miércoles, 8 de octubre de 2014

"Los años de peregrinación del chico sin color" de Haruki Murakami



Desde el mes de julio del segundo curso de carrera hasta enero del año siguiente, Tsukuru Tazaki vivió pensando en morir. Entretanto, cumplió veinte años, pero esa muesca en el tiempo no significó nada para él. Durante esos meses, la idea de acabar con su vida le parecía de lo más natural y legítima. Todavía ahora, mucho tiempo después, ignoraba la razón por la que no había dado ese último paso, a pesar de que, en aquel entonces, franquear el umbral que separaba la vida de la muerte le habría resultado más fácil que tragarse un huevo crudo.

El motivo por el que todos los pasajeros que bajan las escaleras de la atestada estación de Shinjuku por las mañanas miran hacia abajo no es porque sean infelices, sino más bien porque están atentos a sus pasos. En las grandes estaciones, en las horas punta, eso es vital para no tropezar, para no perder un zapato. En el pie de foto no se mencionaba ese motivo, que es el verdadero. Además, es posible que nadie que camine mirando al suelo con un chubasquero de tonos oscuros parezca feliz. Aunque, por supuesto, quizá esté justificado llamar sociedad infeliz a aquella en la que uno no puede ir al trabajo todas las mañanas sin preocuparse de perder un zapato.

Por otra parte, todos salvo Tsukuru Tazaki coincidían en un pequeño detalle: sus apellidos incluían un color. Los dos chicos se apellidaban Akamatsu y Oumi; ellas, Shirane y Kurono. Tazaki era ajeno a esa casualidad. Debido a ello, desde el primer momento había experimentado una ligera sensación de alienación. Por supuesto, que el apellido incluya o no un color no tiene nada que ver con la personalidad. Lo sabía perfectamente. Pero, para su propio asombro, le dolía no compartir ese rasgo con sus amigos. Los demás enseguida empezaron a llamarse por sus colores, como si fuera algo natural: Aka, Ao, Shiro, Kuro. A él lo llamaban simplemente Tsukuru. A menudo pensaba en lo mucho que le habría gustado tener un apellido con un color. Entonces todo habría sido perfecto.

«La vida es como una compleja partitura», pensó Tsukuru. «Está llena de semicorcheas, fusas, signos raros, anotaciones indescifrables. Leerla correctamente es una tarea ardua y, aunque uno lo consiga, no siempre la interpreta de la manera correcta ni la valora en su justa medida. No siempre hace felices a las personas. ¿Por qué vivimos de una manera tan enrevesada?»

—Mira, esto es como construir una estación. Es algo sólido, y no se echará a perder ni se desvanecerá en el aire por un pequeño error. Tú tienes que construir la estación, aunque no sea perfecta. Porque si no hay estación, los trenes no pueden parar. Y la gente no podrá subir a ellos. Eso es lo importante. Si se detecta algún defecto, podrás arreglarlo más tarde, cuando sea necesario. Pero primero edifica la estación. Una estación especial para ella. Una estación en la que los trenes quieran parar, aunque no tengan nada en particular que hacer allí. Imagina esa estación, píntala con un bonito color, concrétala. Luego graba tu nombre en los cimientos, insúflale vida. Eres lo suficientemente fuerte para hacerlo. ¿Acaso no conseguiste mantenerte a flote en el frío mar de la noche?

Ocurrió durante las vacaciones del segundo curso. Y, a partir de ese verano, la vida de Tsukuru Tazaki sufrió una transformación. Del mismo modo que, en las crestas escarpadas, la flora sufre transmutaciones que modifican su aspecto.

En ese momento, por fin lo captó. En lo más profundo de sí mismo, Tsukuru Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Ésos son los cimientos de la verdadera armonía.

Tsukuru se preguntaba qué pensaba Sara de muchas cosas. Y cayó en la cuenta de que él no le contaba a Sara todo lo que pensaba. Y es que hay cosas que bajo ningún concepto pueden salir de uno mismo. A esos pensamientos se entregó Tsukuru Tazaki en el metro que le conducía a casa.

Olga, tras titubear un instante, se atrevió a preguntar:
—Ya sé que no es de mi incumbencia, pero si has venido desde tan lejos sólo para verla, será por algo muy importante, ¿no?
—Sí, para mí lo es —contestó Tsukuru—, pero quizá no lo sea tanto para ella. Digamos que he venido para comprobar algunas cosas.
—Suena complicado.
—Sí, me parece que es demasiado complicado para explicártelo en mi inglés.
Olga se rió.
—En la vida siempre hay cosas demasiado complicadas para explicarlas en cualquier idioma.

Los celos —por lo que Tsukuru coligió de su sueño— son la prisión más desesperanzadora del mundo. Porque es una prisión en la que el preso se confina a sí mismo. Nadie lo mete a la fuerza. Uno entra por voluntad propia, cierra con llave desde dentro y lanza la llave por entre los barrotes. Y nadie en el mundo sabe que está ahí recluido. Naturalmente, si se decidiera a salir, podría hacerlo. Porque la prisión está en su interior. Pero no se decide. Su corazón se ha vuelto duro como un muro de piedra. Ésa es la esencia de los celos.

En el agua se sentía más a gusto que en cualquier otra parte. Gracias a la natación, que practicaba durante una media hora dos veces por semana, mantenía cierto equilibrio físico y psíquico. El agua también era un medio ideal para reflexionar. Se parecía al zen. Una vez que había alcanzado cierto ritmo, dejaba que los pensamientos fluyesen por su mente sin ninguna atadura. Era como soltar a un perro en un prado.

Por supuesto, Tsukuru se sentía feliz y orgulloso de saberse pieza indispensable de ese pentágono. Adoraba a los otros cuatro y amaba esa sensación de unidad más que nada en el mundo. Igual que un árbol joven absorbe los nutrientes del suelo, Tsukuru tomaba del grupo el sustento que la adolescencia requiere, y lo transformaba en el valioso alimento que le permitiría crecer, o lo reservaba y almacenaba en su cuerpo como fuente de energía para cuando lo necesitase. Aun así, en lo más hondo de su corazón persistía el temor a que algún día tuviera que desprenderse de aquel entrañable grupo, a que pudieran repudiarlo y abandonarlo. La preocupación por quedarse solo afloraba a menudo en su mente, igual que una oscura y funesta roca que emerge de la superficie del mar cuando desciende la marea.

Quizá, ese día, el sentimiento que le embargó en sus sueños actuó como un contrapeso y anuló el tenaz anhelo de morir que se había apoderado de él. Del mismo modo que los fuertes vientos del oeste despejan gruesas nubes arrastrándolas por el cielo. Sí, supuso que había ocurrido eso.
Únicamente quedó un poso sereno, como el que queda después de una iluminación. Era una sensación carente de color, neutra como una calma chicha. Y se sentó solo en una gran casa vieja y abandonada, y prestó oídos al ruido hueco de un enorme y vetusto reloj de pared que marcaba las horas. Se limitaba a observar con la boca cerrada, sin apartar la vista, el avance de las manecillas. Y con sus sentimientos guardados en el vacío de su corazón, envueltos con una especie de fina membrana, fue envejeciendo constante e inexorablemente a cada hora que pasaba.

Dentro de sí había algo que decepcionaba a los demás. «Tsukuru Tazaki, el chico sin color», se dijo en voz alta. «Supongo que, simplemente, no tengo nada que ofrecer a nadie. Bien pensado, ni siquiera tengo nada que ofrecerme a mí mismo.»

—En el mundo hay gente que compone cuartetos para cuerda y gente que cultiva lechugas y tomates. Hará falta también alguien que construya estaciones, ¿no? Y, en mi caso, tampoco es que «me muera de ganas» de construirlas. Simplemente es un tema muy específico que me interesa.
—Perdona que te lo diga, pero encontrar un tema de interés específico en la vida ya me parece suficiente logro.

Pero decidió no darle más vueltas. Por más que pensara, no parecía que fuese a obtener respuesta alguna. Decidió meter aquella duda, con la etiqueta «sin resolver» pegada, en un cajón, y regresar a ella otro día. En su interior había ya varios cajones como ése, todos con numerosas dudas aplazadas.

Haida asintió en silencio.
—Entonces no lo entiendo: si es así, ¿qué valor tiene la voluntad humana?
—Excelente pregunta —comentó Haida. Y sonrió calladamente, con la sonrisa que esbozan los gatos cuando duermen al sol—. Todavía no estoy capacitado para responderla.

—¿Acaso no te interesa todo lo que está ocurriendo en Tokio? —le preguntó Midorikawa—. ¿No te parece que merece la pena vivirlo? Cada día estallan altercados aquí y allá. Da la impresión de que el mundo se ha puesto patas arriba. Es un momento único.
—El mundo no se pone patas arriba tan fácilmente —le contestó Haida—. Las que están patas arriba son las personas. No lamento perdérmelo.

Quizá, se decía, en el cerebro de Haida había una especie de circuito de alta velocidad adaptado a la celeridad de su pensamiento, y de vez en cuando debía correr a la velocidad y con la marcha larga que le correspondía. Si no lo hacía así, si corría continuamente con una marcha corta para acomodarse a la penosa velocidad de Tsukuru, el circuito se recalentaría y empezaría a dar muestras de deterioro. Esa impresión daba. Al cabo de un rato, Haida se desconectaba del circuito, esbozaba una sonrisa calma, como si nada hubiera sucedido, y regresaba a donde Tsukuru se encontraba.
Entonces, reducida la velocidad, volvía a pensar al mismo ritmo que su amigo.

—Es Le mal du pays, de Franz Liszt. Forma parte del libro Première année: Suisse, de los Años de peregrinación.
—¿Le mal du...?
Le mal du pays, en francés. Quiere decir nostalgia o melancolía por la tierra de uno, pero también, para algunos, es «la tristeza, sin razón aparente, que la contemplación de un paisaje bucólico despierta en el alma». Como ves, no es fácil de traducir.

Recordó aquellos meses, cuando iba a la universidad, en que todos los días pensaba en morir. Habían transcurrido dieciséis años. En aquella época, cuando miraba en su interior, creía que el corazón se le pararía de un momento a otro. Tenía la impresión de que si concentraba su mente y todos sus sentidos en un punto, sin duda acabaría infligiendo una herida fatal a su corazón, como cuando, con una lente, se concentra la luz del sol en un papel para que éste arda. Era lo que él deseaba, y con toda su alma. Pero pasaron los meses y, al contrario de lo que esperaba, el corazón no se le paró. Porque un corazón no se detiene tan fácilmente.