todo el paseo.
Mientras paseábamos, lo primero que me dijo fue que su padre era vasco, cosa que a mí me importaba un pepino. Pero luego comprendí que me lo decía para justificar su estatura. Porque todo el mundo sabe que los vascos, como en el Norte llueve tanto, tienen mejor riego y crecen más.

Es más fácil ser decente cuando el que llama a la puerta es el chófer para decir a la señora que el «Cadillá» la espera para llevarla al «cótel», que cuando la llamada es del panadero para amenazar a una madre con la cárcel si no paga la cuenta del pan. Los ricos, como la pasan chachi, definen la vida así:
—Nacemos, vivimos y morimos.
Los pobres, en cambio, tenemos esta definición:
—Nos nacen, vamos tirando y descansamos.
Quizá yo sea una filósofa barata, pero los retortijones de hambre no permiten tener los sesos tranquilos y en condiciones de sacar de ellos filosofías más elevadas.


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