lunes, 23 de junio de 2014

"Tenemos que hablar de Kevin" de Lionel Shriver



Querido Franklin,
No estoy segura de por qué un incidente sin importancia esta tarde me ha impulsado a escribirte. Pero, puesto que estamos separados, tal vez sea que ahora te echo más de menos al llegar a casa para contarte las curiosidades de mi jornada, tal como el gato podría dejar unos ratones a tus pies: la pequeña y humilde ofrenda que se hacen las parejas tras un día de haber estado cazando en patios separados.

Todo es precario aquí. La empinada escalera que lleva al segundo piso carece de barandilla, con lo que mi ascensión para irme a la cama por las noches, después de haber bebido tres copas de vino, se ve un tanto excitada por el efecto del vértigo. Los suelos crujen y los marcos de las ventanas no encajan todo lo bien que deberían, de manera que todo tiene un aire de fragilidad, de ser poco fiable, como si en cualquier momento la estructura entera del edificio pudiera, simplemente, desvanecerse como una mala idea.

He declinado, un par de veces, las pocas invitaciones que aún me llegan por teléfono, usualmente de amigos del extranjero que me envían emails de vez en cuando, pero a los que llevo años sin ver. En especial, si ellos no saben nada, cosa de la que siempre me doy cuenta: los inocentes muestran siempre ganas de juerga, en tanto que los que ya están al corriente del asunto comienzan con un tartamudeo deferente y entre murmullos, con un tono que parece de conversación en el interior de una iglesia.

Cada mañana me despierto pensando en lo que hizo, y con el mismo pensamiento me voy a la cama cada noche. Este pensamiento es mi pobre sustitutivo del marido que ahora me falta.

Tenía que dejar de cortar manzanas en la tabla de la cocina para hacer una tarta, porque un velo de lágrimas cubría mis ojos, y la cocina se había vuelto líquida y ondulante, y, si seguía cortando, acabaría cortándome. Siempre me chillabas cuando me cortaba, pues era algo que te ponía furioso, y la irracionalidad de aquella ira tuya me inducía a cortarme de nuevo.

Yo nunca, nunca, di por sentado que me pertenecías. Nos conocimos demasiado tarde para eso. Yo tenía treinta y tres años entonces. Y mi pasado sin ti era demasiado fuerte e insistente para hacerme considerar una cosa normal el milagro de la compañía. Pero después de haber sobrevivido tanto tiempo con las migajas de mi propia mesa emocional, me viciaste con un banquete diario de miraditas cómplices en las fiestas, de ramos de flores por sorpresa, sin ningún motivo especial, y de notitas fijadas con imanes en la nevera, que firmabas siempre «XXXX, Franklin». Llegué a sentir avidez por todas esas cosas. Y, como cualquier adicto, quería siempre más.

No hace falta que te diga que iba pensando en ti mientras conducía hacia aquí. A manera de contrapunto, trataba de recordar la clase de hombre que, antes de que nos conociéramos, pensaba que acabaría encontrando. Aquella representación mental estaba formada, sin duda, por fragmentos de las imágenes de los novietes que me había ido echando durante mis andanzas, y de los que tanto te habías choteado. Algunos de mis enamorados eran muy sentimentales, aunque, cuando una mujer emplea el adjetivo sentimental para describir a un hombre, la relación está condenada al fracaso

Mis vecinos me miran ahora con la misma suspicacia que reservan para los inmigrantes ilegales. Buscan a tientas sus palabras y me hablan con una deliberación exagerada, como si fuera una mujer para la que el inglés es una segunda lengua.

En cuanto a la decoración del interior, me sugiere cierta actitud burlona que me parece muy adecuada. La planta inferior está pintada chapuceramente de un amarillo rabioso y desagradable, a base de torpes brochazos que no llegan a cubrir por completo la anterior pintura blanca, que reaparece como si se tratara de rayas trazadas con tiza. En el piso de arriba, en mi dormitorio, las paredes han sido pintadas torpemente de color azulverdoso por un aficionado que utilizó una esponja, y el conjunto recuerda los chafarrinones de un estudiante de primaria. No es posible sentir esta vacilante casita como una casa real, Franklin... Y yo tampoco me siento real dentro de ella.

Lo que la gente dice que no tiene importancia es, a menudo, tan significativo como lo que dice cuando bromea.

Desde entonces he aprendido que no se deben atesorar las tragedias. Que sólo los no tocados por ellas, los bien alimentados y los satisfechos pueden codiciar el sufrimiento como si fuera una prenda de diseñador. Estoy dispuesta a donar mi historia al Ejército de Salvación para que se la lleve cualquier otra mujer desaliñada necesitada de poner algo de color en su vida.

Todos los vecinos te ensalzan por tu resignación al jugar lo mejor posible las cartas que te ha repartido la Vida, por la madurez conseguida a fuerza de puñetazos con que te enfrentas a golpes que dejarían anonadados a otros de nuestra misma raza y clase social. Deseabas desesperadamente lanzarte al asunto ese de la paternidad, ¿verdad? Como tirarte al mar desde un acantilado o arrojarte a una pira. ¿Tan insoportable, tan vacía, te resultaba nuestra vida en común?

Tenemos una idea clara de la actitud que se espera de nosotros en determinadas situaciones, así como de que, a veces, incluso se confía en que iremos más allá de lo que cabría esperar. Son verdaderas exigencias. Algunas resultan nimias: si nos dan una fiesta por sorpresa, nos mostraremos gratamente sorprendidos. Pero otras son importantes: si muere uno de nuestros padres, tendremos que sentir un gran pesar. Sin embargo, al mismo tiempo, puede embargarnos el íntimo temor de no estar a la altura de esas expectativas cuando llegue el momento decisivo. De que recibamos, por ejemplo, la fatal llamada telefónica que nos anuncia la muerte de nuestra madre y no sintamos nada. Me pregunto si ese silencioso e inexpresable temor no será más agudo aún que el miedo a que nos den una mala noticia, si lo que tememos de veras no será descubrir que somos unos monstruos.

Pero guardar secretos es una disciplina. Nunca me consideré buena mentirosa, pero, tras haber adquirido cierta práctica, adopté el credo del prevaricador de que, más que inventarte mentiras, te casas con ellas. No está bien traer al mundo una buena mentira y abandonarla luego caprichosamente; al igual que toda relación que implica un compromiso, debe ser mantenida, y con mucha mayor devoción que la propia verdad, que tiene la cualidad de ser verdadera de por sí, sin necesidad de ayuda. Mi mentira, por el contrario, me necesitaba tanto como yo a ella, y por eso exigía la constancia del vínculo matrimonial: hasta que la muerte nos separe.

Es posible que hubiera podido modificar mis inclinaciones innatas para incluir en ellas la esperanza, nada irracional por otra parte, de que, cuando me quedara embarazada, sentiría algo; algo agradable, incluso. Pero hubiera tenido que cambiar demasiado. Nunca me ha gustado ni pizca ser como los demás. Y, aunque la doctora Rhinestein me brindó lo de la depresión posparto como si se tratara de un regalo, convencida, al parecer, de que el mero hecho de que te digan que eres una desgraciada ha de animarte, yo no pago a los profesionales para que me vengan con obviedades, con simples descripciones. Aquello, más que un diagnóstico, era una mera tautología: me sentía deprimida después de nacer Kevin porque su nacimiento me había deprimido. ¡Gracias por tan brillante explicación!

Pero Kevin me deprimía, y mucho. Observa que digo Kevin, y no el bebé. Desde el principio, ese niño fue un individuo singular para mí. Mientras que tú solías preguntarme ¿Cómo está el pequeño?, o ¿Cómo está mi niño?, o ¿Dónde está el bebé?, para mí nunca fue «el bebé». Era un individuo singular, y notablemente astuto, por cierto, que había venido para quedarse con nosotros y tenía la característica de ser muy pequeño.

No había decidido todavía cómo quería que me llamara nuestro hijo. Mami sonaba demasiado infantil. Mama, un tanto vulgar. Mamaíta, servil. Mamá era lo que decían las muñecas que hablaban. Mamuchi sonaba artificioso, pese a su toque ingenuo. Madre era demasiado formal para 1986. Mirando hacia atrás, me pregunto si mi reticencia a ser llamada con cualquiera de las formas populares de designar a una madre no obedecería a que no me gustaba..., bueno, a que aún no me había hecho a la idea de ser madre.

No caen bien las madres que no muestran afecto por sus hijos. Bien es verdad que a mí tampoco me caen bien esas madres…

—Siempre es culpa de la madre, ¿no? —dijo en voz baja al tiempo que recogía su abrigo—. El muchacho fue por el mal camino porque su madre era borracha, o drogadicta. O porque nunca estaba en casa cuando volvía de la escuela. Nadie acusará a su padre de borracho, o de no estar en casa cuando su hijo volvía de la escuela. Y nadie dice, jamás, que algunos chicos, sencillamente, son malos por naturaleza. No se crea esas bobadas. No permita que le carguen todas esas muertes.

Mientras nos disponíamos a aterrizar en el aeropuerto Kennedy, rebosaba de determinación, optimismo y buena voluntad. Pero, al mirar hacia atrás, no puedo menos que reconocer que cuando más intenso era el amor que despertaba en mí nuestro hijo, era cuando no lo tenía delante.