martes, 26 de noviembre de 2013

"El ocupante" de Sarah Waters



Yo tenía diez años la primera vez que vi Hundreds Hall. Fue en el verano después de la guerra, y los Ayres conservaban casi todo su dinero, eran todavía personas importantes en la comarca. Se celebraba la fiesta del Día del Imperio: yo estaba en la cola con otros chicos del pueblo que hicieron el saludo de los boy scouts cuando la señora Ayres y el coronel pasaron por delante de nosotros, entregando medallas conmemorativas; después nos sentamos a tomar el té con nuestros padres en unas mesas largas, en lo que supongo era el jardín del sur. La señora Ayres tendría veinticuatro o veinticinco años, y su marido unos pocos más; su hija, Susan, tendría unos seis. Debían de ser una familia muy hermosa, pero mi recuerdo de ellos es vago. Recuerdo con mucha claridad la casa, que me pareció una auténtica mansión. Recuerdo sus preciosos detalles vetustos: el ladrillo rojo desconchado, el cristal estriado, los bordes de arenisca erosionados. Le daban un aspecto borroso y ligeramente inestable, como hielo, pensé, que empieza a derretirse al sol.

No se podía visitar la casa, por supuesto. Las puertas y las puertaventanas estaban abiertas, pero en todas había una cuerda o una cinta de una parte a otra; los urinarios que nos habían asignado eran los que usaban los mozos de cuadra y los jardineros, en el edificio del establo. Sin embargo, mi madre aún tenía amigos entre los sirvientes, y cuando el té terminó y a la gente se le permitió recorrer los terrenos, me llevó a hurtadillas a la casa por una puerta lateral y pasamos un rato con la cocinera y las chicas de la cocina. La visita me produjo una impresión tremenda. La cocina era un sótano al que se llegaba por un pasillo frío y abovedado que recordaba un poco las mazmorras de un castillo. Una cantidad increíble de gente iba y venía con cestas y bandejas. Las chicas tenían una montaña tan alta de vajilla que lavar, que mi madre se remangó para ayudarlas; y, para mi gran alegría, como recompensa por su gesto me dejaron comer un surtido de las jaleas y galletas que habían vuelto intactos de la fiesta. Me sentaron a una mesa con un tablero de pino y me dieron una cuchara del cajón personal de la familia: un cucharón de plata mate, con una concavidad casi más grande que mi boca.