domingo, 6 de abril de 2014

"Mercado de Barceló" de Almudena Grandes



Tac, tac, tac. A las seis de la mañana, Madrid no ha empezado a ser Madrid, y puede ser cualquier otra ciudad, y hasta una ciudad distinta en cada esquina. A las seis de la mañana, todas las ciudades viven un tiempo falso de penumbra blanca y sombras equívocas, de taconeos perfectos, ausentes, de figurantes furtivos envueltos en un abrigo oscuro, de esas películas rodadas en color con la imposible nostalgia del viejo blanco y negro.

El mercado no termina allá donde sus puertas parecen sugerirlo. Como otros edificios grandes y singulares que se alzan con el protagonismo en sus respectivos barrios, él también ha ido configurando poco a poco su paisaje más inmediato hasta convertir las calles que lo rodean en una peculiar zona de influencia. Si las grandes estaciones ferroviarias hacen florecer hoteles y pensiones, si el Museo del Prado siembra tiendas de souvenirs y la Puerta del Sol despachos de lotería, mi mercado, aunque en horizontes mucho más modestos, sale también de sí mismo para ejercer una autoridad simbólica sobre el comercio de los alrededores. El resultado haría las delicias de cualquier hipotético sociólogo empeñado en tipificar las necesidades y las aspiraciones del modelo de mujer consumidora de clase media, que puede abastecerse aquí de todo lo necesario para triunfar en su doble y acrisolada vertiente de ama de casa ejemplar y seductora congénita.

Hoy, los ojos de la pescadera son como una selva oscura y misteriosa, un paisaje africano de verdes intensísimos y marrones dorados, un prodigio de equilibrada audacia. Cada vez que la veo, me pregunto a que hora se levantará, cuanto tiempo invertirá en la calculada ceremonia de su embellecimiento, qué factores la empujarán mañana a cambiar de paleta, a escoger otros tonos, tal vez los blancos y los grises que instalan en sus párpados un nevado horizonte de fiordos helados, destellos de un brillo líquido, metálico, frío y distante como la lujosa piel de las merluzas.

Él todavía no se ha dado cuenta.
Es un hombre joven, pero no tanto, de unos treinta y cinco años, quizás algunos menos o incluso alguno más. Da lo mismo. Es un hombre alto, pero no tanto, un metro ocheta y dos, tal vez ochenta y cinco, calculo tras echarle un vistazo a mis tacones. Da lo mismo. Es un hombre atlético, pero no tanto, porque una americana de la talla 52, a lo mejor de la 54, que le favorece mucho a sus espaldas, deja entrever, a la altura de su abdomen, un cierto cansancio que en la mayoría de los hombres se llama barriga, pero que en él no me atrevería a calificar sino como el fruto de su experiencia. Eso, por supuesto, daría también lo mismo si esa pequeña y ambigua imperfección no sirviera para hacerle consoladoramente humano.

En una buena mañana de resaca se puede hacer cualquier cosa menos escribir, porque ese verbo abandona entonces su campo semántico habitual para definir un peculiar estado de incomprensión entre el teclado de un ordenador y la imaginación desperdigada de quien lo no logra ni sujetarla ni acertar a apretar ninguna tecla.

El límite último de la desesperación es un yogur descremado. Lo sé porque en el tercer puesto donde pregunto por ellos, la dependienta, muy flaca pero muy, muy simpática, me desanima con una sonrisa, sin tomarse el trabajo de escudriñar un armario frigorífico donde la plenitud de las baldas ricas en calorías se alterna con el desierto absoluto de las promesas dietéticas. En el mercado, a estas alturas de junio, no queda ni un sólo yogur descremado, ni sólido, ni líquido, ni con trocitos, ni sin trocitos, ni en tarro de cristal, ni con bífidus, ni por compasión. Mientras miro a mi alrededor, sin advertir progreso alguno, por cierto, en las siluetas que me rodean, pienso que los condenados a vivir en un régimen de régimen perpetuo deberíamos tener derecho a abono, o contar al menos con la complicidad de los proveedores. Ellos podrían guardar algunas unidades debajo del mostrador, hacernos un gesto discreto para indicarnos que esperemos hasta que se despeje el pasillo, meter los tarritos en una bolsa de papel opaco, y entregárnoslos por la puerta de atrás, como si fueran pornografía, droga o libros prohibidos en una dictadura. Cuando se lo cuento, la dependienta simpática se echa a reir, y hasta me promete que se lo pensará.

El delantal de la dueña de la casquería es el más blanco y el más bonito de todos. El monótono desfile de mandiles de lona, de un color imprecisamente oscuro y el aspecto amorfo que tendría un pedazo de tela cualquiera atado con un cordón alrededor del cuello, se interrumpe luminosamente en el festón que recorre su pechera, albergando en cada onda un ramito de flores bordado en un hilo muy claro. No se como conseguirá darle ese aspecto de camisa de bebé, de lienzo de iglesia, de cuello almidonado de los de antes, pero en la distancia que imponen las vísceras, la delicadeza de ese tejido inmaculado transmite una serenidad diaria y placentera, como el sabor que tenía el pan con chocolate a la vuelta del colegio.

La tienda de los frutos secos demuestra que la felicidad existe y que se puede paladear lentamente, fraccionada en unidades de alegría portátil hasta donde la sabiduría del comprador sea capaz de estirar una simple moneda de veinte duros. Los críos los saben y por eso se toman su tiempo para recorrer una y otra vez las paredes de vitrinas cuadradas, transparentes, profundas, que revientan de pipas, de nueces, de kikos, de almendras, de caramelos de todos los tamaños, de todas las texturas, de todos los sabores, rellenos, sólidos, blandos, duros, empalagosos, ácidos, desnudos o cubiertos de papel. A veces se detienen en seco, parecen decidirse, plantan las dos manos encima del cristal, palpan el futuro con la yema de sus dedos y la experta codicia de un ladrón de cajas fuertes, vacilan, titubean, y continúan moviéndose con pasos torpes, desorientados, como si tanta riqueza, multiplicada hasta el infinito por el espejo que recubre la única pared libre del local, les embriagara hasta proyectarlos más allá de su primera borrachera.

La nostalgia es una amiga tramposa. Cuando las estaciones se escurren entre los dedos, es posible llegar a echar de menos cualquier cosa, y de esa regla no se escapan ni siquiera los veranos.

Era muy tarde, tanto que antes de ganar el último peldaño de la escalera, escuché a mis espaldas el sonido inequívoco de los cierres metálicos. Un guardia de seguridad cerraba la puerta por la que yo acababa de entrar, y por más que supiera que otra permanecería abierta hasta que el último rezagado abandonara el edificio, aquel chirrido histérico, enervante, trasladó mi conciencia a un impreciso estado de alerta. Existen pocas imágenes tan inquietantes como la de una puerta que se cierra.

Las buenas mañanas de resaca tienen esquinas blandas, redondeadas, y una consistencia gelatinosa pero amable, que en ningún momento se desplaza hacia la viscosidad. El criterio principal a la hora de distinguir una buena mañana de resaca de una mala reside en la transparencia. Desde luego, hay que tener en cuenta otros factores, la calidad del alcohol, y la de las palabras, la frecuencia de las bromas y las risas, y el grado exacto de finura del propio ingenio, ese lápiz que se afila contra la punta del ingenio ajeno y que alarga las noches más felices hasta el presentimiento del amanecer más luminoso.

Me recuerdo a mí misma recordando el olor de los laureles, la lenta marcha de las procesionarias de los pinos, el tacto pegajoso de las hojas de jara, y la vida deteniéndose en el primer chapuzón como en el dolor de un abrazo de agujas, la helada sonrisa del agua de las piscinas que acaban de llenarse con el agua que baja de Navacerrada, un recuerdo que sólo ascendía a la superior condición de las certezas cuando mis pies habían despegado ya del trampolín. Entonces me sorprendía de la poderosa terquedad de mi memoria, su determinación a recordar a toda costa.

Mientras me resigno al filete a la plancha con ensalada, que no es que esté mal, pero a estas alturas de mi vida, cuando debo ir ya por la edición tres mil y pico, guarda pocas sorpresas para mí, pienso en San Agustín, en Santo Tomás de Aquino y hasta en Torquemada, y calculo que estarán contentos, porque al fin y al cabo, y contra todo pronóstico, han logrado triunfar en los albores del tercer milenio. ¿Quién recuerda ya la revolución sexual de los años sesenta? Sida mediante, y con la ayuda inestimable de Calvin Klein, hemos vuelto a vivir en nuestro cuerpo como en una cárcel. Porque somos idiotas, me digo, y yo la primera, antes de decidir que hoy la ensalada va a ser sólo de lechuga.

Nos duele envejecer, pero resulta más difícil aún comprender que se ama sólamente aquello que envejece.

La ciudad de septiembre tiene gesto de amante despechada. Llego, la miro, recorro las calles que siempre han sido mías, o quizás esas calles que siempre me han tenido, y ella hace como que no me ve. En cada paso siento su desdén, la fingida indiferencia de una brisa, veraniega todavía bajo las primeras luces del otoño, que parece murmurar, tú te lo has perdido, te lo has perdido, perdido, perdido, perdido…

El otoño comenzará de verdad una mañana cualquiera, cuando vaya al mercado pensando en otro cosa, y después de saludar al carnicero y pedirle los filetes con los que ya contaba, me encuentre diciéndome a mí misma que sí, que por qué no, que ya va siendo tiempo. Medio kilo de morcillo, una punta de jamón y dos huesos, uno de caña y otro de rodilla ahora que las vacas han recuperado la cordura, no pesan mucho, y dejan sitio para un cuarto de puerros, otro de zanahorias, un par de cebollas, unas ramas de apio y un nabo. Así, en una simple bolsa de plástico, el otoño volverá a la ciudad, y yo a mi casa. Del mercado hasta el portal, el aire me arrullará con una nana dulce, antigua, y nada podrá ya sorprenderme. Unas horas más tarde, el primer caldo de la temporada nos habrá puesto a las dos, a mí y a la ciudad, en nuestro sitio.

Octubre se acomoda en la estrecha frontera que separa la placidez de la monotonía. Es un mes templado, y por tanto ambiguo, equidistante del estruendoso crujir de celofanes de septiembre, cuando tantas cosas simulan empezar de nuevo y pocas empiezan de verdad, y de la blancura irreprochable de las madrugadas de noviembre, ese mes traidor que instala el invierno en el supuesto corazón del otoño.

Hay personas que cuentan su vida con la misma naturalidad con la que otros consultamos el reloj cuando llevamos prisa, o nos levantamos las solapas del abrigo para cruzar de acera en las noches de viento. Quizás Baudelaire pensaba en ellos al escribir que cualquier recién llegado tiene derecho a contar su vida al menos una vez, y quizás también sea cierto que hoy, en las grandes ciudades, la gente está más sola de lo que estuvo nunca en ninguna parte. Pero yo prefiero asignar otra condición a estas esporádicas confesiones, que me obligan a mirar de frente a la realidad que es, la que existe verdaderamente, sin aderezos virtuales, ni soportes tridimensionales, ni interpretaciones sociológicas. Una realidad que se va fabricando con retazos de las historias de esa gente que habla consigo misma mientras finge hablar con un desconocido.

Cuando mi cuerpo protesta de la despiadada avaricia de los termómetros atizando esa chimenea interior que se desace en humo al borde de mis labios, a veces pienso que, si yo fuera Dios, el año entero sería un caluroso y larguísimo verano. Pero la poesía tiene que servir para algo, y es ella quien me reconcilia con la humana modestia de mi naturaleza al presentir el milagro machadiano de esa primera, humilde fresa, que se basta con su insignificancia para desarbolar al gigante de los meses oscuros. La condición del futuro es la esperanza.

Si a estas alturas algún lector se ha apresurado a abandonarse a una nostalgia fulminante y precoz, querría en primer lugar darle las gracias, y después tranquilizarle. No me voy, sólo me mudo. Y tampoco voy a cambiar mucho, ya me conocen. Otra voz, otros personajes, otros escenarios. Y la vida.
O eso espero.