viernes, 27 de diciembre de 2013

"Emma" de Jane Austen



— Y olvida usted —dijo Emma— otro motivo de alegría para mí, y no pequeño: que fui yo quien hizo la boda. Yo fui quien hizo la boda, ¿sabe usted?, hace cuatro años; y ver que ahora se realiza y que se demuestre que acerté cuando eran tantos los que decían que el señor Weston no volvería a casarse, a mí me compensa de todo lo demás.

El señor Knightley inclinó la cabeza ante ella. Su padre se apresuró a replicar:

— ¡Oh, querida! Espero que no vas a hacer más bodas ni más predicciones, porque todo lo que tú dices siempre termina ocurriendo. Por favor, no hagas ninguna boda más.

— Papá, te prometo que para mí no voy a hacer ninguna; pero me parece que debo hacerlo por los demás. ¡Es la cosa más divertida del mundo! Imagínate, ¡después de este éxito! Todo el mundo decía que el señor Weston no se volvería a casar. ¡Oh, no! El señor Weston, que hacía tanto tiempo que era viudo y que parecía encontrarse tan a gusto sin una esposa, siempre tan ocupado con sus negocios de la ciudad, o aquí con sus amigos, siempre tan bien recibido en todas partes, siempre tan alegre… El señor Weston, que no necesitaba pasar ni una sola velada solo si no quería. ¡Oh, no! Seguro que el señor Weston nunca más se volvería a casar. Había incluso quien hablaba de una promesa que había hecho a su esposa en el lecho de muerte, y otros decían que el hijo y el tío no le dejarían. Sobre este asunto se dijeron las más solemnes tonterías, pero yo no creí ninguna. Siempre, desde el día (hace ya unos cuatro años) que la señorita Taylor y yo le conocimos en Broadway-Lane, cuando empezaba a lloviznar y se precipitó tan galantemente a pedir prestados en la tienda de Farmer Mitchell dos paraguas para nosotras, no dejé de pensar en ello. Desde entonces ya planeé la boda; y después de ver el éxito que he tenido en este caso, papá querido, no vas a suponer que voy a dejar de hacer de casamentera.


martes, 26 de noviembre de 2013

"El ocupante" de Sarah Waters



Yo tenía diez años la primera vez que vi Hundreds Hall. Fue en el verano después de la guerra, y los Ayres conservaban casi todo su dinero, eran todavía personas importantes en la comarca. Se celebraba la fiesta del Día del Imperio: yo estaba en la cola con otros chicos del pueblo que hicieron el saludo de los boy scouts cuando la señora Ayres y el coronel pasaron por delante de nosotros, entregando medallas conmemorativas; después nos sentamos a tomar el té con nuestros padres en unas mesas largas, en lo que supongo era el jardín del sur. La señora Ayres tendría veinticuatro o veinticinco años, y su marido unos pocos más; su hija, Susan, tendría unos seis. Debían de ser una familia muy hermosa, pero mi recuerdo de ellos es vago. Recuerdo con mucha claridad la casa, que me pareció una auténtica mansión. Recuerdo sus preciosos detalles vetustos: el ladrillo rojo desconchado, el cristal estriado, los bordes de arenisca erosionados. Le daban un aspecto borroso y ligeramente inestable, como hielo, pensé, que empieza a derretirse al sol.

No se podía visitar la casa, por supuesto. Las puertas y las puertaventanas estaban abiertas, pero en todas había una cuerda o una cinta de una parte a otra; los urinarios que nos habían asignado eran los que usaban los mozos de cuadra y los jardineros, en el edificio del establo. Sin embargo, mi madre aún tenía amigos entre los sirvientes, y cuando el té terminó y a la gente se le permitió recorrer los terrenos, me llevó a hurtadillas a la casa por una puerta lateral y pasamos un rato con la cocinera y las chicas de la cocina. La visita me produjo una impresión tremenda. La cocina era un sótano al que se llegaba por un pasillo frío y abovedado que recordaba un poco las mazmorras de un castillo. Una cantidad increíble de gente iba y venía con cestas y bandejas. Las chicas tenían una montaña tan alta de vajilla que lavar, que mi madre se remangó para ayudarlas; y, para mi gran alegría, como recompensa por su gesto me dejaron comer un surtido de las jaleas y galletas que habían vuelto intactos de la fiesta. Me sentaron a una mesa con un tablero de pino y me dieron una cuchara del cajón personal de la familia: un cucharón de plata mate, con una concavidad casi más grande que mi boca.


viernes, 25 de octubre de 2013

"La trampa dorada" de Philippa Gregory



Catalina, Norfolk House, Lambeth, Julio de 1539


Vamos a ver, ¿qué es lo que tengo?

Tengo una cadenita de oro de mi madre, fallecida hace tiempo, que guardo en mi joyero especial, tristemente vacío a excepción de esta única cadena; pero estoy segura de que tendré más. Tengo tres vestidos, uno de ellos nuevo. Tengo un encaje francés de mi padre, que está en Calais. Tengo media docena de cintas mías propias. Y, por encima de todo, me tengo a mí. ¡Me tengo a mí, a mi esplendoroso yo!

Catalina, Rochester, Nochevieja de 1539


Vamos a ver, ¿qué es lo que tengo?

¿Qué tengo ahora que prácticamente soy una mujer adulta que vive en la corte? Tengo tres vestidos nuevos, lo cual está bien pero no se puede decir que constituya un vestuario precisamente extenso para una joven que espera ser muy observada y muy comentada. Tengo tres cofias nuevas a juego que son muy bonitas, pero ninguna de ellas lleva más adornos que un encaje dorado, y he visto que muchas de las damas de la corte llevan en la cofia perlas y hasta piedras preciosas. Tengo unos guantes buenos y una capa nueva, y también un manguito y un par de cuellos de encaje, pero no puedo decir que sea una malcriada en cuanto a la ropa que he elegido o la cantidad de prendas que poseo. ¿Y de qué sirve estar en la corte si no dispongo de un montón de cosas bonitas que lucir?

Catalina, Norfolk House, Lambeth, Junio de 1540


Vamos a ver, ¿qué es lo que tengo?

Tengo las casas de los asesinos que me regaló el rey, y también sus tierras. Tengo las joyas que conseguí mediante un apretujón rápido en una galería silenciosa. Tengo media docena de vestidos, pagados por mi tío, la mayoría de ellos nuevos, y cofias a juego. Tengo un dormitorio propio en la casa de mi abuela y también una sala de recibir propia, además de unas cuantas doncellas de compañía, pero aún no damas como tales. Casi todos los días compro vestidos, los comerciantes cruzan el río trayendo rollos de sedas, como si yo fuera una costurera por cuenta propia. Me prueban vestidos y musitan, con la boca llena de alfileres, que soy la joven más bella y más exquisita a la que jamás han ajustado un corpiño tan ceñido. Se arrodillan en el suelo para recogerme el dobladillo y me dicen que nunca han visto una muchacha tan bonita, una verdadera reina en comparación con otras.

Catalina, Hampton Court, Agosto de 1540


Vamos a ver, ¿qué es lo que tengo?

Tengo ocho vestidos nuevos ya hechos y otros catorce (¡catorce! ¡ni yo misma me lo creo!) haciéndose, y me disgusta mucho que las costureras estén retrasándose tanto con ellos, porque tengo la intención de llevar cada día de mi vida un vestido diferente a la cena, desde ahora hasta el día en que muera, y de cambiarme de vestido tres veces diarias. Eso supone tres vestidos al día y varios cientos al año, y cómo es posible que viva hasta los cincuenta, eso sumará… Bueno, no sé calcularlo pero sin duda son muchísimos. Centenares.

Tengo un collar de diamantes, puños recamados de diamantes y oro y unos pendientes a juego.

Tengo una marta cibelina como la que le regalaron a la reina Ana, mejor aún que la suya: más gruesa y con más brillo. Le he preguntado a lady Rochford y ella me ha confirmado sin lugar a dudas que efectivamente es mejor. Así que ahora tengo una preocupación menos en que pensar.

Tengo una barcaza propia, ¡imaginaos!, una barcaza propia con mi propio lema grabado en ella. Sí, tengo un lema propio, es el siguiente «Ninguna otra voluntad sino la de él», que ha inventado mi tío y que según dice mi abuela, resulta una adulación excesiva, pero al rey le gusta y dice que era justo lo que estaba pensando él mismo.

Catalina, Hampton Court, Navidad de 1540


Vamos a ver, ¿qué es lo que tengo?

Tengo la herencia de Juana Seymour, sí, toda entera. Todos los castillos, señoríos y mansiones solariegas que le fueron dados a Juana Seymour ahora me los han dado a mí. Imagino cuán furiosos deben de estar los Seymour. En un momento dado eran los terratenientes más importantes de Inglaterra, y de repente entro yo en escena, y todas las tierras de Juana pasan a ser mías.

Tengo la mayor parte de las tierras que pertenecieron a Thomas Cromwell, ahora ejecutado por traición, y, según me dice mi tío, mejor que se haya ido con viento fresco. Mi tío me dice que, aunque era un plebeyo, Thomas Cromwell mantenía sus tierras con mucho esmero, y que yo puedo esperar recibir jugosos ingresos de ellas. ¡Yo! ¡Ingresos jugosos! ¡Como si yo supiera para qué sirve un arado! ¡E incluso tengo arrendatarios, imaginaos!

Voy a recibir las tierras de lord Hungerford, que fue condenado a muerte por brujería y sodomía, y también las de lord Hugh, el abad de Reading. Como es costumbre con el rey, no resulta muy agradable recibir tierras que han pertenecido a personas que ahora están muertas, y algunas de las cuales han muerto para complacerme a mí. Pero tal como señaló lady Rochford, y no se me ha olvidado (aunque hay personas que dicen que mi cabeza no retiene nada más allá de un segundo), todo proviene de gente que ha muerto y no tiene sentido ser demasiado remilgada.

Catalina, Hampton Court, Marzo de 1541


Vamos a ver, ¿qué es lo que tengo?

Mis vestidos de invierno están todos terminados, aunque tengo unos cuantos más de primavera todavía haciéndose pero resultan inútiles, puesto que se acerca la cuaresma y no puedo lucirlos.

Tengo los regalos que me hizo el rey por Navidad y Año Nuevo, es decir, entre otras cosas que ya he olvidado o regalado a mis damas. Tengo dos colgantes hechos con veintiséis diamantes de talla plana y veintisiete diamantes ordinarios, y pesan tanto que cuando los llevo al cuello casi no puedo sostener la cabeza en alto. Tengo un collar largo compuesto por doscientas perlas del tamaño de una fresa. Tengo el encantador caballo de mi querida Ana. Ahora, cuando estamos a solas, la llamo Ana y ella sigue llamándome Catalina. Pero las joyas no cuentan, porque durante la cuaresma también tendré que dejarlas guardadas.

Tengo un coro nuevo de cantores y músicos, pero no pueden interpretar música alegre para que yo baile, también a causa de la cuaresma. Y tampoco puedo comer nada que merezca la pena a causa de la cuaresma. No puedo jugar a los naipes ni salir de caza, no puedo bailar ni practicar juegos, para ir al río hace demasiado frío y, aunque no fuera así, estamos en cuaresma. Ni siquiera puedo gastar bromas con mis damas, correr por mis aposentos, jugar a pillar ni a los bolos ni a la pelota, porque estamos en la aburridísima cuaresma.

Catalina, Hampton Court, Noviembre de 1541


Vamos a ver, ¿qué es lo que tengo?

¡Sorpresa, sorpresa! No tengo ningún amigo, y yo que creía que tenía decenas.

No tengo amantes, y yo que creía que se agolpaban todos encima de mí.

Ni siquiera tengo familia, resulta que han desaparecido todos.

Tampoco tengo esposo, porque no quiere verme, y ni siquiera tengo confesor, ya que el arzobispo mismo ha pasado a ser mi inquisidor. Todos se portan muy mal conmigo, y eso es tan injusto que no sé qué pensar ni qué decir. Vinieron a mí cuando estaba bailando con mis damas en mis habitaciones y me dijeron que por orden del rey no debía salir de mis aposentos.

Catalina, abadía de Syon, Noviembre de 1541


Vamos a ver, ¿qué es lo que tengo?

He de decir que las cosas no me van del todo bien. Tengo seis cofias francesas ribeteadas de oro. Tengo seis pares de manguitos, seis faldas lisas, seis vestidos de diferentes colores: azul marino, negro, verde oscuro y gris. No tengo joyas, no tengo juguetes. Ni siquiera tengo mi gatito. Todo lo que me regaló el rey me ha sido arrebatado de mis habitaciones por sir Thomas Seymour —¡Un Seymour llevándose los bienes de un Howard! ¡Menudo resentimiento va a generar eso!— para devolvérselo al rey. De manera que resulta que todas las cosas que tenía antes en realidad nunca fueron mías. Eran préstamos, no regalos.

Tengo tres habitaciones adornadas con tapices muy malos. En una de ellas viven mis sirvientes, y en las otras dos vivo yo con mi media hermana Isabel, lady Baynton y otras dos damas más. Ninguna de ellas me habla, por el rencor que me tienen al verse en esta situación por culpa de mi malvada conducta, y a Isabel le han dicho que me haga reconocer el pecado que he cometido.

Catalina, abadía de Syon, Navidad de 1541


Vamos a ver, ¿qué es lo que tengo?

Sigo teniendo mis seis vestidos y mis seis cofias. Tengo dos habitaciones con vistas al jardín que se extiende hasta el río, por el que puedo pasear si me apetece, pero el caso es que no me apetece porque hace mucho frío y llueve todo el tiempo. Tengo una hermosa chimenea de piedra y se ocupan de que no me falte una buena provisión de leña, porque las paredes están frías y cuando sopla viento del este hay mucha humedad. Compadezco a las monjas que tenían que pasar aquí la vida entera, y ruego a Dios que me liberen pronto. Tengo una copia de la Biblia y el libro de oraciones. Tengo un crucifijo (muy sencillo, sin joyas) y un reclinatorio. También tengo la reacia asistencia de dos doncellas que me ayudan a vestirme, y a lady Baynton y a otras dos más que se sientan conmigo por las tardes. Pero ninguna de ellas está muy alegre. Y me parece que eso es todo lo que tengo en este momento.