viernes, 30 de mayo de 2014

"¡Melisande! ¿Qué son los sueños?" de Hillel Halkin



Tengo miedo, Mellie.
Cogeremos un taxi hasta mi casa. Le he pedido a una mujer que ponga un poco de orden en casa y voy a llenar la nevera. Te enseñaré dónde está todo y me trasladaré a la cabaña. Antes de eso, te entregaré este libro. Lo empecé el mismo día en que recibí tu primera carta.

¿Recuerdas, Mellie? ¿La cabaña junto al estanque, el agua fría, helada, nuestros cuerpos desnudos calentándose al amor del fuego?
Vimos el sol ocultarse tras el estanque. Los árboles otoñales se reflejaban en las aguas. Crecían boca abajo, los troncos titilantes descendiendo hacia las ramas. Dijiste:
—Es un mundo de hadas. ¿Tú crees que sigue habiendo ninfas y ondinas ahí abajo?
—Es fácil entender por qué la gente creía en ellas —dije yo.
—Sí —dijiste tú—. Eran jóvenes e insensatos. Ahora, hasta las ondinas son viejas y sabias. Miran hacia arriba, hacia el reflejo de los árboles en el cielo, y dicen: «Es fácil entender por qué una vez creímos en seres terrenales».

Era la segunda vez que visitaba París. La primera fue tras graduarme en Harvard, el verano que siguió a mi ruptura con Robin. Entonces cogí un tren nocturno desde Florencia y llegué a la Gare de Bercy, era una de esas mañanas grises y neblinosas en las que París se abrigaba con un chal contra el frío del alba.

Tout est possible! Yo tenía veintiún años y acababa de alejar de mí a una chica que me amaba más de lo que yo merecía y durante aquellas semanas en París nada me parecía posible. Nunca había estado tan solo en toda mi vida y mi soledad, que se me representaba como un justo castigo, poseía una lacerante dulzura. Y, por si fuera poco, me había enamorado de una ciudad que nunca me amaría y a cuya belleza cruel nada le importaba yo.

Mellie:
Cuando estábamos en el instituto, creía que no me bastaría con vivir una sola vida. Quería hacer un millón de cosas, amar a un millón de mujeres. Quería vivir mil vidas.
Ahora, incluso mil me parecen pocas. No porque todavía quiera amar a un millón de mujeres sino porque quiero amarte un millón de veces.
Si solo tuviéramos una vida juntos, la viviría junto a ti jubilosamente, aunque me gustaría que fueran más. Si viviéramos diez vidas, o cien, seguiría queriendo más. Si tú y yo naciéramos una y otra vez, querría que naciéramos siempre siendo tú y yo, para que todas las veces pudiéramos estar juntos de nuevo. Si tras mil vidas contigo me dijeran que estaba viviendo por última vez, me sentiría timado, pero si tuviera que elegir entre vivir una vida contigo y vivir mil vidas sin ti, elegiría esa única vida, independientemente de lo corta que fuera. Lo elegiría ahora y siempre.
Hoo

¡Ay, amor mío! ¿Cuándo se convirtió nuestro amor en una jaula en la que no hacemos más que desgarrarnos una y otra vez? Aun así, mientras sostengo este libro entre las manos, sé que no existe temple de las emociones ni cansancio del alma en los que Van Gogh no fuera capaz de penetrar al instante; que siempre estará ahí para limpiarme los ojos y el corazón cuando estén encostrados por el hollín del tiempo.

Te lo conté. Te lo conté como un sospechoso que se derrumba con la primera pregunta. Te lo conté como un criminal convencido de que puede librarse del crimen cometido, y que de repente llega corriendo con las pruebas que lo condenarán. Te lo conté como un mentiroso cuyo talento para la mentira lo ha abandonado de golpe.

Me encantaba ver cómo te vestías. Lo último que hacías era recogerte el pelo en una trenza. Sostenías la larga trenza en tu mano, viva y sinuosa, debatiéndote entre cuál de tus lazos de colores utilizarías para sujetarla, como una encantadora de serpientes.
Me encantaba verte preparar el desayuno, metiendo el pan en la tostadora mientras dabas vuelta al beicon en la sartén y preparabas la pasta de cacao en nuestras tazas, justo a tiempo para pescar la leche que espumeaba en el cazo.
Me encantaba verte cocinar cosas que nunca había comido: higadillos de pollo salteados al jerez, calamares con salsa de eneldo y limón, quiches, crème brûlée. Siempre que me tropezaba contigo en la diminuta cocina tenías algo para mi boca: una cucharada de gazpacho, una galleta salada untada en guacamole, un beso con sabor a vinagreta.

Me imaginaba la lluvia cayendo sin cesar, sin cesar, como cae en los días grises de verano. Gotea de las nubes, de los tejados, de los árboles. Cuando por fin sale el sol, cada una de las gotas que cuelga de una rama es un pequeño arcoíris condensado.

Solo te ama aquel que ama tu alma.


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