jueves, 1 de febrero de 2018

"Los idiotas prefieren la montaña" de Aloma Rodríguez



Me desperté tarde. No sé si tenía un mensaje o solo las llamadas perdidas. Estaba sola en casa. Devolví la llamada. Tu socio cogió el teléfono y me dijo que habías muerto. No podía creerle y respondí: «¿Me lo juras?». Hasta eso era herencia tuya. Era el 9 de julio de 2008. Habías tenido un infarto mientras dormías. Aún no habías cumplido los cuarenta.

En realidad, dijiste «muy chulo», que era una de tus expresiones favoritas. Las películas que te gustaban eran chulas, los libros que te impresionaban por algo eran chulos, las canciones que te gustaba poner eran muy chulas, y a veces superchulas. Me acuerdo de que la conversación que tuvimos sobre lo que le parecían a Maribel las cosas que escribías fue en una de las calles paralelas a la calle Alfonso, por detrás de la plaza en la que está la chocolatería Valor. Puede que fuera de noche, después de cerrar el bar, o puede que fuera por la tarde. No me acuerdo de si hacía calor o frío, me acuerdo de que paseábamos y yo no quería parecerte una idiota.

No sé de qué hablamos. Imagino que me preguntaron por Maribel y cómo había sido todo. Para entonces, ella ya nos había contado que se despertó muy pronto: tenía que ir a Huesca a leer el examen de las oposiciones que había hecho unos días antes. Había dejado todo preparado la noche de antes. Fue a vuestra cama: había dormido en el piso de abajo porque estaba nerviosa y temía no poder dormir o despertarte por la mañana. Dijo que pensó que le estabas gastando una broma porque tenías los ojos abiertos. Te tocó el pie. Te pidió que le dieras un beso para darle suerte. Se asustó. No respirabas. Se acercó a tu corazón: no oyó la válvula mecánica que sustituía una de las tuyas. Estabas muerto.

Todos llorábamos. En el tanatorio bebimos y fumamos. Saludamos a tu familia: tus padres, tus hermanos, tus sobrinos. La mayoría de tus amigos estábamos fuera con vasos de plástico vacíos que usábamos de cenicero. Nos turnábamos para ir a por cerveza. Llevábamos gafas de sol. Apenas veía nada: de tanto llorar se me habían empañado las lentillas.

Solo había visto a tus padres una vez antes, en una reunión familiar que acabó en el bar, cuando todavía se servían cócteles. Tu padre se sentó en una banqueta en la barra. Tú estabas a su lado. Los dos llevabais gafas de sol. Te dijo que el último disco de tu grupo, La Costa Brava, le había gustado, que se lo ponía en casa y lo escuchaba. Dijo que él cantaba boleros, que era lo más fácil porque solo había que saberse la letra.

Almudena decía que estaba claro por qué la habías elegido a ella como camarera: por tener las tetas grandes. Decía que, en mi caso, la razón seguía siendo una incógnita. Luego hizo una broma sobre que los dos teníamos la cabeza muy grande. El plan era ir a comer y luego abrir todas las botellas de champán que quedaban en el bar para brindar por ti.

Siempre me llevaba un libro al bar: en la barra me leí varias novelas de Martin Amis, algunas de Philip Roth, también de escritores aragoneses, y los libros de A.M. Homes, que tú y Almudena me habíais recomendado (Este libro te salvará la vida, Cosas que deberías saber y El fin de Alice). No me había dado cuenta, pero tú sí: «Estás a tope con Amis», me dijiste. Era verdad: prácticamente empalmé Dinero —nos gustaba a los dos—, Tren nocturno —no te había gustado demasiado y a mí me divertía que la detective fuera mujer— y Niños muertos, que tenía algo perturbador que te interesaba y en el que yo no acababa de entrar. Experiencia se convertiría en uno de mis libros favoritos, pero no sé si lo leíste ni si te gustó. Patrimonio, de Philip Roth, nos encantó a los dos.

Me contaste que alguien te había reprochado haber presentado mi libro, pero no quisiste decirme quién había sido. Te había dicho «¿Cómo te has prestado a eso?» y tú te habías reído. Solo me diste una pista de quién había sido: «Te sorprendería».

Fuiste muchas cosas: pescadero, quiosquero, lanzador de platos en tiro al plato, tuviste un tienda de discos, pinchabas en el Sopa de letras y en La caja de los hilos —bares de la bohemia zaragozana, antecedentes del Bacharach— y, también, jefe de la sección de discos en la Fnac. Bajo el título «Conozco la mente humana» recogiste en tu blog algunas anécdotas, un catálogo de deformaciones de nombres de grupos a los que os enfrentabais como a jeroglíficos.

Te grabé intentando clavar un tornillo en la pared sin taladro para colgar un póster enorme de Raphael en el bar. También te grabé comiendo fuego —tuvo mucho éxito en YouTube—. Te grabé intentando hacer un truco de magia: querías hacer levitar a Maribel. Se tumbó en tres banqueras del bar y tú retiraste la de la cabeza, luego la de los pies. En el vídeo se oye la risa de Barreiros y la de un amigo tuyo (al que se le ven las zapatillas). Lo titulé «Aprendices de magos».


Este es el texto que escribí y leí en tu funeral:
«La primera vez que oí su nombre yo era una adolescente y él iba a publicar en la editorial que entonces dirigía mi padre. Mucho tiempo después me hice camarera y él mi jefe. El mejor jefe del mundo. Un año y unos meses después ha muerto. Durante todo ese tiempo nos hemos cruzado relatos, anécdotas, secretos y complicidades. Pienso en todos los libros que no me descubrirá. En todas las canciones que no pondrá. Echo de menos los libros que no publicará y las canciones que no grabará. Pienso en os libros que no leerá y le hubiera gustado leer. Y lo echo de menos. Pero sobre todo pienso en su risa y en la cantidad de veces que le vi reírse, todas las veces que me hizo reír y las que yo le hice reír a él. Pienso en su generosidad. Y en cómo su felicidad dependía de la de los que le rodeaban. En que quería que todos estuviéramos bien. En su sentido del humor. En su manera de ver el mundo y de tomarse la vida y estoy segura de que nos ha contagiado algo a todos. Él solía bromear: Sergio Algora ha muerto. Champán para todos. Esta vez va en serio».

Pensé que el dolor pasaría más o menos rápido: al fin y al cabo hacía poco más de un año que te conocía. Los domingos, cuando iba a comer a casa de mis padres, me tiraba en la cama bocabajo y lloraba.

Eras un personaje popular y, desde tu muerte, te has convertido en una especie de mito indie: mucha gente tiene una anécdota que contar sobre ti, pasó una noche contigo, te vio hacer las cosas más raras y te echa de menos. Han pasado siete años desde tu muerte. Hace unos meses vi esto en Twitter: «Una vez vi Cocktail en Zaragoza. Sin volumen. Sergio Algora y Bigott la doblaron enterita». Puede que solo doblarais una parte. Pero no tengo que esforzarme demasiado para imaginaros a los dos poniendo voz a Tom Cruise y Bryan Brown, a veces respetando la trama, a veces inventando los diálogos. Y me lo imagino un poco como esa primera noche en la que jugamos a las películas. Tú elegiste Amarcord, pero nadie la adivinó. 

Una amiga de la carrera me dijo que tenía que cambiar los muebles de sitio para que la tristeza no se quedara atrapada, para que cada vez que entrara en la habitación en la que trabajaba no me acordara de ti y me echara a llorar. Puse la mesa debajo de la ventana y me distraía viendo pasar el autobús. A veces me preguntaba si los que iban dentro me veían. Unos meses más tarde supe que sí: el escritor Fernando Sanmartín me dijo que miraba todos los días al pasar bajo mi ventana y a veces reconocía la silueta de mi cabeza despeinada frente al ordenador.

Venías a buscarme a la hora de mi cena y comíamos algo en algún bar del casco. Siempre sabías cuáles eran las mejores tapas de cada bar. Nunca me dejabas pagar y yo no sabía si era porque considerabas que lo pagaba el bar o porque querías invitarme. Un día te pregunté si me ibas a dejar pagar alguna vez a mí, mientras sacaba la cartera. Te cité a Azcona —«a los pobres nos gusta pagar»—, y a partir de ahí nuestra relación empezó a ser de igual a igual.

Pasaba horas viendo vídeos viejos en YouTube, escuchando tus canciones. En un trabajo casi filológico, me di cuenta de la cantidad de referencias a la muerte que hay en tus letras.

Me había cortado el pelo como Jean Seberg en Al final de la escapada en marzo. El primer día que me viste me dijiste que me quedaba muy bien. Unas semanas después me confesaste que creías que era como más guapa estaba. De vez en cuando, en el bar, te acercabas a mí y me decías que me olía el pelo a humo. Decidí dejarlo crecer un año después de tu muerte.

Además de una de cócteles, había una carta de vinos. En la pizarra que habías puesto en la pared, debajo de los vinos del mes, copiaste una cita de Peter Pan, de J.M. Barrie: «Había tenido la esperanza de volar, no muy lejos del suelo para que nada inusitado escapara a su atención, pero con aquella luz mortecina volar bajo habría supuesto pasar su sombra a través de los árboles, molestando así a los pájaros y notificando a un enemigo vigilante que estaba en camino».

Te gustaba bromear con que éramos amantes, de hecho se lo hiciste creer a un amigo tuyo al que veías muy de vez en cuando. Le dijiste que vivíamos los tres juntos: tú, Maribel y yo. Y que en cuanto cerráramos el bar nos iríamos a casa, despertarías a Maribel y la mandarías al sofá. Era tan disparatado lo que decías que pensamos que nadie se lo podía creer. Pero al día siguiente te mandó un mensaje dándote ánimos para la situación tan complicada que estabas viviendo. Unos meses después de tu muerte, Maribel y yo nos lo cruzamos por la calle y me dio un abrazo largo y me dijo que lo sentía mucho. A Maribel apenas la saludó. No deshice el malentendido, pero se lo conté a Maribel. Nos fuimos caminando entre risas. Lo confusión nos devolvía un trozo de ti.

En el bar había un póster enmarcado de Vacaciones en Roma, otro de Bud Spencer y Terence Hill y otro de Audrey Hepburn y Anita Ekberg en el set de rodaje de Guerra y paz. También había una foto de Anita Ekberg en la Fontana de Trevi, era el famoso fotograma de La dolce vita. Los habíais comprado Maribel y tú en vuestro viaje a Roma. El viaje fue un regalo sorpresa de ella. Me quedé con el de Hepburn y Ekberg. Estuvo en mi pasillo de mi casa de la avenida Goya en Zaragoza, estuvo en la entrada del baño de mi primera casa en Madrid, en la calle Príncipe, y ahora está en el salón.


No sé en qué momento pensé, después de tu muerte, que no seré capaz de superar la muerte de mis padres. La de ningún familiar. La de nadie al que quiera.

Durante un tiempo me asustaban las llamadas por la mañana. Una vez le grité a mi madre, después de asegurarme de que no pasaba nada, y le dije que no me llamara tan pronto, que me asustaba.

Tus padres seguían viviendo en las Delicias. Una tarde entraste en la casa a oscuras y te tropezaste con algo: era tu padre. Estaba tumbado en el suelo, con las gafas de sol puestas. Te dijo que se estaba más fresco así.

Félix Romeo te decía con frecuencia que tenías que tener un programa en la tele, que seguro que triunfaría y que solo había que poner una cámara web en el bar, con eso bastaría. Así que bromeábamos con eso. Nunca lo hicimos, pero después de tu muerte yo tenía la sensación de que mi vida había pasado de ser una telecomedia a ser un drama.

Antes de salir del coche, mi padre quiso quedarse un momento dentro, con el motor apagado. Nos dijo que al morir en mi casa, era como si Félix hubiera elegido quedarse para siempre con nosotros, y que eso le reconfortaba. Es de las pocas veces que he sentido que era yo la que ayudaba a mi padre y no al revés.

Escribo esto para recordarlo, para fijarlo, para no olvidarme, para saber de qué me acuerdo, para preguntarme qué no recuerdo, a qué no le presté atención. Lo poco material que me queda de ti es una hoja de cuaderno en la que escribiste «Vuelvo en 2 minutos» y un dibujo de una cara. Hay un trozo de celo en la parte superior de la hoja en el que apenas queda un resto de algún cartel. Hay un número de teléfono apuntado. También me quedan las dos hojas que leíste en la presentación de París tres. En mi teléfono aún guardo los SMS que me enviaste. Tengo un archivo en mi ordenador con algunas de las entradas de blog. Copié las que más me gustaban. Luego, eliminaron tu blog. Escribo esto aunque sé que probablemente no te gustaría. Escribo esto porque no puedo hacer otra cosa.

Después de tu funeral abrimos el bar. Descorchamos botellas de champán. La cosa se fue de las manos poco después: había demasiada gente y no sabíamos si cobrar las bebidas o no. Nos quedamos sin copas para el champán. Además, tu socio había comprado copas desmontables y se caían todo el rato. El bar acabó lleno de champán, pegajoso. La gente estaba borracha y no se quería ir. Almudena y yo nos negamos a cobrar por esa tarde. Llorábamos mientras recogíamos las copas y limpiábamos la barra.

Cuando pienso en ti, siempre te recuerdo riendo. Tu cara roja por la carcajada es la primera imagen que me viene de ti. Y me acuerdo de la facilidad con que llorabas de risa.

Tu último sábado estaba Fran Nixon pinchando en el bar. Entró Mikel Erentxun. No sabíamos que estaba en la ciudad, así que nos sorprendió un poco y empezamos a bromear. No dejaste que Fran pusiera «Pure», la canción de Lightning Seeds que le habían acusado de plagiar. Tú y Fran dijisteis que parecía un señor. Almudena os dijo que por vosotros también había pasado el tiempo. Y yo te dije que aún no habías cumplido los cuarenta y que podía ser que no lo hicieras. Fue una broma que, por otra parte, muchas veces hacías tú. Así que todos nos reímos. Nos quedamos en el bar y nos comimos un kebab. Luego la broma se convirtió en realidad: no cumpliste los cuarenta. Durante un tiempo me venía a la cabeza que yo te lo había dicho y me atormentaba la idea de que tuviera algo de profecía. No es que creyera que un comentario mío te había matado, pero deseaba no haberlo dicho y me repetía que habrías muerto igual.

Durante mucho tiempo, en la valla que rodeaba el solar de enfrente del Bacharach permaneció la pintada que alguien hizo en homenaje a ti: «Un jardín en cada poro».


Ni siquiera puedo enfadarme contigo: tu muerte no fue provocada, no fue un accidente, no tuvo que ver con agentes externos. Solo se te paró el corazón mientras dormías. Y aunque tu muerte no me benefició, me cambió. Parte de lo que soy es gracias a tu muerte.


martes, 2 de enero de 2018

"Bodas de sangre" de Federico García Lorca



NOVIO: ¿Está bueno ya?
MADRE: Cien años que yo viviera no hablaría de otra cosa. Primero, tu padre, que me olía a clavel y lo disfruté tres años escasos. Luego, tu hermano. ¿Y es justo y puede ser que una cosa pequeña como una pistola o una navaja pueda acabar con un hombre, que es un toro? No callaría nunca. Pasan los meses y la desesperación me pica en los ojos y hasta en las puntas del pelo.

NOVIO: (Coge de un brazo a la madre y ríe) Madre, ¿y si yo la llevara conmigo a las viñas.
MADRE: ¿Qué hace en las viñas una vieja? ¿Me ibas a meter debajo de los pámpanos?
NOVIO: (Levantándola en sus brazos) Vieja, revieja, requetevieja.
MADRE: Tu padre sí que me llevaba. Eso es buena casta. Sangre. Tu abuelo dejó a un hijo en cada esquina. Eso me gusta. Los hombres, hombres, el trigo, trigo.

MADRE: Perdóname.(Pausa) ¿Cuánto tiempo llevas en relaciones?
NOVIO: Tres años. Ya pude comprar la viña.
MADRE: Tres años. Ella tuvo un novio, ¿no?
NOVIO: No sé. Creo que no. Las muchachas tienen que mirar con quien se casan. MADRE: Sí. Yo no miré a nadie. Miré a tu padre, y cuando lo mataron miré a la pared de enfrente. Una mujer con un hombre, y ya está.

MADRE: Tenemos que volver a tiempo. ¡Qué lejos vive esta gente!
NOVIO: Pero estas tierras son buenas.
MADRE: Buenas; pero demasiado solas. Cuatro horas de camino y ni una casa ni un árbol.
NOVIO: Estos son los secanos.
MADRE: Tu padre los hubiera cubierto de árboles.
NOVIO: ¿Sin agua?
MADRE: Ya la hubiera buscado. Los tres años que estuvo casado conmigo, plantó diez cerezos. (Haciendo memoria.) Los tres nogales del molino, toda una viña y una planta que se llama Júpiter, que da flores encarnadas, y se secó. (Pausa.)

CRIADA: Que reviento por ver los regalos.
NOVIA: (Agria) Quita.
CRIADA: ¡Ay, niña, enséñamelos!
NOVIA: No quiero.
CRIADA: Siquiera las medias. Dicen que todas son caladas. ¡Mujer!
NOVIA: ¡Ea. que no!
CRIADA: Por Dios. Está bien. Parece como si no tuvieras ganas de casarte.
NOVIA: (Mordiéndose la mano con rabia) ¡Ay!
CRIADA: Niña, hija, ¿qué te pasa? ¿Sientes dejar tu vida de reina? No pienses en cosas agrias. ¿Tienes motivo? Ninguno. Vamos a ver los regalos. (Coge la caja.)
NOVIA: (Cogiéndola de las muñecas) Suelta.
CRIADA: ¡Ay, mujer!
NOVIA: Suelta he dicho.
CRIADA: Tienes más fuerza que un hombre.
NOVIA: ¿No he hecho yo trabajos de hombre? ¡Ojalá fuera!

CRIADA: Aquí te acabaré de peinar.
NOVIA: No se puede estar ahí dentro, del calor.
CRIADA: En estas tierras no refresca ni al amanecer. (Se sienta la novia en una silla baja y se mira en un espejito de mano. La criada la peina.)
NOVIA: Mi madre era de un sitio donde había muchos árboles. De tierra rica.
CRIADA: ¡Así era ella de alegre!
NOVIA: Pero se consumió aquí.
CRIADA: El sino.
NOVIA: Como nos consumimos todas. Echan fuego las paredes.

CRIADA: (Peinándola)¡Dichosa tú que vas a abrazar a un hombre, que lo vas a besar, que vas a sentir su peso!
NOVIA: Calla.
CRIADA: Y lo mejor es cuando te despiertes y lo sientas al lado y que él te roza los hombros con su aliento, como con una plumilla de ruiseñor.
NOVIA: (Fuerte.) ¿Te quieres callar?
CRIADA: ¡Pero, niña! Una boda, ¿qué es? Una boda es esto y nada más. ¿Son los dulces? ¿Son los ramos de flores? No. Es una cama relumbrante y un hombre y una mujer.

NOVIA: ¿Qué más da? (Seria.) ¿Por qué preguntas si trajeron el azahar? ¿Llevas intención?
LEONARDO: Ninguna. ¿Qué intención iba a tener? (Acercándose.) Tú, que me conoces, sabes que no la llevo. Dímelo. ¿Quién he sido yo para ti? Abre y refresca tu recuerdo. Pero dos bueyes y una mala choza son casi nada. Esa es la espina.

LEONARDO: Después de mi casamiento he pensado noche y día de quién era la culpa, y cada vez que pienso sale una culpa nueva que se come a la otra; pero ¡siempre hay culpa!

LEONARDO: Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!
NOVIA: (Temblando) No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra y sé que me ahogo, pero voy detrás.

NOVIA: ¡Vámonos pronto a la iglesia!
NOVIO: ¿Tienes prisa?
NOVIA: Sí. Estoy deseando ser tu mujer y quedarme sola contigo, y no oír más voz que la tuya.
NOVIO: ¡Eso quiero yo!
NOVIA: Y no ver más que tus ojos. Y que me abrazaras tan fuerte, que aunque me llamara mi madre, que está muerta, no me pudiera despegar de ti.

PADRE: Ese busca la desgracia. No tiene buena sangre.
MADRE: ¿Qué sangre va a tener? La de toda su familia. Mana de su bisabuelo, que empezó matando, y sigue en toda la mala ralea, manejadores de cuchillos y gente de falsa sonrisa.
PADRE: ¡Vamos a dejarlo!
CRIADA: ¿Cómo lo va a dejar?
MADRE: Me duele hasta la punta de las venas. En la frente de todos ellos yo no veo más que la mano con que mataron a lo que era mío. ¿Tú me ves a mí? ¿No te parezco loca? Pues es loca de no haber gritado todo lo que mi pecho necesita. Tengo en mi pecho un grito siempre puesto de pie a quien tengo que castigar y meter entre los mantos. Pero me llevan a los muertos y hay que callar. Luego la gente critica. (Se quita el manto)

MADRE: Con tu mujer procura estar cariñoso, y si la notas infautada o arisca, hazle una caricia que le produzca un poco de daño, un abrazo fuerte, un mordisco y luego un beso suave. Que ella no pueda disgustarse, pero que sienta que tú eres el macho, el amo, el que mandas. Así aprendí de tu padre. Y como no lo tienes, tengo que ser yo la que te enseñe estas fortalezas.

MADRE: Al agua se tiran las honradas, las limpias; ¡esa, no! Pero ya es mujer de mi hijo. Dos bandos. Aquí hay ya dos bandos. (Entran todos.) Mi familia y la tuya. Salid todos de aquí. Limpiarse el polvo de los zapatos. Vamos a ayudar a mi hijo. (La gente se separa en dos grupos.) Porque tiene gente; que son: sus primos del mar y todos los que llegan de tierra adentro. ¡Fuera de aquí! Por todos los caminos. Ha llegado otra vez la hora de la sangre. Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío. ¡Atrás! ¡Atrás!

LEONARDO: Ya dimos el paso; ¡calla!
porque nos persiguen cerca
y te he de llevar conmigo.
NOVIA: ¡Pero ha de ser a la fuerza!
LEONARDO: ¿A la fuerza? ¿Quién bajó
primero las escaleras?
NOVIA: Yo las bajé.
LEONARDO: ¿Quién le puso
al caballo bridas nuevas?
NOVIA: Yo misma. Verdad.
LEONARDO: ¿Y qué manos
me calzaron las espuelas?
NOVIA: Estas manos que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
LEONARDO: ¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.

NOVIA: Déjame llorar contigo.
MADRE: Llora, pero en la puerta.

LEÑADOR 1: Se estaban engañando uno a otro y al fin la sangre pudo más.


domingo, 3 de diciembre de 2017

"Pequeñas mentiras" de Liane Moriarty



HARPER: Escucha, lloré cuando nos enteramos de que Emily era superdotada. ¡Otra vez!, pensé. ¡Sabía dónde me metía, porque ya había pasado por eso con Sophia! Renata estaba en el mismo barco. Dos hijos superdotados. Nadie sabe el estrés que genera. Renata estaba preocupada por cómo se adaptaría Amabella al colegio, si la estimulación sería suficiente y cosas así.
Por eso, cuando el niño ese de nombre ridículo, el tal Ziggy, hizo lo que hizo, el mismo día de la presentación, ella lógicamente se angustió.
Ahí empezó todo.

Abigail cree que su padre es maravilloso. Soy la única que le guarda rencor. Dicen que es bueno quitarse de encima el rencor, pero no lo sé, a mí me gusta mucho el mío. Lo cuido como a una pequeña mascota.

«Oh, eres tan joven y guapa, Jane» (cuando estaba claro que no lo era; era como si pensaran que una cosa llevaba aparejada la otra; que, si eras joven, automáticamente eras guapa). «Oh, eres tan joven, Jane, seguro que sabes arreglarme el teléfono, el ordenador, la cámara fotográfica» (cuando de hecho a muchas amigas de su madre se les daba mejor la tecnología que a Jane). «Oh, eres tan joven, Jane, tienes tanta energía» (cuando estaba tan cansada que no podía más).

—Seguro que te haces amiga de Bonnie —dijo Madeline—. Es imposible odiarla. Incluso a mí, que se me da muy bien odiar, me resulta difícil. Tengo que esforzarme en cuerpo y alma.

Madeline les había dicho a sus hijos que si se portaban mal Santa Claus podría dejarles una patata envuelta y que se quedarían para siempre sin saber a qué maravilloso regalo sustituía. El deseo más ferviente de Chloe para la Navidad era que su hermano recibiera una patata. Probablemente le hacía más ilusión que la casa de muñecas bajo el árbol.

El día de hoy sería perfecto en todos los sentidos. Las fotos de Facebook no mentirían. Qué alegría. En su vida habría mucha alegría. Era un hecho cierto y verificable. Realmente no tendría que abandonarlo hasta que los chicos terminaran la secundaria. Entonces sería el momento adecuado para irse. El día en que acabaran sus últimos exámenes. «Dejen a un lado sus bolígrafos», dirían los examinadores. Ese sería el instante en que Celeste dejaría a un lado su matrimonio.

Apagó la luz del cuarto de baño. Fueron cada uno a su lado de la cama, encendieron las lámparas de las mesillas y retiraron el edredón con un movimiento suave y sincronizado que demostraba, dependiendo del humor de Madeline, que eran el matrimonio perfecto o que estaban atrapados en una rutina de clase media de barrio residencial y necesitaban vender la casa e irse de viaje por la India.

¿Había alguna parte enferma y dañada de Celeste a la que en realidad le gustaba vivir así y deseaba este matrimonio sucio y vergonzoso? Así se lo planteaba ella.

Le había llamado la atención oír una vez que había mujeres que alegaban tensión premenstrual como atenuante de homicidio. Ahora lo comprendía. ¡Ese día podría alegremente matar a alguien!

Yo no era muy llorona, más bien todo lo contrario. Es la edad, tengo cincuenta y ocho, como mis amigas, fuimos a comer el otro día, somos amigas desde que nuestras hijas empezaron preescolar. Hablamos del tema, de que nos sentimos como si tuviéramos quince años, que lloramos por nada.

Podría haber sido peor. Mucho peor, desde luego. Había leído artículos sobre auténticas víctimas de la violencia doméstica. Eso era terrible. Eso era real. Lo que hacía Perry no era nada. Naderías, lo que era el colmo de la humillación, porque era tan… cutre. Tan infantil y vulgar.

—Sí, de acuerdo, ¿y qué si lo fuera? —interrumpió Jane—. ¿Y qué si lo fuera? Voy a eso. ¿Y qué si tuviera un poco de sobrepeso y no fuera particularmente bonita? ¿Por qué es tan terrible? ¿Tan repugnante? ¿Por qué es el fin del mundo?
Madeline no supo qué decir. Lo cierto es que ser gorda y fea para ella sí sería el fin del mundo.
—Porque toda la autoestima de la mujer reside en su imagen —dijo Jane—. Es por eso. Porque vivimos en una sociedad obsesionada por la belleza en la que lo más importante que puede hacer una mujer es resultar atractiva para los hombres.

Jane sabía por Madeline que Geoff y Renata donaban regularmente ostentosas cantidades de dinero al colegio. «En el concurso de preguntas del año pasado tuvimos que aguantar como campesinos reconocidos que la señora Lipmann agradeciera a los Klein que hubieran pagado el aire acondicionado de todo el colegio», le había contado Madeline. Luego se le había iluminado el rostro al venírsele a la cabeza que quizá Celeste y Perry los pudieran superar este año. «Podrían jugar todos al “yo soy más rico que tú”».

Todo el mundo estaba borracho. En realidad, fue una gran noche hasta que todo se fue a la mierda.

Pero todos los niños dormidos son guapos. Incluso los niños verdaderamente horribles probablemente parecen guapos cuando están dormidos. ¿Cómo podía estar segura de que no había sido él? ¿Acaso alguien conoce a sus hijos? Los hijos son pequeños extraños que cambian, desaparecen y vuelven a presentarse constantemente. De la noche a la mañana pueden aparecer nuevos rasgos de personalidad. Y luego estaba… «No lo pienses. No lo pienses».

Tal vez amenazar a Perry con dejarlo obedecía a que quería confesar lo que había hecho. No podía soportar la carga del secreto.

—Ya buscaré yo a ese asqueroso de mierda —dijo Madeline—. ¿Cómo has dicho que se llamaba? Lo encontraré y luego contrataré a alguien para que lo liquide. En la actualidad debe de haber algún servicio online para «matar a un cabrón».

¿Ha visto fotos del concurso de preguntas? Celeste estaba imponente. La gente se la quedaba mirando. Por lo visto el collar de perlas era un auténtico McCoy. Pero ¿sabe qué? He estado mirando las fotos y hay cierta tristeza en su cara, en su mirada, como si hubiera visto a un fantasma. Casi como si supiera que esa noche iba a suceder algo terrible.