martes, 9 de septiembre de 2014

"Chesil Beach" de Ian McEwan



Ella adoraba su mente curiosa, su leve acento del campo, la inmensa fuerza de sus manos, los giros y virajes imprevisibles de su conversación, su amabilidad con ella y el modo en que sus tenues ojos castaños, descansando en ella mientras hablaba, le hacían sentirse envuelta en una amistosa nube de amor. A los veintidós años no dudaba de que quería pasar el resto de su vida con Edward Mayhew.

Tenía tan mal oído que era incapaz de reconocer una canción, incluso el himno nacional, al que sólo por el contexto distinguía del «Cumpleaños feliz». Era una de esas personas que no sabría decir si una nota era más baja o más aguda que otra. Era una incapacidad y una desgracia iguales que un pie zopo o un labio leporino, pero después de las libertades relativas de Kensington, la vida en casa le resultaba a Florence continuamente opresiva y no se sentía proclive a la comprensión.

Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil. Acababan de sentarse a cenar en una sala diminuta en el primer piso de una posada georgiana. En la habitación contigua, visible a través de la puerta abierta, había una cama de cuatro columnas, bastante estrecha, cuyo cobertor era de un blanco inmaculado y de una tersura asombrosa, como alisado por una mano no humana.

A diferencia de algunos de los chicos de la escuela, él no aborrecía su casa y a su familia. Asumía como un hecho los cuartos pequeños y su miseria, y no se avergonzaba de su madre. Simplemente estaba impaciente de que su vida, la historia real, empezara, y tal como eran las cosas no podría empezar hasta que hubiera aprobado los exámenes. Por tanto, trabajó de firme y presentó buenos trabajos, especialmente en historia. Era deferente con sus hermanas y con sus padres, y seguía soñando con el día en que abandonaría la casa de Turville Heath. Pero en un sentido ya la había abandonado.

Sabía también que su conducta era lamentable. Para sobrevivir, para escapar de un trance horroroso, tenía que huir hacia delante y obligarse al paso siguiente, dando la impresión errónea de que ella misma lo anhelaba.
El acto final no se podía posponer indefinidamente. El momento salía a su encuentro justo cuando ella avanzaba insensatamente hacia él. Estaba atrapada en un juego cuyas reglas no podía cuestionar. No podía huir de la lógica que la había inducido a llevar, o a remolcar, a Edward a través de la habitación hacia la puerta abierta del dormitorio y la cama estrecha de cuatro columnas y el terso cobertor blanco.

Y tenían muchos planes, planes alocados, que se amontonaban en el futuro nebuloso, tan intrincadamente enredados y tan hermosos como la flora estival de la costa de Dorset. Dónde y cómo vivirían, quiénes serían sus amigos íntimos, el trabajo de Edward en la empresa del padre de Florence, la carrera musical de Florence y lo que haría con el dinero que le había dado su padre, y lo distintos que serían de otras personas, al menos interiormente.

Hacía todo lo posible para impedir que se le tensara un músculo de la pierna, pero era algo ajeno a su voluntad, actuaba sin su permiso, tan inevitable y poderoso como un estornudo. Aquella pérfida franja de músculo no le dolió al contraerse en un leve espasmo, pero sintió que la estaba delatando, dando la primera indicación de la gravedad de su problema.

Al igual que sus hermanas, se habituó al hecho ordinario del trastorno materno. Ella era una figura fantasmal, un duendecillo descarnado y tierno, con el pelo castaño revuelto, que deambulaba por la casa del mismo modo que transitaba por la infancia de sus hijos, a veces comunicativa e incluso afectuosa, y otras veces absorta en sus aficiones y proyectos.

Era todavía la época —concluiría más adelante, en aquel famoso decenio— en que ser joven era un obstáculo social, un signo de insignificancia, un estado algo vergonzoso cuya curación iniciaba el matrimonio. Casi desconocidos, se hallaban extrañamente juntos en una nueva cumbre de la existencia, jubilosos de que su nueva situación prometiera liberarles de la juventud interminable.

Al entrar en el dormitorio, se había zambullido en un estado de malestar y ensueño que la entorpecía como un traje de buceo antiguo en agua profunda. Sus pensamientos no parecían suyos: se los insuflaban, sustituyendo al oxígeno.

¿Y qué se interponía entre ellos? Su personalidad y su pasado respectivos, su ignorancia y temor, su timidez, su aprensión, la falta de un derecho o de experiencia o desenvoltura, la parte final de una prohibición religiosa, su condición de ingleses y su clase social, y la historia misma. Poca cosa en definitiva.

La píldora era un rumor en los periódicos, una promesa ridícula, otro de los cuentos chinos que llegaban de América. Los blues que había escuchado en el Hundred Club sugerían a Edward que a su alrededor, fuera de la vista, hombres de su edad llevaban una vida sexual explosiva e incansable, llena de gratificaciones de todo tipo. La música pop era insulsa y todavía evasiva sobre el tema, el cine era un poco más explícito, pero en el círculo de Edward los hombres tenían que conformarse con contar chistes verdes, molestas bravuconadas sexuales y la camaradería bulliciosa desatada por excesos alcohólicos que reducían aún más las posibilidades de conocer a una chica.

Era una simulación que les reconfortaba a todos. Cuando Marjorie anunciaba que estaba haciendo la lista de la compra para el mercado de Watlington, o que tenía toneladas de sábanas por planchar, un mundo paralelo de radiante normalidad surgía al alcance de toda la familia. Pero la única manera de mantener la fantasía era no mencionarla. Se acostumbraron a ella, viviendo neutralmente en sus absurdidades porque nunca las definían.

Por primera vez, su amor por Edward estuvo asociado a una definible sensación física, tan irrefutable como un vértigo. Antes sólo había conocido un caldo reconfortante de emociones cálidas, un espeso manto invernal de bondad y confianza. Aquello le había parecido suficiente, un logro en sí mismo. Ahora despuntaban por fin los albores del deseo, preciso y ajeno, pero claramente suyo; y, más allá, como suspendido encima y detrás de ella, justo fuera del alcance de su vista, estaba el alivio de ser igual que todo el mundo.

Siempre que una chica del grupo empezaba a salir asiduamente con otro estudiante, se esfumaba socialmente, igual que los amigos futbolistas de Edward. Era como si la joven hubiese ingresado en un convento. Puesto que no parecía posible salir con un chico y conservar las antiguas amistades, Florence prefería quedarse con su grupo de la residencia. Le gustaban las bromas, la intimidad, la deferencia, la forma en que las chicas festejaban los cumpleaños de las otras y la dulzura con que trajinaban con teteras, mantas y frutas si atrapabas una gripe. A Florence sus años de estudio le parecieron la libertad.

Después de varios días de lluvia, enrarecía el aire la abundancia del verano incipiente, el fragor de pájaros e insectos, la fragancia de la hierba segada y acostada en hileras en el prado delante de la casa, la pujante y ansiosa maraña del jardín, casi inseparable del lindero del bosque al otro lado de la cerca, el polen que deparaba al padre y al hijo el primer atisbo de la fiebre del heno y, en el césped a sus pies, losetas de luz de sol y sombra meciéndose juntas en la brisa ligera.

Le vio acercarse caminando por la playa, una forma que al principio sólo era una mancha añil contra los guijarros que se oscurecían, y que a veces parecía inmóvil, contornos que destellaban y se disolvían, y otras veces súbitamente más próxima, como una pieza de ajedrez adelantada unas cuantas casillas hacia ella.

A su modo de ver, no existían palabras para expresar lo que había ocurrido, no existía un lenguaje común con el cual dos adultos cuerdos pudieran describirse aquellos sucesos. Y discutir al respecto rebasaba aún más los límites de su imaginación. No había discusión posible. Ella no quería pensar en el asunto, y confiaba en que él opinara lo mismo. Pero ¿de qué otra cosa hablarían? ¿Por qué, si no, estaban los dos allí? La cuestión entre ellos se extendía sólida como una característica geográfica, una montaña, un cabo. Innombrable, ineludible.

Pero él guardó un frío y ofendido silencio en el atardecer de verano y observó la premura con que ella recorría la orilla y cómo las olitas que rompían acallaban el sonido del avance trabajoso de Florence hasta que sólo fue un punto borroso y decreciente contra la inmensa vía recta de guijarros relucientes a la luz pálida.


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