sábado, 6 de diciembre de 2014

"Qué fue de Sophie Wilder" de Christopher R. Beha



Mientras caminábamos y fumábamos, de vez en cuando nos tropezábamos con alguien que conocíamos. Uno de los dos se paraba a charlar y el otro esperaba, y así dejamos de ser dos personas que se habían encontrado por casualidad al salir de clase y nos convertimos en dos personas que iban juntas a alguna parte. Si pudiera ser ahora una sola cosa, sería esta: alguien que va a alguna parte con Sophie Wilder.

El artista era libre para trabajar en soledad, incluso para cultivarla. Pero el crítico era alguien que tenía que explicarse. Su trabajo se basaba en el público, y el público iba al cine. Y eso decía Max durante aquellas veladas, cuando un juez invisible nos invitaba a defender la manera en que pasábamos los días.

Todo eso terminó después de que mi libro se sumiera silenciosamente en el anonimato. Fuera del mundo de los blogs malintencionados nadie tenía ni idea de quiénes éramos. En secreto, Max me culpaba por ello, aunque lo cierto es que la gente simplemente estaba cansada de los jóvenes blancos neoyorquinos acomodados. Yo no podía culparlos; yo también estaba harto de nosotros.

Deseábamos tanto creer que todavía era posible vivir de las ideas, excepto cuando deseábamos con todas nuestras fuerzas creer que ya no era posible, pues entonces el fracaso, cuando lo consiguiéramos, ya no sería nuestro, ni provocado por la falta de disciplina o talento, ni por el hecho de que en el fondo no deseábamos las cosas con tanto empeño como pensábamos.

No experimenté ninguna sorpresa al cruzar ese espacio vacío que ocupaba casi toda la primera planta de la casa, solo un temblor de satisfacción y la conciencia de la elegancia narrativa del hecho. Lo que se suponía que tenía que ocurrir había ocurrido.

Dio un paso hacia atrás y dejó la mano izquierda posada con descuido en mi clavícula, como si la hubiera olvidado allí y pensara en la pregunta. Era un detalle de ella que solo entonces recordé: su costumbre de tomarse en serio todo lo que yo decía, incluso las conversaciones sin importancia, de manera que, cuando estaba en su compañía, siempre quería dar lo mejor de mí. También recordé que esa costumbre a veces resultaba asfixiante, igual que cuando constantemente tienes que dar lo mejor de ti.

Me dije que encontrarla tan atractiva indicaba una suerte de refinamiento por mi parte, como si fuera capaz de apreciar algún relato discretamente elegante que aburriese al resto de la clase. Nadie la habría calificado de «bombón», que era como se llamaba universalmente en el campus a las chicas deseables. Pero a su lado los bombones parecían horteras.

Yo no conocía a nadie —desde luego no de nuestra edad— que hablara así de los libros. Ella hacía que ese tipo de conversación pareciera una de las cosas más emocionantes de nuestra nueva vida de casi adultos, como poder pasar los días y las noches como nos diera la gana.

De repente me sentí muy cansado de esas fiestas que ocupaban una parte tan grande de mi vida. O quizá de repente me di cuenta de que hacía mucho que estaba harto de ellas. No estaba seguro de si ya no quería saber nada más de ellas porque Sophie había aparecido o si Sophie había aparecido porque ya no quería saber nada más de ellas y estaba totalmente preparado para su vuelta.

Pero casi siempre se pasaba el día sentada en su escritorio, igual que antes, y no quería quedar a completa disposición del mundo. Le resultaba necesaria cierta desconexión, aunque era incapaz de explicarle a Tom el porqué.

La voz que la impulsaba a hacerlo, reconoció con cierta sorpresa, era una voz que hacía tiempo que no oía: no la voz de la conciencia, sino la voz de la curiosidad. Esa voz que decía: Esto sería una historia estupenda.

Durante la primavera de nuestro primer año, cuando llevábamos solo unos meses siendo íntimos, pero ya teníamos la certeza de que nuestras vidas estaban unidas, Sophie me habló de una costumbre que tenía el joven Henry James. Durante sus primeros años en Londres, James iba invitado a cenar cada noche y escuchaba hablar a los demás convidados. Cuando alguien comenzaba una historia que parecía prometedora, que le proporcionaba una donnée, como denominaba a esos gérmenes iniciales de sus libros, le pedía al narrador que parara. Si sabía cómo iba a acabar el relato, todo su potencial quedaba en nada. Pensé que estaba insinuando que había alguna relación entre nosotros y ese joven aparentemente ocioso que se convertiría en el Maestro al que no se le escapaba detalle.

Ahora creo que estábamos equivocados. Lo que ha ocurrido sí que importa, aunque solo podamos saberlo cuando es demasiado tarde para hacer nada al respecto.

Es lo que echo de menos de aquellos días: la libertad de desear; la creencia de que nuestros deseos nunca nos decepcionarían, siempre y cuando permaneciéramos fieles a ellos; la sensación de que podíamos escoger nuestro destino, como si el destino no fuera exactamente la falta de elección.

A veces se le presentaba alguna idea, hermosa y prometedora. Pero cuando intentaba transmitirla, una especie de afasia se apoderaba de ella. Los objetos e ideas más simples se volvían inefables. Era incapaz de darle nombre a un personaje, de describir si alguien era alto o bajo, por no hablar de participar en la alquimia mediante la cual tales descripciones se convertían en algo parecido a la vida.

Todo había ocurrido en poco menos de tres años, y a medida que iba pasando el tiempo nada de ello tenía por qué significar nada. Pero para mí sí que tenía un sentido. Aquellos días con Sophie vinieron a ser la piedra de toque con la que medía el paso del tiempo, mis relaciones, lo que escribía, y todo me parecía muy poca cosa. No era solo nostalgia: aunque es posible que hubiera idealizado nuestra relación, no quería recuperar el pasado. Lo que me obsesionaba era que la historia hubiera quedado incompleta, que no hubiera terminado.

Después de comer, íbamos a pasear.
Henry James, hablando de sus días en Londres, de cuando volvía a casa caminando cada noche después de la cena, describió una de sus novelas como «el fruto maduro y redondo de los paseos». Creo que nuestra relación era esa.

En días posteriores llegué a desear que Sophie nunca hubiera vuelto a mi vida. Tampoco es que antes fuera especialmente feliz, pero me sentía bastante cómodo en mi infelicidad. Había alcanzado cierta paz. Ahora la paz había desaparecido. La presencia de Sophie en mi vida —aunque fuera como una sombra— suponía un reto. Me di cuenta entonces de que siempre había sido un reto. Y hacía falta un gran esfuerzo para enfrentarse a ese reto, y yo no sabía si todavía sería capaz.

Creo que le gustaba trabajar así porque pensaba que, si se agotaba, su mente se calmaría un poco. Creo que su cerebro le torturaba. Todo esto, naturalmente, lo pensé después. En aquella época simplemente me resultaba desagradable estar a su lado. A lo mejor había hecho algo que realmente lamentaba. A lo mejor solo quería olvidar. Ojalá hubiera sido más comprensiva.

En Nueva York podía dormir hasta mediodía y seguir estando cansado, pero aquella mañana me sentía como nuevo, como si el permanente cansancio de la ciudad fuera una especie de agotamiento espiritual del que comenzaba a recuperarme.

Entonces sucedió algo extraño. La máscara de Max se derrumbó, y quedó a la vista lo que había debajo de ella. La última vez que lo había visto había sido en la muerte de mi padre, y contemplarlo fue horroroso. Su actuación se basaba en su solidez, en la creencia de que nada podía penetrarla jamás. Por mucho que eso exasperara, también era un consuelo. Una vez que Max se derrumbaba, no había duda alguna de que la pérdida era real.

—Ojalá las cosas fueran de otra manera.
Se inclinó hacia mí y me besó.
—Entonces escríbelo de otra manera.

Y tendría que ser la obra de una vida: hasta la última página no podía saber si había sido redimida.


sábado, 22 de noviembre de 2014

"Yo soy fulana de tal" de Alvaro de Laiglesia



Gaudencia fue la que me aconsejó el viaje a Madrid, para exigir a Ignacio que reparase su marranada.
—Puesto que esa clase de diversiones no te gusta y lo tomas por la tremenda, es la única solución que te queda —me aseguró—. Si no tienes madera de golfa, es mejor que te largues. Porque aquí, con tu madre y la tendera en contra tuya, no tienes nada que hacer. Pronto sabrá todo el mundo lo que te ha pasado, y no podrás entrar a servir en ninguna casa de personas decentes. O que presuman de serlo, aunque en el fondo hayan hecho muchas más sinvergonzonerías que tú. Tampoco podrás echarte novio de los que se casan, porque todo el que se te arrime lo hará para abusar de ti pensando que eres facilona.
—¿Tú crees? —me asusté.
—Naturalmente. Las mujeres en España somos como las botellas: a los hombres les gusta echar un trago de una botella abierta por otro. Pero cuando compran una para llevársela a su casa, prefieren que esté sin abrir. Hazme caso y márchate a Madrid.

El dependiente se llamaba Afrodisio, y tenía una verruga en el cogote. Pero la verruga sólo se le veía mirándole de espaldas. Y de espaldas los hombres, para las mujeres, no valen nada. Aunque no tengan verrugas.

Rodolfo tardó bastante tiempo en darse cuenta de que estaba colado por mí. Claro, como era un intelectual, resultaba más bien frígido para captar las llamadas de su libido. Así al menos es como se ha explicado Nati la tardanza del gachó en darse cuenta de sus sentimientos hacia mí.
Por lo visto, esto de manejar demasiado el intelecto es peligroso, pues hay tíos que se abstraen tanto en sus pensamientos, que no se fijan por dónde andan y van a parar sin darse cuenta a la acera de enfrente.

Madre pensaba lo mismo que yo, y antes de que padre estuviera en paz descanse le decía siempre a Esteban:
—¡Trabaja en algo productivo, haragán! ¿No te da lástima ver a tu padre chuzando como un condenado para sacarnos adelante, mientras tú pierdes el tiempo estudiando sin parar la carrera de ingeniero?
Pero Esteban era tan bruto, que los reproches maternos le entraban por un oído y le salían por el otro. Y menos mal que, poco después del aplastamiento de padre, le escribió una carta el ejército diciéndole que se presentara en la capital porque le habían conseguido un puesto en la guerra. El puesto era bueno para un inútil como él, que sólo servía para leer libros de texto: a cambio de cargar con un fusil, le daban gratis dos comidas y una manta. (Gracias a esto, Esteban llegó a ser un sargento chusquero de provecho, y se le curaron completamente sus estúpidas chaladuras por la ingeniería.)

En las cuestas abajo el triciclo se embalaba, y la velocidad me hacía dar los mismos grititos que doy ahora cuando salgo con algún juerguista en un coche deportivo.
Merendamos en el camino un chorizo, una lata de sardinas y varias galletas que Afrodisio había ido mangando en la tienda durante el sesteo del señor Aniceto.
Madre se puso muy contenta de verme llegar en un vehículo, y presumió ante todo el vecindario de que su hija no fuera peatona. Porque aquel triciclo en nuestro «barrio de las latas», equivalía a un «Cadillá» en los «bungalós» de «Holigú».

Gaudencia, la cuarta, era una chica fea tirando a rara. Mística por parte de padres, pues era hija de sacristán y beata, tenía la piel amarillenta como la cera de las velas que encendía su padre en la iglesia. Hablaba poco y estaba en general como ausente de nuestros juegos. En su casa la llamaban Gau. Y cuando su padre salía a la plaza llamándola a gritos, para que fuera a cenar, parecía que estaba ladrando un perro:
—¡Gau!… ¡Gau!… ¡Gau!…
Esta niña, además de dar pena a causa de lo canija que estaba, daba también un poco de miedo. Ella nos decía con voz misteriosa que de mayor quería estudiar para santa.
—¿Y dónde se estudia eso? —le preguntaba la Chivata, que era la más torpona.
—Pues, en un santoral —decía Gau muy seria.

—Me duele herir sus sentimientos —continuó ella—, porque es usted un hombre bueno y le aprecio. Además, siempre le estaré agradecida por lo bien que se ha portado con nosotros desde la muerte de mi difunto. Pero no puedo casarme con usted.
—¿Por qué no?
—Porque yo soy lo que suele llamarse una viuda inconsolable. Mi marido dejó un hueco en mi corazón que nadie podrá llenar. ¡Si usted supiera cómo me quería y con cuánta abnegación luchó para sacarnos adelante! Mientras otros al salir de su trabajo se iban a la taberna a beberse parte del jornal, mi difunto venía directamente a casa con todas las perras que le había proporcionado la chapuza. Jamás bebió ni me pegó, costumbres muy frecuentes en las familias tan humildes como la nuestra. Y hasta ahorraba en secreto durante todo el año, para hacerme un modestísimo regalo el día de mi santo: un año me regalaba una media de seda, al año siguiente la otra…

Al domingo siguiente, el Juanón de la Gaudencia se presentó con un chico. Al presentármelo me puse algo colorada, pues el chico era muy alto y a su lado yo parecía una retaca. Pero a él no le importó y estuvo muy simpático conmigo durante todo el paseo.
Mientras paseábamos, lo primero que me dijo fue que su padre era vasco, cosa que a mí me importaba un pepino. Pero luego comprendí que me lo decía para justificar su estatura. Porque todo el mundo sabe que los vascos, como en el Norte llueve tanto, tienen mejor riego y crecen más.

Es más fácil ser decente cuando el que llama a la puerta es el chófer para decir a la señora que el «Cadillá» la espera para llevarla al «cótel», que cuando la llamada es del panadero para amenazar a una madre con la cárcel si no paga la cuenta del pan. Los ricos, como la pasan chachi, definen la vida así:
—Nacemos, vivimos y morimos.
Los pobres, en cambio, tenemos esta definición:
—Nos nacen, vamos tirando y descansamos.
Quizá yo sea una filósofa barata, pero los retortijones de hambre no permiten tener los sesos tranquilos y en condiciones de sacar de ellos filosofías más elevadas.


miércoles, 8 de octubre de 2014

"Los años de peregrinación del chico sin color" de Haruki Murakami



Desde el mes de julio del segundo curso de carrera hasta enero del año siguiente, Tsukuru Tazaki vivió pensando en morir. Entretanto, cumplió veinte años, pero esa muesca en el tiempo no significó nada para él. Durante esos meses, la idea de acabar con su vida le parecía de lo más natural y legítima. Todavía ahora, mucho tiempo después, ignoraba la razón por la que no había dado ese último paso, a pesar de que, en aquel entonces, franquear el umbral que separaba la vida de la muerte le habría resultado más fácil que tragarse un huevo crudo.

El motivo por el que todos los pasajeros que bajan las escaleras de la atestada estación de Shinjuku por las mañanas miran hacia abajo no es porque sean infelices, sino más bien porque están atentos a sus pasos. En las grandes estaciones, en las horas punta, eso es vital para no tropezar, para no perder un zapato. En el pie de foto no se mencionaba ese motivo, que es el verdadero. Además, es posible que nadie que camine mirando al suelo con un chubasquero de tonos oscuros parezca feliz. Aunque, por supuesto, quizá esté justificado llamar sociedad infeliz a aquella en la que uno no puede ir al trabajo todas las mañanas sin preocuparse de perder un zapato.

Por otra parte, todos salvo Tsukuru Tazaki coincidían en un pequeño detalle: sus apellidos incluían un color. Los dos chicos se apellidaban Akamatsu y Oumi; ellas, Shirane y Kurono. Tazaki era ajeno a esa casualidad. Debido a ello, desde el primer momento había experimentado una ligera sensación de alienación. Por supuesto, que el apellido incluya o no un color no tiene nada que ver con la personalidad. Lo sabía perfectamente. Pero, para su propio asombro, le dolía no compartir ese rasgo con sus amigos. Los demás enseguida empezaron a llamarse por sus colores, como si fuera algo natural: Aka, Ao, Shiro, Kuro. A él lo llamaban simplemente Tsukuru. A menudo pensaba en lo mucho que le habría gustado tener un apellido con un color. Entonces todo habría sido perfecto.

«La vida es como una compleja partitura», pensó Tsukuru. «Está llena de semicorcheas, fusas, signos raros, anotaciones indescifrables. Leerla correctamente es una tarea ardua y, aunque uno lo consiga, no siempre la interpreta de la manera correcta ni la valora en su justa medida. No siempre hace felices a las personas. ¿Por qué vivimos de una manera tan enrevesada?»

—Mira, esto es como construir una estación. Es algo sólido, y no se echará a perder ni se desvanecerá en el aire por un pequeño error. Tú tienes que construir la estación, aunque no sea perfecta. Porque si no hay estación, los trenes no pueden parar. Y la gente no podrá subir a ellos. Eso es lo importante. Si se detecta algún defecto, podrás arreglarlo más tarde, cuando sea necesario. Pero primero edifica la estación. Una estación especial para ella. Una estación en la que los trenes quieran parar, aunque no tengan nada en particular que hacer allí. Imagina esa estación, píntala con un bonito color, concrétala. Luego graba tu nombre en los cimientos, insúflale vida. Eres lo suficientemente fuerte para hacerlo. ¿Acaso no conseguiste mantenerte a flote en el frío mar de la noche?

Ocurrió durante las vacaciones del segundo curso. Y, a partir de ese verano, la vida de Tsukuru Tazaki sufrió una transformación. Del mismo modo que, en las crestas escarpadas, la flora sufre transmutaciones que modifican su aspecto.

En ese momento, por fin lo captó. En lo más profundo de sí mismo, Tsukuru Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Ésos son los cimientos de la verdadera armonía.

Tsukuru se preguntaba qué pensaba Sara de muchas cosas. Y cayó en la cuenta de que él no le contaba a Sara todo lo que pensaba. Y es que hay cosas que bajo ningún concepto pueden salir de uno mismo. A esos pensamientos se entregó Tsukuru Tazaki en el metro que le conducía a casa.

Olga, tras titubear un instante, se atrevió a preguntar:
—Ya sé que no es de mi incumbencia, pero si has venido desde tan lejos sólo para verla, será por algo muy importante, ¿no?
—Sí, para mí lo es —contestó Tsukuru—, pero quizá no lo sea tanto para ella. Digamos que he venido para comprobar algunas cosas.
—Suena complicado.
—Sí, me parece que es demasiado complicado para explicártelo en mi inglés.
Olga se rió.
—En la vida siempre hay cosas demasiado complicadas para explicarlas en cualquier idioma.

Los celos —por lo que Tsukuru coligió de su sueño— son la prisión más desesperanzadora del mundo. Porque es una prisión en la que el preso se confina a sí mismo. Nadie lo mete a la fuerza. Uno entra por voluntad propia, cierra con llave desde dentro y lanza la llave por entre los barrotes. Y nadie en el mundo sabe que está ahí recluido. Naturalmente, si se decidiera a salir, podría hacerlo. Porque la prisión está en su interior. Pero no se decide. Su corazón se ha vuelto duro como un muro de piedra. Ésa es la esencia de los celos.

En el agua se sentía más a gusto que en cualquier otra parte. Gracias a la natación, que practicaba durante una media hora dos veces por semana, mantenía cierto equilibrio físico y psíquico. El agua también era un medio ideal para reflexionar. Se parecía al zen. Una vez que había alcanzado cierto ritmo, dejaba que los pensamientos fluyesen por su mente sin ninguna atadura. Era como soltar a un perro en un prado.

Por supuesto, Tsukuru se sentía feliz y orgulloso de saberse pieza indispensable de ese pentágono. Adoraba a los otros cuatro y amaba esa sensación de unidad más que nada en el mundo. Igual que un árbol joven absorbe los nutrientes del suelo, Tsukuru tomaba del grupo el sustento que la adolescencia requiere, y lo transformaba en el valioso alimento que le permitiría crecer, o lo reservaba y almacenaba en su cuerpo como fuente de energía para cuando lo necesitase. Aun así, en lo más hondo de su corazón persistía el temor a que algún día tuviera que desprenderse de aquel entrañable grupo, a que pudieran repudiarlo y abandonarlo. La preocupación por quedarse solo afloraba a menudo en su mente, igual que una oscura y funesta roca que emerge de la superficie del mar cuando desciende la marea.

Quizá, ese día, el sentimiento que le embargó en sus sueños actuó como un contrapeso y anuló el tenaz anhelo de morir que se había apoderado de él. Del mismo modo que los fuertes vientos del oeste despejan gruesas nubes arrastrándolas por el cielo. Sí, supuso que había ocurrido eso.
Únicamente quedó un poso sereno, como el que queda después de una iluminación. Era una sensación carente de color, neutra como una calma chicha. Y se sentó solo en una gran casa vieja y abandonada, y prestó oídos al ruido hueco de un enorme y vetusto reloj de pared que marcaba las horas. Se limitaba a observar con la boca cerrada, sin apartar la vista, el avance de las manecillas. Y con sus sentimientos guardados en el vacío de su corazón, envueltos con una especie de fina membrana, fue envejeciendo constante e inexorablemente a cada hora que pasaba.

Dentro de sí había algo que decepcionaba a los demás. «Tsukuru Tazaki, el chico sin color», se dijo en voz alta. «Supongo que, simplemente, no tengo nada que ofrecer a nadie. Bien pensado, ni siquiera tengo nada que ofrecerme a mí mismo.»

—En el mundo hay gente que compone cuartetos para cuerda y gente que cultiva lechugas y tomates. Hará falta también alguien que construya estaciones, ¿no? Y, en mi caso, tampoco es que «me muera de ganas» de construirlas. Simplemente es un tema muy específico que me interesa.
—Perdona que te lo diga, pero encontrar un tema de interés específico en la vida ya me parece suficiente logro.

Pero decidió no darle más vueltas. Por más que pensara, no parecía que fuese a obtener respuesta alguna. Decidió meter aquella duda, con la etiqueta «sin resolver» pegada, en un cajón, y regresar a ella otro día. En su interior había ya varios cajones como ése, todos con numerosas dudas aplazadas.

Haida asintió en silencio.
—Entonces no lo entiendo: si es así, ¿qué valor tiene la voluntad humana?
—Excelente pregunta —comentó Haida. Y sonrió calladamente, con la sonrisa que esbozan los gatos cuando duermen al sol—. Todavía no estoy capacitado para responderla.

—¿Acaso no te interesa todo lo que está ocurriendo en Tokio? —le preguntó Midorikawa—. ¿No te parece que merece la pena vivirlo? Cada día estallan altercados aquí y allá. Da la impresión de que el mundo se ha puesto patas arriba. Es un momento único.
—El mundo no se pone patas arriba tan fácilmente —le contestó Haida—. Las que están patas arriba son las personas. No lamento perdérmelo.

Quizá, se decía, en el cerebro de Haida había una especie de circuito de alta velocidad adaptado a la celeridad de su pensamiento, y de vez en cuando debía correr a la velocidad y con la marcha larga que le correspondía. Si no lo hacía así, si corría continuamente con una marcha corta para acomodarse a la penosa velocidad de Tsukuru, el circuito se recalentaría y empezaría a dar muestras de deterioro. Esa impresión daba. Al cabo de un rato, Haida se desconectaba del circuito, esbozaba una sonrisa calma, como si nada hubiera sucedido, y regresaba a donde Tsukuru se encontraba.
Entonces, reducida la velocidad, volvía a pensar al mismo ritmo que su amigo.

—Es Le mal du pays, de Franz Liszt. Forma parte del libro Première année: Suisse, de los Años de peregrinación.
—¿Le mal du...?
Le mal du pays, en francés. Quiere decir nostalgia o melancolía por la tierra de uno, pero también, para algunos, es «la tristeza, sin razón aparente, que la contemplación de un paisaje bucólico despierta en el alma». Como ves, no es fácil de traducir.

Recordó aquellos meses, cuando iba a la universidad, en que todos los días pensaba en morir. Habían transcurrido dieciséis años. En aquella época, cuando miraba en su interior, creía que el corazón se le pararía de un momento a otro. Tenía la impresión de que si concentraba su mente y todos sus sentidos en un punto, sin duda acabaría infligiendo una herida fatal a su corazón, como cuando, con una lente, se concentra la luz del sol en un papel para que éste arda. Era lo que él deseaba, y con toda su alma. Pero pasaron los meses y, al contrario de lo que esperaba, el corazón no se le paró. Porque un corazón no se detiene tan fácilmente.


martes, 9 de septiembre de 2014

"Chesil Beach" de Ian McEwan



Ella adoraba su mente curiosa, su leve acento del campo, la inmensa fuerza de sus manos, los giros y virajes imprevisibles de su conversación, su amabilidad con ella y el modo en que sus tenues ojos castaños, descansando en ella mientras hablaba, le hacían sentirse envuelta en una amistosa nube de amor. A los veintidós años no dudaba de que quería pasar el resto de su vida con Edward Mayhew.

Tenía tan mal oído que era incapaz de reconocer una canción, incluso el himno nacional, al que sólo por el contexto distinguía del «Cumpleaños feliz». Era una de esas personas que no sabría decir si una nota era más baja o más aguda que otra. Era una incapacidad y una desgracia iguales que un pie zopo o un labio leporino, pero después de las libertades relativas de Kensington, la vida en casa le resultaba a Florence continuamente opresiva y no se sentía proclive a la comprensión.

Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil. Acababan de sentarse a cenar en una sala diminuta en el primer piso de una posada georgiana. En la habitación contigua, visible a través de la puerta abierta, había una cama de cuatro columnas, bastante estrecha, cuyo cobertor era de un blanco inmaculado y de una tersura asombrosa, como alisado por una mano no humana.

A diferencia de algunos de los chicos de la escuela, él no aborrecía su casa y a su familia. Asumía como un hecho los cuartos pequeños y su miseria, y no se avergonzaba de su madre. Simplemente estaba impaciente de que su vida, la historia real, empezara, y tal como eran las cosas no podría empezar hasta que hubiera aprobado los exámenes. Por tanto, trabajó de firme y presentó buenos trabajos, especialmente en historia. Era deferente con sus hermanas y con sus padres, y seguía soñando con el día en que abandonaría la casa de Turville Heath. Pero en un sentido ya la había abandonado.

Sabía también que su conducta era lamentable. Para sobrevivir, para escapar de un trance horroroso, tenía que huir hacia delante y obligarse al paso siguiente, dando la impresión errónea de que ella misma lo anhelaba.
El acto final no se podía posponer indefinidamente. El momento salía a su encuentro justo cuando ella avanzaba insensatamente hacia él. Estaba atrapada en un juego cuyas reglas no podía cuestionar. No podía huir de la lógica que la había inducido a llevar, o a remolcar, a Edward a través de la habitación hacia la puerta abierta del dormitorio y la cama estrecha de cuatro columnas y el terso cobertor blanco.

Y tenían muchos planes, planes alocados, que se amontonaban en el futuro nebuloso, tan intrincadamente enredados y tan hermosos como la flora estival de la costa de Dorset. Dónde y cómo vivirían, quiénes serían sus amigos íntimos, el trabajo de Edward en la empresa del padre de Florence, la carrera musical de Florence y lo que haría con el dinero que le había dado su padre, y lo distintos que serían de otras personas, al menos interiormente.

Hacía todo lo posible para impedir que se le tensara un músculo de la pierna, pero era algo ajeno a su voluntad, actuaba sin su permiso, tan inevitable y poderoso como un estornudo. Aquella pérfida franja de músculo no le dolió al contraerse en un leve espasmo, pero sintió que la estaba delatando, dando la primera indicación de la gravedad de su problema.

Al igual que sus hermanas, se habituó al hecho ordinario del trastorno materno. Ella era una figura fantasmal, un duendecillo descarnado y tierno, con el pelo castaño revuelto, que deambulaba por la casa del mismo modo que transitaba por la infancia de sus hijos, a veces comunicativa e incluso afectuosa, y otras veces absorta en sus aficiones y proyectos.

Era todavía la época —concluiría más adelante, en aquel famoso decenio— en que ser joven era un obstáculo social, un signo de insignificancia, un estado algo vergonzoso cuya curación iniciaba el matrimonio. Casi desconocidos, se hallaban extrañamente juntos en una nueva cumbre de la existencia, jubilosos de que su nueva situación prometiera liberarles de la juventud interminable.

Al entrar en el dormitorio, se había zambullido en un estado de malestar y ensueño que la entorpecía como un traje de buceo antiguo en agua profunda. Sus pensamientos no parecían suyos: se los insuflaban, sustituyendo al oxígeno.

¿Y qué se interponía entre ellos? Su personalidad y su pasado respectivos, su ignorancia y temor, su timidez, su aprensión, la falta de un derecho o de experiencia o desenvoltura, la parte final de una prohibición religiosa, su condición de ingleses y su clase social, y la historia misma. Poca cosa en definitiva.

La píldora era un rumor en los periódicos, una promesa ridícula, otro de los cuentos chinos que llegaban de América. Los blues que había escuchado en el Hundred Club sugerían a Edward que a su alrededor, fuera de la vista, hombres de su edad llevaban una vida sexual explosiva e incansable, llena de gratificaciones de todo tipo. La música pop era insulsa y todavía evasiva sobre el tema, el cine era un poco más explícito, pero en el círculo de Edward los hombres tenían que conformarse con contar chistes verdes, molestas bravuconadas sexuales y la camaradería bulliciosa desatada por excesos alcohólicos que reducían aún más las posibilidades de conocer a una chica.

Era una simulación que les reconfortaba a todos. Cuando Marjorie anunciaba que estaba haciendo la lista de la compra para el mercado de Watlington, o que tenía toneladas de sábanas por planchar, un mundo paralelo de radiante normalidad surgía al alcance de toda la familia. Pero la única manera de mantener la fantasía era no mencionarla. Se acostumbraron a ella, viviendo neutralmente en sus absurdidades porque nunca las definían.

Por primera vez, su amor por Edward estuvo asociado a una definible sensación física, tan irrefutable como un vértigo. Antes sólo había conocido un caldo reconfortante de emociones cálidas, un espeso manto invernal de bondad y confianza. Aquello le había parecido suficiente, un logro en sí mismo. Ahora despuntaban por fin los albores del deseo, preciso y ajeno, pero claramente suyo; y, más allá, como suspendido encima y detrás de ella, justo fuera del alcance de su vista, estaba el alivio de ser igual que todo el mundo.

Siempre que una chica del grupo empezaba a salir asiduamente con otro estudiante, se esfumaba socialmente, igual que los amigos futbolistas de Edward. Era como si la joven hubiese ingresado en un convento. Puesto que no parecía posible salir con un chico y conservar las antiguas amistades, Florence prefería quedarse con su grupo de la residencia. Le gustaban las bromas, la intimidad, la deferencia, la forma en que las chicas festejaban los cumpleaños de las otras y la dulzura con que trajinaban con teteras, mantas y frutas si atrapabas una gripe. A Florence sus años de estudio le parecieron la libertad.

Después de varios días de lluvia, enrarecía el aire la abundancia del verano incipiente, el fragor de pájaros e insectos, la fragancia de la hierba segada y acostada en hileras en el prado delante de la casa, la pujante y ansiosa maraña del jardín, casi inseparable del lindero del bosque al otro lado de la cerca, el polen que deparaba al padre y al hijo el primer atisbo de la fiebre del heno y, en el césped a sus pies, losetas de luz de sol y sombra meciéndose juntas en la brisa ligera.

Le vio acercarse caminando por la playa, una forma que al principio sólo era una mancha añil contra los guijarros que se oscurecían, y que a veces parecía inmóvil, contornos que destellaban y se disolvían, y otras veces súbitamente más próxima, como una pieza de ajedrez adelantada unas cuantas casillas hacia ella.

A su modo de ver, no existían palabras para expresar lo que había ocurrido, no existía un lenguaje común con el cual dos adultos cuerdos pudieran describirse aquellos sucesos. Y discutir al respecto rebasaba aún más los límites de su imaginación. No había discusión posible. Ella no quería pensar en el asunto, y confiaba en que él opinara lo mismo. Pero ¿de qué otra cosa hablarían? ¿Por qué, si no, estaban los dos allí? La cuestión entre ellos se extendía sólida como una característica geográfica, una montaña, un cabo. Innombrable, ineludible.

Pero él guardó un frío y ofendido silencio en el atardecer de verano y observó la premura con que ella recorría la orilla y cómo las olitas que rompían acallaban el sonido del avance trabajoso de Florence hasta que sólo fue un punto borroso y decreciente contra la inmensa vía recta de guijarros relucientes a la luz pálida.


lunes, 23 de junio de 2014

"Tenemos que hablar de Kevin" de Lionel Shriver



Querido Franklin,
No estoy segura de por qué un incidente sin importancia esta tarde me ha impulsado a escribirte. Pero, puesto que estamos separados, tal vez sea que ahora te echo más de menos al llegar a casa para contarte las curiosidades de mi jornada, tal como el gato podría dejar unos ratones a tus pies: la pequeña y humilde ofrenda que se hacen las parejas tras un día de haber estado cazando en patios separados.

Todo es precario aquí. La empinada escalera que lleva al segundo piso carece de barandilla, con lo que mi ascensión para irme a la cama por las noches, después de haber bebido tres copas de vino, se ve un tanto excitada por el efecto del vértigo. Los suelos crujen y los marcos de las ventanas no encajan todo lo bien que deberían, de manera que todo tiene un aire de fragilidad, de ser poco fiable, como si en cualquier momento la estructura entera del edificio pudiera, simplemente, desvanecerse como una mala idea.

He declinado, un par de veces, las pocas invitaciones que aún me llegan por teléfono, usualmente de amigos del extranjero que me envían emails de vez en cuando, pero a los que llevo años sin ver. En especial, si ellos no saben nada, cosa de la que siempre me doy cuenta: los inocentes muestran siempre ganas de juerga, en tanto que los que ya están al corriente del asunto comienzan con un tartamudeo deferente y entre murmullos, con un tono que parece de conversación en el interior de una iglesia.

Cada mañana me despierto pensando en lo que hizo, y con el mismo pensamiento me voy a la cama cada noche. Este pensamiento es mi pobre sustitutivo del marido que ahora me falta.

Tenía que dejar de cortar manzanas en la tabla de la cocina para hacer una tarta, porque un velo de lágrimas cubría mis ojos, y la cocina se había vuelto líquida y ondulante, y, si seguía cortando, acabaría cortándome. Siempre me chillabas cuando me cortaba, pues era algo que te ponía furioso, y la irracionalidad de aquella ira tuya me inducía a cortarme de nuevo.

Yo nunca, nunca, di por sentado que me pertenecías. Nos conocimos demasiado tarde para eso. Yo tenía treinta y tres años entonces. Y mi pasado sin ti era demasiado fuerte e insistente para hacerme considerar una cosa normal el milagro de la compañía. Pero después de haber sobrevivido tanto tiempo con las migajas de mi propia mesa emocional, me viciaste con un banquete diario de miraditas cómplices en las fiestas, de ramos de flores por sorpresa, sin ningún motivo especial, y de notitas fijadas con imanes en la nevera, que firmabas siempre «XXXX, Franklin». Llegué a sentir avidez por todas esas cosas. Y, como cualquier adicto, quería siempre más.

No hace falta que te diga que iba pensando en ti mientras conducía hacia aquí. A manera de contrapunto, trataba de recordar la clase de hombre que, antes de que nos conociéramos, pensaba que acabaría encontrando. Aquella representación mental estaba formada, sin duda, por fragmentos de las imágenes de los novietes que me había ido echando durante mis andanzas, y de los que tanto te habías choteado. Algunos de mis enamorados eran muy sentimentales, aunque, cuando una mujer emplea el adjetivo sentimental para describir a un hombre, la relación está condenada al fracaso

Mis vecinos me miran ahora con la misma suspicacia que reservan para los inmigrantes ilegales. Buscan a tientas sus palabras y me hablan con una deliberación exagerada, como si fuera una mujer para la que el inglés es una segunda lengua.

En cuanto a la decoración del interior, me sugiere cierta actitud burlona que me parece muy adecuada. La planta inferior está pintada chapuceramente de un amarillo rabioso y desagradable, a base de torpes brochazos que no llegan a cubrir por completo la anterior pintura blanca, que reaparece como si se tratara de rayas trazadas con tiza. En el piso de arriba, en mi dormitorio, las paredes han sido pintadas torpemente de color azulverdoso por un aficionado que utilizó una esponja, y el conjunto recuerda los chafarrinones de un estudiante de primaria. No es posible sentir esta vacilante casita como una casa real, Franklin... Y yo tampoco me siento real dentro de ella.

Lo que la gente dice que no tiene importancia es, a menudo, tan significativo como lo que dice cuando bromea.

Desde entonces he aprendido que no se deben atesorar las tragedias. Que sólo los no tocados por ellas, los bien alimentados y los satisfechos pueden codiciar el sufrimiento como si fuera una prenda de diseñador. Estoy dispuesta a donar mi historia al Ejército de Salvación para que se la lleve cualquier otra mujer desaliñada necesitada de poner algo de color en su vida.

Todos los vecinos te ensalzan por tu resignación al jugar lo mejor posible las cartas que te ha repartido la Vida, por la madurez conseguida a fuerza de puñetazos con que te enfrentas a golpes que dejarían anonadados a otros de nuestra misma raza y clase social. Deseabas desesperadamente lanzarte al asunto ese de la paternidad, ¿verdad? Como tirarte al mar desde un acantilado o arrojarte a una pira. ¿Tan insoportable, tan vacía, te resultaba nuestra vida en común?

Tenemos una idea clara de la actitud que se espera de nosotros en determinadas situaciones, así como de que, a veces, incluso se confía en que iremos más allá de lo que cabría esperar. Son verdaderas exigencias. Algunas resultan nimias: si nos dan una fiesta por sorpresa, nos mostraremos gratamente sorprendidos. Pero otras son importantes: si muere uno de nuestros padres, tendremos que sentir un gran pesar. Sin embargo, al mismo tiempo, puede embargarnos el íntimo temor de no estar a la altura de esas expectativas cuando llegue el momento decisivo. De que recibamos, por ejemplo, la fatal llamada telefónica que nos anuncia la muerte de nuestra madre y no sintamos nada. Me pregunto si ese silencioso e inexpresable temor no será más agudo aún que el miedo a que nos den una mala noticia, si lo que tememos de veras no será descubrir que somos unos monstruos.

Pero guardar secretos es una disciplina. Nunca me consideré buena mentirosa, pero, tras haber adquirido cierta práctica, adopté el credo del prevaricador de que, más que inventarte mentiras, te casas con ellas. No está bien traer al mundo una buena mentira y abandonarla luego caprichosamente; al igual que toda relación que implica un compromiso, debe ser mantenida, y con mucha mayor devoción que la propia verdad, que tiene la cualidad de ser verdadera de por sí, sin necesidad de ayuda. Mi mentira, por el contrario, me necesitaba tanto como yo a ella, y por eso exigía la constancia del vínculo matrimonial: hasta que la muerte nos separe.

Es posible que hubiera podido modificar mis inclinaciones innatas para incluir en ellas la esperanza, nada irracional por otra parte, de que, cuando me quedara embarazada, sentiría algo; algo agradable, incluso. Pero hubiera tenido que cambiar demasiado. Nunca me ha gustado ni pizca ser como los demás. Y, aunque la doctora Rhinestein me brindó lo de la depresión posparto como si se tratara de un regalo, convencida, al parecer, de que el mero hecho de que te digan que eres una desgraciada ha de animarte, yo no pago a los profesionales para que me vengan con obviedades, con simples descripciones. Aquello, más que un diagnóstico, era una mera tautología: me sentía deprimida después de nacer Kevin porque su nacimiento me había deprimido. ¡Gracias por tan brillante explicación!

Pero Kevin me deprimía, y mucho. Observa que digo Kevin, y no el bebé. Desde el principio, ese niño fue un individuo singular para mí. Mientras que tú solías preguntarme ¿Cómo está el pequeño?, o ¿Cómo está mi niño?, o ¿Dónde está el bebé?, para mí nunca fue «el bebé». Era un individuo singular, y notablemente astuto, por cierto, que había venido para quedarse con nosotros y tenía la característica de ser muy pequeño.

No había decidido todavía cómo quería que me llamara nuestro hijo. Mami sonaba demasiado infantil. Mama, un tanto vulgar. Mamaíta, servil. Mamá era lo que decían las muñecas que hablaban. Mamuchi sonaba artificioso, pese a su toque ingenuo. Madre era demasiado formal para 1986. Mirando hacia atrás, me pregunto si mi reticencia a ser llamada con cualquiera de las formas populares de designar a una madre no obedecería a que no me gustaba..., bueno, a que aún no me había hecho a la idea de ser madre.

No caen bien las madres que no muestran afecto por sus hijos. Bien es verdad que a mí tampoco me caen bien esas madres…

—Siempre es culpa de la madre, ¿no? —dijo en voz baja al tiempo que recogía su abrigo—. El muchacho fue por el mal camino porque su madre era borracha, o drogadicta. O porque nunca estaba en casa cuando volvía de la escuela. Nadie acusará a su padre de borracho, o de no estar en casa cuando su hijo volvía de la escuela. Y nadie dice, jamás, que algunos chicos, sencillamente, son malos por naturaleza. No se crea esas bobadas. No permita que le carguen todas esas muertes.

Mientras nos disponíamos a aterrizar en el aeropuerto Kennedy, rebosaba de determinación, optimismo y buena voluntad. Pero, al mirar hacia atrás, no puedo menos que reconocer que cuando más intenso era el amor que despertaba en mí nuestro hijo, era cuando no lo tenía delante.


viernes, 30 de mayo de 2014

"¡Melisande! ¿Qué son los sueños?" de Hillel Halkin



Tengo miedo, Mellie.
Cogeremos un taxi hasta mi casa. Le he pedido a una mujer que ponga un poco de orden en casa y voy a llenar la nevera. Te enseñaré dónde está todo y me trasladaré a la cabaña. Antes de eso, te entregaré este libro. Lo empecé el mismo día en que recibí tu primera carta.

¿Recuerdas, Mellie? ¿La cabaña junto al estanque, el agua fría, helada, nuestros cuerpos desnudos calentándose al amor del fuego?
Vimos el sol ocultarse tras el estanque. Los árboles otoñales se reflejaban en las aguas. Crecían boca abajo, los troncos titilantes descendiendo hacia las ramas. Dijiste:
—Es un mundo de hadas. ¿Tú crees que sigue habiendo ninfas y ondinas ahí abajo?
—Es fácil entender por qué la gente creía en ellas —dije yo.
—Sí —dijiste tú—. Eran jóvenes e insensatos. Ahora, hasta las ondinas son viejas y sabias. Miran hacia arriba, hacia el reflejo de los árboles en el cielo, y dicen: «Es fácil entender por qué una vez creímos en seres terrenales».

Era la segunda vez que visitaba París. La primera fue tras graduarme en Harvard, el verano que siguió a mi ruptura con Robin. Entonces cogí un tren nocturno desde Florencia y llegué a la Gare de Bercy, era una de esas mañanas grises y neblinosas en las que París se abrigaba con un chal contra el frío del alba.

Tout est possible! Yo tenía veintiún años y acababa de alejar de mí a una chica que me amaba más de lo que yo merecía y durante aquellas semanas en París nada me parecía posible. Nunca había estado tan solo en toda mi vida y mi soledad, que se me representaba como un justo castigo, poseía una lacerante dulzura. Y, por si fuera poco, me había enamorado de una ciudad que nunca me amaría y a cuya belleza cruel nada le importaba yo.

Mellie:
Cuando estábamos en el instituto, creía que no me bastaría con vivir una sola vida. Quería hacer un millón de cosas, amar a un millón de mujeres. Quería vivir mil vidas.
Ahora, incluso mil me parecen pocas. No porque todavía quiera amar a un millón de mujeres sino porque quiero amarte un millón de veces.
Si solo tuviéramos una vida juntos, la viviría junto a ti jubilosamente, aunque me gustaría que fueran más. Si viviéramos diez vidas, o cien, seguiría queriendo más. Si tú y yo naciéramos una y otra vez, querría que naciéramos siempre siendo tú y yo, para que todas las veces pudiéramos estar juntos de nuevo. Si tras mil vidas contigo me dijeran que estaba viviendo por última vez, me sentiría timado, pero si tuviera que elegir entre vivir una vida contigo y vivir mil vidas sin ti, elegiría esa única vida, independientemente de lo corta que fuera. Lo elegiría ahora y siempre.
Hoo

¡Ay, amor mío! ¿Cuándo se convirtió nuestro amor en una jaula en la que no hacemos más que desgarrarnos una y otra vez? Aun así, mientras sostengo este libro entre las manos, sé que no existe temple de las emociones ni cansancio del alma en los que Van Gogh no fuera capaz de penetrar al instante; que siempre estará ahí para limpiarme los ojos y el corazón cuando estén encostrados por el hollín del tiempo.

Te lo conté. Te lo conté como un sospechoso que se derrumba con la primera pregunta. Te lo conté como un criminal convencido de que puede librarse del crimen cometido, y que de repente llega corriendo con las pruebas que lo condenarán. Te lo conté como un mentiroso cuyo talento para la mentira lo ha abandonado de golpe.

Me encantaba ver cómo te vestías. Lo último que hacías era recogerte el pelo en una trenza. Sostenías la larga trenza en tu mano, viva y sinuosa, debatiéndote entre cuál de tus lazos de colores utilizarías para sujetarla, como una encantadora de serpientes.
Me encantaba verte preparar el desayuno, metiendo el pan en la tostadora mientras dabas vuelta al beicon en la sartén y preparabas la pasta de cacao en nuestras tazas, justo a tiempo para pescar la leche que espumeaba en el cazo.
Me encantaba verte cocinar cosas que nunca había comido: higadillos de pollo salteados al jerez, calamares con salsa de eneldo y limón, quiches, crème brûlée. Siempre que me tropezaba contigo en la diminuta cocina tenías algo para mi boca: una cucharada de gazpacho, una galleta salada untada en guacamole, un beso con sabor a vinagreta.

Me imaginaba la lluvia cayendo sin cesar, sin cesar, como cae en los días grises de verano. Gotea de las nubes, de los tejados, de los árboles. Cuando por fin sale el sol, cada una de las gotas que cuelga de una rama es un pequeño arcoíris condensado.

Solo te ama aquel que ama tu alma.


domingo, 6 de abril de 2014

"Mercado de Barceló" de Almudena Grandes



Tac, tac, tac. A las seis de la mañana, Madrid no ha empezado a ser Madrid, y puede ser cualquier otra ciudad, y hasta una ciudad distinta en cada esquina. A las seis de la mañana, todas las ciudades viven un tiempo falso de penumbra blanca y sombras equívocas, de taconeos perfectos, ausentes, de figurantes furtivos envueltos en un abrigo oscuro, de esas películas rodadas en color con la imposible nostalgia del viejo blanco y negro.

El mercado no termina allá donde sus puertas parecen sugerirlo. Como otros edificios grandes y singulares que se alzan con el protagonismo en sus respectivos barrios, él también ha ido configurando poco a poco su paisaje más inmediato hasta convertir las calles que lo rodean en una peculiar zona de influencia. Si las grandes estaciones ferroviarias hacen florecer hoteles y pensiones, si el Museo del Prado siembra tiendas de souvenirs y la Puerta del Sol despachos de lotería, mi mercado, aunque en horizontes mucho más modestos, sale también de sí mismo para ejercer una autoridad simbólica sobre el comercio de los alrededores. El resultado haría las delicias de cualquier hipotético sociólogo empeñado en tipificar las necesidades y las aspiraciones del modelo de mujer consumidora de clase media, que puede abastecerse aquí de todo lo necesario para triunfar en su doble y acrisolada vertiente de ama de casa ejemplar y seductora congénita.

Hoy, los ojos de la pescadera son como una selva oscura y misteriosa, un paisaje africano de verdes intensísimos y marrones dorados, un prodigio de equilibrada audacia. Cada vez que la veo, me pregunto a que hora se levantará, cuanto tiempo invertirá en la calculada ceremonia de su embellecimiento, qué factores la empujarán mañana a cambiar de paleta, a escoger otros tonos, tal vez los blancos y los grises que instalan en sus párpados un nevado horizonte de fiordos helados, destellos de un brillo líquido, metálico, frío y distante como la lujosa piel de las merluzas.

Él todavía no se ha dado cuenta.
Es un hombre joven, pero no tanto, de unos treinta y cinco años, quizás algunos menos o incluso alguno más. Da lo mismo. Es un hombre alto, pero no tanto, un metro ocheta y dos, tal vez ochenta y cinco, calculo tras echarle un vistazo a mis tacones. Da lo mismo. Es un hombre atlético, pero no tanto, porque una americana de la talla 52, a lo mejor de la 54, que le favorece mucho a sus espaldas, deja entrever, a la altura de su abdomen, un cierto cansancio que en la mayoría de los hombres se llama barriga, pero que en él no me atrevería a calificar sino como el fruto de su experiencia. Eso, por supuesto, daría también lo mismo si esa pequeña y ambigua imperfección no sirviera para hacerle consoladoramente humano.

En una buena mañana de resaca se puede hacer cualquier cosa menos escribir, porque ese verbo abandona entonces su campo semántico habitual para definir un peculiar estado de incomprensión entre el teclado de un ordenador y la imaginación desperdigada de quien lo no logra ni sujetarla ni acertar a apretar ninguna tecla.

El límite último de la desesperación es un yogur descremado. Lo sé porque en el tercer puesto donde pregunto por ellos, la dependienta, muy flaca pero muy, muy simpática, me desanima con una sonrisa, sin tomarse el trabajo de escudriñar un armario frigorífico donde la plenitud de las baldas ricas en calorías se alterna con el desierto absoluto de las promesas dietéticas. En el mercado, a estas alturas de junio, no queda ni un sólo yogur descremado, ni sólido, ni líquido, ni con trocitos, ni sin trocitos, ni en tarro de cristal, ni con bífidus, ni por compasión. Mientras miro a mi alrededor, sin advertir progreso alguno, por cierto, en las siluetas que me rodean, pienso que los condenados a vivir en un régimen de régimen perpetuo deberíamos tener derecho a abono, o contar al menos con la complicidad de los proveedores. Ellos podrían guardar algunas unidades debajo del mostrador, hacernos un gesto discreto para indicarnos que esperemos hasta que se despeje el pasillo, meter los tarritos en una bolsa de papel opaco, y entregárnoslos por la puerta de atrás, como si fueran pornografía, droga o libros prohibidos en una dictadura. Cuando se lo cuento, la dependienta simpática se echa a reir, y hasta me promete que se lo pensará.

El delantal de la dueña de la casquería es el más blanco y el más bonito de todos. El monótono desfile de mandiles de lona, de un color imprecisamente oscuro y el aspecto amorfo que tendría un pedazo de tela cualquiera atado con un cordón alrededor del cuello, se interrumpe luminosamente en el festón que recorre su pechera, albergando en cada onda un ramito de flores bordado en un hilo muy claro. No se como conseguirá darle ese aspecto de camisa de bebé, de lienzo de iglesia, de cuello almidonado de los de antes, pero en la distancia que imponen las vísceras, la delicadeza de ese tejido inmaculado transmite una serenidad diaria y placentera, como el sabor que tenía el pan con chocolate a la vuelta del colegio.

La tienda de los frutos secos demuestra que la felicidad existe y que se puede paladear lentamente, fraccionada en unidades de alegría portátil hasta donde la sabiduría del comprador sea capaz de estirar una simple moneda de veinte duros. Los críos los saben y por eso se toman su tiempo para recorrer una y otra vez las paredes de vitrinas cuadradas, transparentes, profundas, que revientan de pipas, de nueces, de kikos, de almendras, de caramelos de todos los tamaños, de todas las texturas, de todos los sabores, rellenos, sólidos, blandos, duros, empalagosos, ácidos, desnudos o cubiertos de papel. A veces se detienen en seco, parecen decidirse, plantan las dos manos encima del cristal, palpan el futuro con la yema de sus dedos y la experta codicia de un ladrón de cajas fuertes, vacilan, titubean, y continúan moviéndose con pasos torpes, desorientados, como si tanta riqueza, multiplicada hasta el infinito por el espejo que recubre la única pared libre del local, les embriagara hasta proyectarlos más allá de su primera borrachera.

La nostalgia es una amiga tramposa. Cuando las estaciones se escurren entre los dedos, es posible llegar a echar de menos cualquier cosa, y de esa regla no se escapan ni siquiera los veranos.

Era muy tarde, tanto que antes de ganar el último peldaño de la escalera, escuché a mis espaldas el sonido inequívoco de los cierres metálicos. Un guardia de seguridad cerraba la puerta por la que yo acababa de entrar, y por más que supiera que otra permanecería abierta hasta que el último rezagado abandonara el edificio, aquel chirrido histérico, enervante, trasladó mi conciencia a un impreciso estado de alerta. Existen pocas imágenes tan inquietantes como la de una puerta que se cierra.

Las buenas mañanas de resaca tienen esquinas blandas, redondeadas, y una consistencia gelatinosa pero amable, que en ningún momento se desplaza hacia la viscosidad. El criterio principal a la hora de distinguir una buena mañana de resaca de una mala reside en la transparencia. Desde luego, hay que tener en cuenta otros factores, la calidad del alcohol, y la de las palabras, la frecuencia de las bromas y las risas, y el grado exacto de finura del propio ingenio, ese lápiz que se afila contra la punta del ingenio ajeno y que alarga las noches más felices hasta el presentimiento del amanecer más luminoso.

Me recuerdo a mí misma recordando el olor de los laureles, la lenta marcha de las procesionarias de los pinos, el tacto pegajoso de las hojas de jara, y la vida deteniéndose en el primer chapuzón como en el dolor de un abrazo de agujas, la helada sonrisa del agua de las piscinas que acaban de llenarse con el agua que baja de Navacerrada, un recuerdo que sólo ascendía a la superior condición de las certezas cuando mis pies habían despegado ya del trampolín. Entonces me sorprendía de la poderosa terquedad de mi memoria, su determinación a recordar a toda costa.

Mientras me resigno al filete a la plancha con ensalada, que no es que esté mal, pero a estas alturas de mi vida, cuando debo ir ya por la edición tres mil y pico, guarda pocas sorpresas para mí, pienso en San Agustín, en Santo Tomás de Aquino y hasta en Torquemada, y calculo que estarán contentos, porque al fin y al cabo, y contra todo pronóstico, han logrado triunfar en los albores del tercer milenio. ¿Quién recuerda ya la revolución sexual de los años sesenta? Sida mediante, y con la ayuda inestimable de Calvin Klein, hemos vuelto a vivir en nuestro cuerpo como en una cárcel. Porque somos idiotas, me digo, y yo la primera, antes de decidir que hoy la ensalada va a ser sólo de lechuga.

Nos duele envejecer, pero resulta más difícil aún comprender que se ama sólamente aquello que envejece.

La ciudad de septiembre tiene gesto de amante despechada. Llego, la miro, recorro las calles que siempre han sido mías, o quizás esas calles que siempre me han tenido, y ella hace como que no me ve. En cada paso siento su desdén, la fingida indiferencia de una brisa, veraniega todavía bajo las primeras luces del otoño, que parece murmurar, tú te lo has perdido, te lo has perdido, perdido, perdido, perdido…

El otoño comenzará de verdad una mañana cualquiera, cuando vaya al mercado pensando en otro cosa, y después de saludar al carnicero y pedirle los filetes con los que ya contaba, me encuentre diciéndome a mí misma que sí, que por qué no, que ya va siendo tiempo. Medio kilo de morcillo, una punta de jamón y dos huesos, uno de caña y otro de rodilla ahora que las vacas han recuperado la cordura, no pesan mucho, y dejan sitio para un cuarto de puerros, otro de zanahorias, un par de cebollas, unas ramas de apio y un nabo. Así, en una simple bolsa de plástico, el otoño volverá a la ciudad, y yo a mi casa. Del mercado hasta el portal, el aire me arrullará con una nana dulce, antigua, y nada podrá ya sorprenderme. Unas horas más tarde, el primer caldo de la temporada nos habrá puesto a las dos, a mí y a la ciudad, en nuestro sitio.

Octubre se acomoda en la estrecha frontera que separa la placidez de la monotonía. Es un mes templado, y por tanto ambiguo, equidistante del estruendoso crujir de celofanes de septiembre, cuando tantas cosas simulan empezar de nuevo y pocas empiezan de verdad, y de la blancura irreprochable de las madrugadas de noviembre, ese mes traidor que instala el invierno en el supuesto corazón del otoño.

Hay personas que cuentan su vida con la misma naturalidad con la que otros consultamos el reloj cuando llevamos prisa, o nos levantamos las solapas del abrigo para cruzar de acera en las noches de viento. Quizás Baudelaire pensaba en ellos al escribir que cualquier recién llegado tiene derecho a contar su vida al menos una vez, y quizás también sea cierto que hoy, en las grandes ciudades, la gente está más sola de lo que estuvo nunca en ninguna parte. Pero yo prefiero asignar otra condición a estas esporádicas confesiones, que me obligan a mirar de frente a la realidad que es, la que existe verdaderamente, sin aderezos virtuales, ni soportes tridimensionales, ni interpretaciones sociológicas. Una realidad que se va fabricando con retazos de las historias de esa gente que habla consigo misma mientras finge hablar con un desconocido.

Cuando mi cuerpo protesta de la despiadada avaricia de los termómetros atizando esa chimenea interior que se desace en humo al borde de mis labios, a veces pienso que, si yo fuera Dios, el año entero sería un caluroso y larguísimo verano. Pero la poesía tiene que servir para algo, y es ella quien me reconcilia con la humana modestia de mi naturaleza al presentir el milagro machadiano de esa primera, humilde fresa, que se basta con su insignificancia para desarbolar al gigante de los meses oscuros. La condición del futuro es la esperanza.

Si a estas alturas algún lector se ha apresurado a abandonarse a una nostalgia fulminante y precoz, querría en primer lugar darle las gracias, y después tranquilizarle. No me voy, sólo me mudo. Y tampoco voy a cambiar mucho, ya me conocen. Otra voz, otros personajes, otros escenarios. Y la vida.
O eso espero.


viernes, 21 de marzo de 2014

"Basil" de Wilkie Collins



¿Qué es lo que estoy a punto de escribir?
La historia de los sucesos que tuvieron lugar en poco más de un año, uno solo de los veinticuatro que ha durado hasta hoy mi vida.
¿Por qué emprendo una tarea como ésta?
Puede ser que por pensar que mi narración tal vez sirva para hacer el bien; puede ser que porque aspiro a que un buen día tal vez se le pueda dar uso a manera de advertencia. Estoy ahora a punto de relatar la historia de un error inocente en sus comienzos, culpable en su desarrollo, fatal en su desenlace; de buena gana persistiría en la esperanza de que mi relato, sencillo y fiel, ponga de manifiesto que este error no fue cometido del todo sin alguna excusa.

Tenía una sonrisa notabilísima por la dulzura que podía transmitir; era casi como la sonrisa de una mujer. Al hablar, también le temblaban a menudo los labios, como a las mujeres. Si alguna vez rió cuando era joven, su risa tuvo que ser muy clara y musical; sin embargo, desde que me alcanza la memoria, yo nunca le oí reír. En sus momentos más felices, en la compañía más alegre, a lo sumo le he visto sonreír.

Cuando a los ciegos se les opera para devolverles la facultad de la vista, la misma mano que los socorre y les abre los ojos al mundo visible cierra de inmediato la brillante perspectiva de que disponen entonces, al menos por un tiempo. Sobre esos ojos recién intervenidos se coloca un vendaje, no sea que debido a la debilidad que afecta al órgano por el sentido recién recobrado quede éste fatalmente dañado por culpa de la súbita transición de las tinieblas a la luz. Ahora bien, entre el espantoso vacío de la privación absoluta de la visión y ese vacío provisional en que se sume la visión, por el momento velada, se produce una diferencia abismal. En el instante de su recuperación, los ciegos ven un atisbo de luz, un relámpago generado por una brillantez que centellea con una fuerza inmensa y que ni siquiera podría suprimir el velo más espeso, el más prieto. Las tinieblas en que se sumen de nuevo no son en modo alguno como las vacuas tinieblas de antaño; al contrario, se llenan de visiones cambiantes, de brillantes colores, de formas que no cesan de variar, de surgir y caer, de arremolinarse por todas partes a cada segundo que pasa. Incluso cuando esa fina gasa es colocada sobre los ojos que fueron antes invidentes, ahora ya no son ciegos como lo fueron antes.

Cuando una familia posee tierras y otras propiedades en abundancia, es el miembro de dicha familia a quien menos interesa la hacienda, el menos afecto por la casa, el menos relacionado por pura simpatía con sus parientes, el menos propenso a aprender en qué consiste el cumplimiento de sus deberes, el menos dado a admitir sus propias responsabilidades, el que con frecuencia ha de hacerse cargo de la herencia familiar: el primogénito.

Sus palabras más leves y sus actos más comunes eran capaces de interesar y deleitar por igual al que estuviera en esa situación, sin que llegase a saber por qué. Había gran belleza en su sencillez sin pretensiones, en su natural —exquisitamente natural— amabilidad de corazón, de palabra y de trato, que hacía prevalecer sobre uno su propia influencia discreta, a pesar de las influencias rivales, sean cuales fueran. La echabas de menos y pensabas en ella cuando acababas de abandonar la compañía de las mujeres más hermosas y brillantes.

Son pocos los hombres que no pasan en secreto por algunos momentos de intenso sentimiento, momentos en que, en medio de las desdichadas trivialidades e hipocresías de la sociedad moderna, se les presenta mentalmente la imagen de una mujer pura, inocente, generosa, sincera; una mujer cuyas emociones sigan siendo cálidas, capaces de causar impresión, y cuyos afectos y cuya simpatía puedan aún traslucir en sus actos y así dar color a sus pensamientos; una mujer en la cual podamos depositar una fe y una confianza tan plenas como si aún fuéramos niños, a la cual desesperamos de hallar cerca de las endurecedoras influencias de este mundo, a la cual a duras penas nos aventuramos a buscar, salvo en aquellos lugares solitarios y alejados, en el campo, en pequeños y recónditos altares rurales, al margen de la sociedad, entre bosques y cultivos, en cerros desiertos y lejanos. Cuando alguna mujer por casualidad cumple, o se queda muy cerca de cumplir las expectativas de una imagen como ésta, posee esa influencia universal a la que no hay rivalidad que se acerque.

Entre las obras de la vida oculta que trabaja en nuestro interior, y que a buen seguro experimentamos, aun cuando no podamos explicarlas, ¿existe alguna más digna de nota que esas misteriosas influencias morales que de continuo ejerce un ser humano sobre otro, ya sea por atracción, ya por repulsión? En los más sencillos asuntos de esta vida, así como en los más cruciales, ¡qué sorprendente, qué irresistible es el poder de esas influencias!

De todos los placeres que un hombre encuentra en el trato con una mujer a la que ama, ¿habrá uno solo que exceda, que iguale incluso el placer que procura leer con ella un mismo libro? ¿En qué otra ocasión dura tanto la dulce familiaridad de la más dulce de las compañías, sin llegar a empalagar, y en qué otra ocupación puede pasar una y otra vez esa dulzura, tan delicada, tan inagotable, entre ella y uno mismo? ¿Cuándo se encuentra tu rostro de modo tan constante junto al suyo? ¿Cuándo, sino entonces, pueden mezclarse sus cabellos con los tuyos, tocar su mejilla la tuya, mirar tus ojos los suyos? Es éste el único momento en que uno puede respirar su aliento durante horas y más horas, estar juntos, percibir hasta la menor coloración de sus mejillas, que no en vano imprime algunos cambios en la temperatura de las tuyas, y seguir hasta las más leves palpitaciones de su seno, hasta la menor gradación de sus suspiros, casi como si su corazón latiese en el tuyo, como si su vida alumbrase en la tuya. No cabe duda de que es entonces, si acaso, cuando comprendemos y casi revivimos en nosotros el amor de la primera pareja que existió en la raza humana, cuando los ángeles aún caminaban con ellos por los mismos senderos de un jardín, cuando sus corazones eran puros y desconocían la contaminación del árbol fatal.

Hay dos situaciones de emergencia en las que el hombre sabio de veras procura razonar a fondo y volver del impulso a sus principios, si bien lo intenta en vano: una es cuando una mujer le atrae por vez primera; la otra, cuando también por vez primera, esa mujer le ofende.

El nuevo amor que había en mí, la gigantesca sensación que había crecido en un solo día, era el primer amor. Hasta ese momento, mi corazón nunca se había desgarrado. Nada sabía yo de la pasión que más absorbe a la humanidad. Ninguna mujer se había interpuesto entre mis ambiciones, mis ocupaciones, mis diversiones y yo. Ninguna mujer me había inspirado jamás las sensaciones que yo sentía entonces.

A veces, mis pensamientos se deslizaban ensoñadora y voluptuosamente hacia muy atrás, hasta el día en que la conocí. A veces, recordaba las tardes de verano que pasamos juntos los dos, leyendo un mismo libro; una vez más, fue como si respirase con el aliento, como si albergara las esperanzas, como si anhelase con los viejos anhelos de aquellos tiempos. Sin embargo, estuve sobre todo pensando en el mañana. El primer sueño que tiene todo hombre joven, el sueño de vivir embelesado con la mujer a la que ama, en un lugar retirado y secreto, sagrado incluso para los amigos, y por supuesto que vedado a los desconocidos, fue en esos momentos mi sueño, sólo que además me animaba la certeza de que iba a cumplirse en pocas horas, cuando despertase a la mañana siguiente, que ya estaba al alcance de mi mano.

—La esperanza es el cayado de un amante; camina en lo sucesivo con su apoyo, y úsalo contra todo pensamiento que te lleve a desesperar.

¡Cuan rauda corría la pluma sobre el papel! ¡Con qué libertad, con qué lisura fluían mis deseos convirtiéndose en palabras, si se compara lo que del corazón brotaba con los pensamientos que la mente había dictado en aquellas otras páginas! La composición era instintiva; había dejado de ser un arte. Supe escribir con elocuencia, sin detenerme a buscar la expresión más idónea, sin tachar una sola palabra. Era lento y trabajoso ascender la cuesta al servicio de la ambición; fue en cambio rápido (demasiado rápido) rodar cuesta abajo, al servicio del amor.

Nunca se vio una sala decorada con más abundancia y que fuera tan poco acogedora como ésta. A uno le dolían los ojos de mirar en derredor; no había reposo por ninguna parte. El grabado de la reina, con un pesado marco sobredorado, cuya franja superior formaba una ostentosa corona, estaba colgado sin más acompañamiento en una de las paredes, desde la cual escrutaba la estancia con gesto ceñudo. No había ni asomo de sombra, de resguardo, de intimidad, de retiro en ninguno de los rincones, en ninguno de los recovecos de aquellas cuatro paredes que herían la vista. Todos los objetos dispuestos en derredor resultaban agresivamente cercanos a la mirada, mucho más cercanos de lo que estaban en realidad. A un hombre de inclinación nerviosa, la estancia le habría producido una intensa jaqueca en menos de un cuarto de hora.

Aún estaba mirándola cuando, como estaba sentada frente a mí y hablaba con su acompañante, nuestras miradas se encontraron. No fue más que un instante, pero la sensación que produce un instante a menudo nos proporciona un pensamiento para toda la vida, y ese mínimo instante dio vida nueva a mi corazón.


viernes, 14 de febrero de 2014

"N.P." de Banana Yoshimoto



En el juego de los cien cuentos, siempre ocurría algo cuando se terminaba de contar la historia número cien, pero fueron, sin duda, mis experiencias de aquel verano las que constituyeron esta historia número cien. Tengo la sensación de haberla vivido íntimamente. La sensación de haber sido absorbida por la intensa atmósfera del cielo del verano. Sí, todo lo ocurrido durante aquel brevísimo espacio de tiempo fue como un relato.

Nos sentíamos solas sin papá, pero aquella vida era interesante. Al vivir las tres juntas, las edades y papeles de cada una de nosotras se intercambiaban varias veces al día. Una lloraba y otra la consolaba; una se desalentaba y otra la animaba; una, cariñosa, se dejaba abrazar y otra la acogía afectuosamente en sus brazos; una se enfadaba y otra corregía sus desmanes.

Y tuve una sensación extraña. Me pareció haberlos visto ya antes muchas veces en sueños. Sin embargo, volví enseguida a la realidad, comprendiendo que, seguramente, cualquiera sentiría lo mismo al verlos.

—Cuando uno se va, la vida de los que se quedan no es muy sana, ¿verdad?
—Sí, su ausencia se sentía de una manera terrible, la de mi padre, quiero decir.
—¿No hubo momentos en los que estabais todos vosotros un poco neuróticos?
—Por supuesto que los hubo —dije—. Yo, durante un tiempo, llegué a perder la voz.
—¿A consecuencia de esto? —preguntó con profundo interés.
—Me parece que sí. Perdí la voz repentinamente y sin motivo aparente alguno y, también sin motivo, la recuperé de nuevo.
—Ya, seguro que entonces se estaba librando una lucha terrible en tu pequeño cuerpo —dijo.

Me enamoré de él cuando aún estudiaba el bachillerato. Perdidamente, con un amor que lo absorbía todo. Nos veíamos cada día, iba a su casa, le ayudaba en la traducción. El era feliz conmigo. De eso estoy segura.
Pero fui incapaz de frenar el cansancio que sentía frente a diferentes aspectos de la vida, un cansancio que venía acumulándose dentro de él, incesantemente, desde antes de conocerme. Realmente, no pude acabar de comprender aquel lado oscuro que ocupaba gran parte de su personalidad y por el cual me sentía, a la vez, fascinada. Cuando nos conocimos, fui una mariposa que voló a la estancia de su corazón, donde había una bombilla a punto de fundirse. Aunque le ofrecí consuelo, al llevar centelleos de la luz del día a la oscuridad, acabé creándole una mayor confusión.

Ya no vivimos juntas pero, cada vez que nos vemos, mamá dice sonriendo que tanto mi colocación en el departamento de literatura angloamericana, como el matrimonio de mi hermana con un extranjero se deben a ella, que nos hizo conocer la fascinación por esta lengua. Estas palabras me parecen más entrañables que cualquier otro aspecto de mamá.

Sin embargo, cada vez que oigo el viejo discurso según el cual: «El alma de los suicidas no podrá entrar en el paraíso; estará condenada a subir eternamente», siento que voy a enloquecer. Pienso: «¡Eso es mentira!», tras ver su rostro de frágil sonrisa. La sonrisa de un hombre a quien no han permitido entrar.

Fue la última vez.
La distancia, en aquel momento, entre los dos extremos del hilo telefónico, entre el lugar donde estaba Shõji y donde me encontraba yo, era más grande y tortuosa que la que existe entre el cielo y el infierno. Por más que nos quisiéramos, no pudimos jamás establecer contacto. No hubo siquiera una tentativa de comunicamos, ni los medios para hacerlo, ni capacidad alguna de percibir, ni la posibilidad de entendernos.

Su nombre, Saki, le sentaba muy bien, era como una flor. Una alegría cálida y dulce emanaba de su cuerpo. Parecía vibrar, como una hoja al viento, con los ojos bien abiertos y llenos de una risueña expectación hacia la vida.

Apenas podía tenerse en pie; parecía estar absolutamente ebrio. Llevaba los zapatos de piel completamente empapados y el paraguas estaba chorreando. Me recordó la escena de algún melodrama y, en el fondo, me divirtió.

Había oído decir que incluso a los enamorados puede sucederles algo así. Pero, entonces, aún no sabía que una cosa tan vacía pudiera existir de verdad. Creía que era una historia cruel que había acaecido mucho tiempo atrás en un mundo triste, una historia ocurrida en un desierto lejano que ya no podría pasar jamás. No, al menos, en el paraíso en el que yo vivía.

Sui permaneció en silencio, con los ojos enrojecidos mirando hacia el techo. «¿De dónde proviene tanta infelicidad?», pensé, y mi pecho se inundó a la vez de compasión y de rechazo. ¿De qué manera habría crecido? Había muchos chicos extravagantes. Pero Sui era diferente. Por el oscuro color que exhalaba, por el sentido trágico de la existencia que parecía arrastrada incluso a ella.

A veces, en los momentos difíciles, pienso: «Si mis padres no se hubieran divorciado, si no hubiera vivido sola tanto tiempo, si no hubiera recuperado la voz en aquella ocasión, si no me hubiera enamorado de Shõji... si no hubiera existido este cúmulo de experiencias, ¿sería, entonces, la auténtica yo?, ¿sería libre?».
Sólo en los momentos difíciles.

Cuando oigo pronunciar el nombre de una persona muerta, tengo la sensación de que ésta se funde con el paisaje que está frente a mis ojos. Además, en aquel momento, al oír su nombre, de repente, en un espacio abierto como aquél, los susurros de los árboles que ofrecían sombras frescas, el aire dulce del verano, denso como la niebla, la superficie del agua que brillaba levantando olas pequeñas, todo esto estaba impregnado de la presencia de Shõji.

Estaba bastante ebria. No tanto como para no poder tenerme en pie, pero sí para ver brillar el mundo a mi alrededor.

Las dos semanas que ocuparon el corazón del verano fueron un periodo muy extraño. Bajo los rayos esplendorosos de un sol que parecía eterno, muchas cosas iban madurando poco a poco. El corazón de las personas y los acontecimientos. Mientras tanto, el otoño iba aguzando sus colmillos. Y así, se tiene la ilusión de que el tiempo no transcurre hasta que, una mañana, el viento frío y el cielo alto te hacen caer en la cuenta.

Era una sensación misteriosa.
Tras conocer el amor, las separaciones, la muerte de un ser amado, a medida que pasan los años, todas las cosas que encontramos ante nuestros ojos acaban pareciendo iguales. Es imposible discernir entre el bien y el mal, entre lo mejor y lo peor. Nuestro único temor es que aumenten los malos recuerdos. Deseo que no pase el tiempo y que el verano dure eternamente. Uno se queda acobardado.

—Siempre he pensado que las personas eran más extrañas, deshonestas, desordenadas, viles, nobles, en fin, que tenían muchas más facetas. Que la vida era fantástica, y el amor, algo maravilloso. Yo soy, según la ocasión, femenina, fuerte y frágil, capaz de pelearme con alguien, gritando hasta quedarme ronca y, acto seguido, de mirar juntos la luna cogidos de la mano. De experimentar cada día sensaciones diferentes haciendo las mismas cosas. De llorar y de dar miedo. Pero sigo siendo siempre la misma. Cada vez que salgo a encontrarme con alguien que me gusta, no importa quién sea ni cuántas veces lo haya visto, me arreglo con cuidado. Yo no pienso, sigo mi instinto.

Empezó a llover. A través de la ventana llegaba el rumor triste de la lluvia. Aquella atmósfera melancólica que nos visitaba confundida con la noche avanzaba por el aire como la marea alta, observando fríamente los esfuerzos que hacíamos con nuestros cuerpos. La sombra de la muerte. Un sentimiento de impotencia que nos asaltaba al desviar la vista, una aridez que nos absorbía a la que bajábamos la guardia.

Miré a Otohiko. A través del velo de mis lágrimas las llamas que danzaban en la hoguera, la arena, el mar y el cielo. Todo penetró al mismo tiempo en mi mente, a una velocidad lacerante, de vértigo. Todo era hermoso, todo lo que había sucedido era violentamente bello, como la locura.

Sentí hacia él un fuerte y repentino sentimiento de nostalgia e intimidad. Incluso pensé: «Cuando dos viejos compañeros de guerra se encuentran, deben de sentirse exactamente así». No sabría cómo definido. Era un sentimiento que aunaba la satisfacción de pensar «Fue sólo un corto periodo de tiempo, pero algo hicimos», y el dolor de haber perdido algo para siempre. Era triste ver cómo aquel verano, en el que cada día había sido tan intenso, terminaba como el verano de los dieciocho años.