viernes, 21 de marzo de 2014

"Basil" de Wilkie Collins



¿Qué es lo que estoy a punto de escribir?
La historia de los sucesos que tuvieron lugar en poco más de un año, uno solo de los veinticuatro que ha durado hasta hoy mi vida.
¿Por qué emprendo una tarea como ésta?
Puede ser que por pensar que mi narración tal vez sirva para hacer el bien; puede ser que porque aspiro a que un buen día tal vez se le pueda dar uso a manera de advertencia. Estoy ahora a punto de relatar la historia de un error inocente en sus comienzos, culpable en su desarrollo, fatal en su desenlace; de buena gana persistiría en la esperanza de que mi relato, sencillo y fiel, ponga de manifiesto que este error no fue cometido del todo sin alguna excusa.

Tenía una sonrisa notabilísima por la dulzura que podía transmitir; era casi como la sonrisa de una mujer. Al hablar, también le temblaban a menudo los labios, como a las mujeres. Si alguna vez rió cuando era joven, su risa tuvo que ser muy clara y musical; sin embargo, desde que me alcanza la memoria, yo nunca le oí reír. En sus momentos más felices, en la compañía más alegre, a lo sumo le he visto sonreír.

Cuando a los ciegos se les opera para devolverles la facultad de la vista, la misma mano que los socorre y les abre los ojos al mundo visible cierra de inmediato la brillante perspectiva de que disponen entonces, al menos por un tiempo. Sobre esos ojos recién intervenidos se coloca un vendaje, no sea que debido a la debilidad que afecta al órgano por el sentido recién recobrado quede éste fatalmente dañado por culpa de la súbita transición de las tinieblas a la luz. Ahora bien, entre el espantoso vacío de la privación absoluta de la visión y ese vacío provisional en que se sume la visión, por el momento velada, se produce una diferencia abismal. En el instante de su recuperación, los ciegos ven un atisbo de luz, un relámpago generado por una brillantez que centellea con una fuerza inmensa y que ni siquiera podría suprimir el velo más espeso, el más prieto. Las tinieblas en que se sumen de nuevo no son en modo alguno como las vacuas tinieblas de antaño; al contrario, se llenan de visiones cambiantes, de brillantes colores, de formas que no cesan de variar, de surgir y caer, de arremolinarse por todas partes a cada segundo que pasa. Incluso cuando esa fina gasa es colocada sobre los ojos que fueron antes invidentes, ahora ya no son ciegos como lo fueron antes.

Cuando una familia posee tierras y otras propiedades en abundancia, es el miembro de dicha familia a quien menos interesa la hacienda, el menos afecto por la casa, el menos relacionado por pura simpatía con sus parientes, el menos propenso a aprender en qué consiste el cumplimiento de sus deberes, el menos dado a admitir sus propias responsabilidades, el que con frecuencia ha de hacerse cargo de la herencia familiar: el primogénito.

Sus palabras más leves y sus actos más comunes eran capaces de interesar y deleitar por igual al que estuviera en esa situación, sin que llegase a saber por qué. Había gran belleza en su sencillez sin pretensiones, en su natural —exquisitamente natural— amabilidad de corazón, de palabra y de trato, que hacía prevalecer sobre uno su propia influencia discreta, a pesar de las influencias rivales, sean cuales fueran. La echabas de menos y pensabas en ella cuando acababas de abandonar la compañía de las mujeres más hermosas y brillantes.

Son pocos los hombres que no pasan en secreto por algunos momentos de intenso sentimiento, momentos en que, en medio de las desdichadas trivialidades e hipocresías de la sociedad moderna, se les presenta mentalmente la imagen de una mujer pura, inocente, generosa, sincera; una mujer cuyas emociones sigan siendo cálidas, capaces de causar impresión, y cuyos afectos y cuya simpatía puedan aún traslucir en sus actos y así dar color a sus pensamientos; una mujer en la cual podamos depositar una fe y una confianza tan plenas como si aún fuéramos niños, a la cual desesperamos de hallar cerca de las endurecedoras influencias de este mundo, a la cual a duras penas nos aventuramos a buscar, salvo en aquellos lugares solitarios y alejados, en el campo, en pequeños y recónditos altares rurales, al margen de la sociedad, entre bosques y cultivos, en cerros desiertos y lejanos. Cuando alguna mujer por casualidad cumple, o se queda muy cerca de cumplir las expectativas de una imagen como ésta, posee esa influencia universal a la que no hay rivalidad que se acerque.

Entre las obras de la vida oculta que trabaja en nuestro interior, y que a buen seguro experimentamos, aun cuando no podamos explicarlas, ¿existe alguna más digna de nota que esas misteriosas influencias morales que de continuo ejerce un ser humano sobre otro, ya sea por atracción, ya por repulsión? En los más sencillos asuntos de esta vida, así como en los más cruciales, ¡qué sorprendente, qué irresistible es el poder de esas influencias!

De todos los placeres que un hombre encuentra en el trato con una mujer a la que ama, ¿habrá uno solo que exceda, que iguale incluso el placer que procura leer con ella un mismo libro? ¿En qué otra ocasión dura tanto la dulce familiaridad de la más dulce de las compañías, sin llegar a empalagar, y en qué otra ocupación puede pasar una y otra vez esa dulzura, tan delicada, tan inagotable, entre ella y uno mismo? ¿Cuándo se encuentra tu rostro de modo tan constante junto al suyo? ¿Cuándo, sino entonces, pueden mezclarse sus cabellos con los tuyos, tocar su mejilla la tuya, mirar tus ojos los suyos? Es éste el único momento en que uno puede respirar su aliento durante horas y más horas, estar juntos, percibir hasta la menor coloración de sus mejillas, que no en vano imprime algunos cambios en la temperatura de las tuyas, y seguir hasta las más leves palpitaciones de su seno, hasta la menor gradación de sus suspiros, casi como si su corazón latiese en el tuyo, como si su vida alumbrase en la tuya. No cabe duda de que es entonces, si acaso, cuando comprendemos y casi revivimos en nosotros el amor de la primera pareja que existió en la raza humana, cuando los ángeles aún caminaban con ellos por los mismos senderos de un jardín, cuando sus corazones eran puros y desconocían la contaminación del árbol fatal.

Hay dos situaciones de emergencia en las que el hombre sabio de veras procura razonar a fondo y volver del impulso a sus principios, si bien lo intenta en vano: una es cuando una mujer le atrae por vez primera; la otra, cuando también por vez primera, esa mujer le ofende.

El nuevo amor que había en mí, la gigantesca sensación que había crecido en un solo día, era el primer amor. Hasta ese momento, mi corazón nunca se había desgarrado. Nada sabía yo de la pasión que más absorbe a la humanidad. Ninguna mujer se había interpuesto entre mis ambiciones, mis ocupaciones, mis diversiones y yo. Ninguna mujer me había inspirado jamás las sensaciones que yo sentía entonces.

A veces, mis pensamientos se deslizaban ensoñadora y voluptuosamente hacia muy atrás, hasta el día en que la conocí. A veces, recordaba las tardes de verano que pasamos juntos los dos, leyendo un mismo libro; una vez más, fue como si respirase con el aliento, como si albergara las esperanzas, como si anhelase con los viejos anhelos de aquellos tiempos. Sin embargo, estuve sobre todo pensando en el mañana. El primer sueño que tiene todo hombre joven, el sueño de vivir embelesado con la mujer a la que ama, en un lugar retirado y secreto, sagrado incluso para los amigos, y por supuesto que vedado a los desconocidos, fue en esos momentos mi sueño, sólo que además me animaba la certeza de que iba a cumplirse en pocas horas, cuando despertase a la mañana siguiente, que ya estaba al alcance de mi mano.

—La esperanza es el cayado de un amante; camina en lo sucesivo con su apoyo, y úsalo contra todo pensamiento que te lleve a desesperar.

¡Cuan rauda corría la pluma sobre el papel! ¡Con qué libertad, con qué lisura fluían mis deseos convirtiéndose en palabras, si se compara lo que del corazón brotaba con los pensamientos que la mente había dictado en aquellas otras páginas! La composición era instintiva; había dejado de ser un arte. Supe escribir con elocuencia, sin detenerme a buscar la expresión más idónea, sin tachar una sola palabra. Era lento y trabajoso ascender la cuesta al servicio de la ambición; fue en cambio rápido (demasiado rápido) rodar cuesta abajo, al servicio del amor.

Nunca se vio una sala decorada con más abundancia y que fuera tan poco acogedora como ésta. A uno le dolían los ojos de mirar en derredor; no había reposo por ninguna parte. El grabado de la reina, con un pesado marco sobredorado, cuya franja superior formaba una ostentosa corona, estaba colgado sin más acompañamiento en una de las paredes, desde la cual escrutaba la estancia con gesto ceñudo. No había ni asomo de sombra, de resguardo, de intimidad, de retiro en ninguno de los rincones, en ninguno de los recovecos de aquellas cuatro paredes que herían la vista. Todos los objetos dispuestos en derredor resultaban agresivamente cercanos a la mirada, mucho más cercanos de lo que estaban en realidad. A un hombre de inclinación nerviosa, la estancia le habría producido una intensa jaqueca en menos de un cuarto de hora.

Aún estaba mirándola cuando, como estaba sentada frente a mí y hablaba con su acompañante, nuestras miradas se encontraron. No fue más que un instante, pero la sensación que produce un instante a menudo nos proporciona un pensamiento para toda la vida, y ese mínimo instante dio vida nueva a mi corazón.