viernes, 14 de febrero de 2014

"N.P." de Banana Yoshimoto



En el juego de los cien cuentos, siempre ocurría algo cuando se terminaba de contar la historia número cien, pero fueron, sin duda, mis experiencias de aquel verano las que constituyeron esta historia número cien. Tengo la sensación de haberla vivido íntimamente. La sensación de haber sido absorbida por la intensa atmósfera del cielo del verano. Sí, todo lo ocurrido durante aquel brevísimo espacio de tiempo fue como un relato.

Nos sentíamos solas sin papá, pero aquella vida era interesante. Al vivir las tres juntas, las edades y papeles de cada una de nosotras se intercambiaban varias veces al día. Una lloraba y otra la consolaba; una se desalentaba y otra la animaba; una, cariñosa, se dejaba abrazar y otra la acogía afectuosamente en sus brazos; una se enfadaba y otra corregía sus desmanes.

Y tuve una sensación extraña. Me pareció haberlos visto ya antes muchas veces en sueños. Sin embargo, volví enseguida a la realidad, comprendiendo que, seguramente, cualquiera sentiría lo mismo al verlos.

—Cuando uno se va, la vida de los que se quedan no es muy sana, ¿verdad?
—Sí, su ausencia se sentía de una manera terrible, la de mi padre, quiero decir.
—¿No hubo momentos en los que estabais todos vosotros un poco neuróticos?
—Por supuesto que los hubo —dije—. Yo, durante un tiempo, llegué a perder la voz.
—¿A consecuencia de esto? —preguntó con profundo interés.
—Me parece que sí. Perdí la voz repentinamente y sin motivo aparente alguno y, también sin motivo, la recuperé de nuevo.
—Ya, seguro que entonces se estaba librando una lucha terrible en tu pequeño cuerpo —dijo.

Me enamoré de él cuando aún estudiaba el bachillerato. Perdidamente, con un amor que lo absorbía todo. Nos veíamos cada día, iba a su casa, le ayudaba en la traducción. El era feliz conmigo. De eso estoy segura.
Pero fui incapaz de frenar el cansancio que sentía frente a diferentes aspectos de la vida, un cansancio que venía acumulándose dentro de él, incesantemente, desde antes de conocerme. Realmente, no pude acabar de comprender aquel lado oscuro que ocupaba gran parte de su personalidad y por el cual me sentía, a la vez, fascinada. Cuando nos conocimos, fui una mariposa que voló a la estancia de su corazón, donde había una bombilla a punto de fundirse. Aunque le ofrecí consuelo, al llevar centelleos de la luz del día a la oscuridad, acabé creándole una mayor confusión.

Ya no vivimos juntas pero, cada vez que nos vemos, mamá dice sonriendo que tanto mi colocación en el departamento de literatura angloamericana, como el matrimonio de mi hermana con un extranjero se deben a ella, que nos hizo conocer la fascinación por esta lengua. Estas palabras me parecen más entrañables que cualquier otro aspecto de mamá.

Sin embargo, cada vez que oigo el viejo discurso según el cual: «El alma de los suicidas no podrá entrar en el paraíso; estará condenada a subir eternamente», siento que voy a enloquecer. Pienso: «¡Eso es mentira!», tras ver su rostro de frágil sonrisa. La sonrisa de un hombre a quien no han permitido entrar.

Fue la última vez.
La distancia, en aquel momento, entre los dos extremos del hilo telefónico, entre el lugar donde estaba Shõji y donde me encontraba yo, era más grande y tortuosa que la que existe entre el cielo y el infierno. Por más que nos quisiéramos, no pudimos jamás establecer contacto. No hubo siquiera una tentativa de comunicamos, ni los medios para hacerlo, ni capacidad alguna de percibir, ni la posibilidad de entendernos.

Su nombre, Saki, le sentaba muy bien, era como una flor. Una alegría cálida y dulce emanaba de su cuerpo. Parecía vibrar, como una hoja al viento, con los ojos bien abiertos y llenos de una risueña expectación hacia la vida.

Apenas podía tenerse en pie; parecía estar absolutamente ebrio. Llevaba los zapatos de piel completamente empapados y el paraguas estaba chorreando. Me recordó la escena de algún melodrama y, en el fondo, me divirtió.

Había oído decir que incluso a los enamorados puede sucederles algo así. Pero, entonces, aún no sabía que una cosa tan vacía pudiera existir de verdad. Creía que era una historia cruel que había acaecido mucho tiempo atrás en un mundo triste, una historia ocurrida en un desierto lejano que ya no podría pasar jamás. No, al menos, en el paraíso en el que yo vivía.

Sui permaneció en silencio, con los ojos enrojecidos mirando hacia el techo. «¿De dónde proviene tanta infelicidad?», pensé, y mi pecho se inundó a la vez de compasión y de rechazo. ¿De qué manera habría crecido? Había muchos chicos extravagantes. Pero Sui era diferente. Por el oscuro color que exhalaba, por el sentido trágico de la existencia que parecía arrastrada incluso a ella.

A veces, en los momentos difíciles, pienso: «Si mis padres no se hubieran divorciado, si no hubiera vivido sola tanto tiempo, si no hubiera recuperado la voz en aquella ocasión, si no me hubiera enamorado de Shõji... si no hubiera existido este cúmulo de experiencias, ¿sería, entonces, la auténtica yo?, ¿sería libre?».
Sólo en los momentos difíciles.

Cuando oigo pronunciar el nombre de una persona muerta, tengo la sensación de que ésta se funde con el paisaje que está frente a mis ojos. Además, en aquel momento, al oír su nombre, de repente, en un espacio abierto como aquél, los susurros de los árboles que ofrecían sombras frescas, el aire dulce del verano, denso como la niebla, la superficie del agua que brillaba levantando olas pequeñas, todo esto estaba impregnado de la presencia de Shõji.

Estaba bastante ebria. No tanto como para no poder tenerme en pie, pero sí para ver brillar el mundo a mi alrededor.

Las dos semanas que ocuparon el corazón del verano fueron un periodo muy extraño. Bajo los rayos esplendorosos de un sol que parecía eterno, muchas cosas iban madurando poco a poco. El corazón de las personas y los acontecimientos. Mientras tanto, el otoño iba aguzando sus colmillos. Y así, se tiene la ilusión de que el tiempo no transcurre hasta que, una mañana, el viento frío y el cielo alto te hacen caer en la cuenta.

Era una sensación misteriosa.
Tras conocer el amor, las separaciones, la muerte de un ser amado, a medida que pasan los años, todas las cosas que encontramos ante nuestros ojos acaban pareciendo iguales. Es imposible discernir entre el bien y el mal, entre lo mejor y lo peor. Nuestro único temor es que aumenten los malos recuerdos. Deseo que no pase el tiempo y que el verano dure eternamente. Uno se queda acobardado.

—Siempre he pensado que las personas eran más extrañas, deshonestas, desordenadas, viles, nobles, en fin, que tenían muchas más facetas. Que la vida era fantástica, y el amor, algo maravilloso. Yo soy, según la ocasión, femenina, fuerte y frágil, capaz de pelearme con alguien, gritando hasta quedarme ronca y, acto seguido, de mirar juntos la luna cogidos de la mano. De experimentar cada día sensaciones diferentes haciendo las mismas cosas. De llorar y de dar miedo. Pero sigo siendo siempre la misma. Cada vez que salgo a encontrarme con alguien que me gusta, no importa quién sea ni cuántas veces lo haya visto, me arreglo con cuidado. Yo no pienso, sigo mi instinto.

Empezó a llover. A través de la ventana llegaba el rumor triste de la lluvia. Aquella atmósfera melancólica que nos visitaba confundida con la noche avanzaba por el aire como la marea alta, observando fríamente los esfuerzos que hacíamos con nuestros cuerpos. La sombra de la muerte. Un sentimiento de impotencia que nos asaltaba al desviar la vista, una aridez que nos absorbía a la que bajábamos la guardia.

Miré a Otohiko. A través del velo de mis lágrimas las llamas que danzaban en la hoguera, la arena, el mar y el cielo. Todo penetró al mismo tiempo en mi mente, a una velocidad lacerante, de vértigo. Todo era hermoso, todo lo que había sucedido era violentamente bello, como la locura.

Sentí hacia él un fuerte y repentino sentimiento de nostalgia e intimidad. Incluso pensé: «Cuando dos viejos compañeros de guerra se encuentran, deben de sentirse exactamente así». No sabría cómo definido. Era un sentimiento que aunaba la satisfacción de pensar «Fue sólo un corto periodo de tiempo, pero algo hicimos», y el dolor de haber perdido algo para siempre. Era triste ver cómo aquel verano, en el que cada día había sido tan intenso, terminaba como el verano de los dieciocho años.


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